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Tiempo para ser padre

19/03/2017 00:54 CET | Actualizado 19/03/2017 10:26 CET

V.H

Cuando era pequeño, iba al colegio en guagua. Un día, debía tener yo unos siete años, cuando el conductor enfilaba camino arriba, vi desde la ventanilla a mi padre haciendo aspavientos desde un terraplén que había junto a la carretera, avisándole de que parara porque me había ido a buscar. No sé por qué, pero me produjo una ternura infinita: mi padre había roto su rutina de todos los días porque tenía ganas de recogerme, y yo sentí una necesidad enorme de abrazarlo y darle besos, de cuidarlo para toda la vida.

La misma ternura que cuando lo llamaba después de la ducha para que me hiciera un "secado atómico" y él me frotaba la cabeza con un montón de energía y apenas quedaba rastro de humedad para que no me cogiera ningún resfriado. La misma ternura, curiosamente, que sentí el día que se murió y yo tenía 20 años, con el ataúd abierto y su cara serena de infarto indoloro, preguntándome cómo habría podido cuidarlo más para retrasar ese momento. O si con mis oraciones laicas quizá podría ayudarlo a hacer ese camino tan solitario y personal, despreocuparlo de nosotros, que nos quedábamos tan desgarrados para tanto tiempo, pero que aprenderíamos a seguir viviendo.

Ahora yo soy el padre de Gabriela, una guapísima niña de 16 meses con un precioso pelo rizado entre castaño claro y pelirrojo, como mi barba, que a veces le da un look a lo Bob Dylan o a lo Art Garfunkel. Gabriela a veces llora cuando su padre se va, y otras, simplemente, me dice adiós con su mano pequeñita y descoordinada desde el otro lado del pequeño pasillo que hay a la entrada de casa. Gabriela casi siempre corre a abrazarme cuando hemos estado sin vernos unas horas. Si Vanessa, su madre, y yo hablamos por teléfono, ella intenta coger el inalámbrico. Y aunque apenas dice unas pocas palabras, chilla de alegría cuando le pregunto: "Y tú, ¿cómo te llamas?" Me encanta vestirla por la mañana mientras escuchamos a Pepa Bueno en la radio y la preparo para la guardería. Y a ella le encanta vacilarme mientras intento darle la cena por la noche.

Ser padre es la práctica por encima de las palabras, son las manos en el fango, es el amor, el encuentro y el desencuentro, es la necesidad cotidiana de hacer pactos por encima de teorías y soflamas.

Gabriela también le ha dado la vuelta a nuestra vida como una camiseta. Como un obús lleno de cacas, pañales, ropa, cremitas, catarros, bronquiolitis, vacunas, comida ecológica, seguridad social, guarderías... La primera vez que Vane y yo nos cogimos un fiestón para recordar un poco quiénes éramos antes de ser padres, sólo nos faltó bebernos el agua de los floreros y fumarnos las plataneras de la casa donde queríamos charlar y bailar hasta que alguien nos avisara de que se nos había roto el cuerpo.

Yo fui niño en una época donde muchas madres se quedaban todavía en casa o en la que familias como la mía, con mi madre y mi padre profesores de instituto, podían permitirse tener a alguien que cuidara a sus hijos si ellos tenían que estar trabajando. Pero en la era del millennialismo todo ha cambiado. Y no solo porque no haya dos sueldos, o que sean bajos. O que el tiempo escasee, o que te lo regatee tu empresa, o que estemos siempre conectados; sino precisamente porque, con esa precariedad, cada vez hay más gente con ganas de no perder el tiempo y de dar a su vida un significado. También los cuidados, la necesidad de cuidarnos -y quién lo hace-, empiezan a tener importancia en el debate público, de la mano indudable del feminismo.

Sin ser héroes de nada y con muchas manchas en el camino -y las que vendrán-, cada vez hay más hombres que reflexionan sobre si es suficiente el tiempo que le dedican a sus hijos, sobre cómo equilibrar sus ambiciones personales y la dedicación a la familia, sobre si les merecen la pena cargas externas que les dañan su vida personal y familiar. Eso será bueno para nuestras hijas e hijos. Será bueno para Gabriela.

No debería ser de otra manera: (creo humildemente que) ser padre (o madre) puede convertirse en una experiencia radical. Es la práctica por encima de las palabras, son las manos en el fango, es el amor, el encuentro y el desencuentro, es la necesidad cotidiana de hacer pactos por encima de teorías y soflamas. Entre otros, con uno mismo.

Meses antes de morir, no sé por qué, a mi padre se le ocurrió comprarme un billete para que estuviera unos días en Tenerife después de los exámenes de la carrera, que yo estaba haciendo en Madrid. Nos fuimos los dos un sábado a comer una fabada y un conejo adobado con papas fritas en un restaurante campestre de Tenerife. Después de unos cuantos vasos de vino, contentísimos los dos de estar juntos charlando, me di cuenta de que mi padre me estaba dando el testigo de algo.

Y así fue. Ojalá yo también sepa buenvivir con Gabriela una vida consciente.

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