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Las narrativas políticas y la invención de la realidad

28/01/2016 07:04 CET | Actualizado 28/01/2017 11:12 CET

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Imagen: ISTOCK

A mediados de la década pasada en Estados Unidos, cada vez que me encontraba en alguna de mis clases discutiendo abiertamente temas como el feminismo o el matrimonio igualitario sólo recogía una gran resistencia, sobre todo de las estudiantes mujeres. Los pocos que se atrevían a hablar consideraban a uno, el feminismo, una degeneración propia del marxismo y al otro una degeneración propia de la humanidad. Cuando a su vez ellos preguntaban por mi opinión, invariablemente les contestaba: "Es posible retrasar la historia, pero nunca nadie podrá detenerla. Ahora la sola idea de reconocer el matrimonio igualitario como un derecho les parece inaceptable y hasta una ofensa contra Dios, pero en diez o quince años, más de uno de ustedes se manifestará a favor en nombre del mismo Dios".

Hoy, en cualquier clase y fuera de la estratégicamente llamada "burbuja de la universidad" (como si el resto de la sociedad no estuviese compuesta por otras burbujas, con frecuencia menos creativas) donde se plantee el mismo tema, una mayoría heterosexual y definida como conservadora defiende los derechos de los homosexuales, incluido el derecho al matrimonio. Lo mismo ocurrió con la píldora anticonceptiva en los sesenta y con el matrimonio interracial en los cincuenta, el que era ilegal en muchos estados cuando nació el actual presidente Barack Hussein Obama.

Antes que los posmodernistas negaran cualquier dirección y sentido de los procesos humanos, los revolucionarios de la Era moderna creían que era posible acelerar la historia provocando la caída del fruto maduro, que la historia no progresaba armónicamente sino por saltos abruptos (las revoluciones). En algo tenían razón: casi ningún progreso social se ha dado sin algún tipo de lucha, de resistencia, de acción y reacción. Cada vez que se intenta detener o desviar el camino de la historia, estalla la violencia.

El presente tiraniza nuestra visión del pasado y de lo que vendrá. La gente asume, por ejemplo, que porque en la historia reciente los niños se identifican con el celeste y las niñas con el rosado, siempre fue así y siempre lo será, sin considerar que apenas un siglo atrás todos los niños vestían de blanco hasta que las tiendas norteamericanas inventaron "los colores tradicionales". La recurrente y tiránica idea de "las cosas son así desde que el mundo es mundo" se derrumbaría sólo con echar una mirada a un retrato de Luis XIV, XV o XVI con pelucas, calzas, faldas y tacones altos, mostrando una pierna estilo Marilyn Monroe, todos símbolos de masculinidad de la época.

No son pocas las enciclopedias que definen la Revolución americana con el oxímoron de "revolución conservadora", cuando por siglos y considerando el mundo de la época no se vio un experimento más radicalmente reformista y revolucionario. La sola omisión de Dios en la constitución y la obligación de no meter a ninguna religión en los asuntos del Estado, desde la primera enmienda y toda la Carta de derechos, es permanentemente tergiversada por una población educada por la demagogia política y predicadora que insiste en que este país fue fundado en base al cristianismo y no a las filosofías seculares de la época. La leyenda "In God We Trust" fue introducida generaciones después. De hecho, el juramento de lealtad de Estados Unidos fue inventado e impulsado por un cristiano socialista que, a finales del siglo XIX y coherente con la constitución, evitó la palabra Dios, hasta que la paranoia macartista de los años cincuenta introdujo la mención de Dios como forma de prevenir el comunismo o, mejor dicho, como forma de imponer un status quo que se veía gravemente amenazado por los movimiento sociales que resistieron heroicamente al racismo y al sexismo de ideas populares como "integración racial es comunismo".

En política, como en literatura, el tiempo es el mejor crítico. Sobre todo cuando la verdad ya no importa.

Claro que Dios nunca fue el problema, al menos desde mi punto de vista; el problema de siempre ha sido aquellos que se erigen en sus voceros para extender sus intereses y su control social en su nombre pasando por encima de cualquier evidencia histórica y creado un pasado a su gusto.

Ahora, imaginar un presidente socialista en Estados Unidos parece una utopía lejana sino imposible. Lo es, aunque en política lo impensable termina por ser adoptado por las nuevas generaciones. No voy a decir que el socialismo es mejor que el capitalismo en una sociedad como la estadounidense. No creo en la importación de recetas políticas y sociales en ningún país. Pero tampoco creo que eso que vagamente se llama socialismo sea algo nuevo en este país (bastaría echar una mirada a su historia y a sus actuales programas sociales, mucho más socialistas que en China). No por casualidad el mismo Karl Marx tenía una opinión más favorable de la democracia estadounidense que de los gobiernos europeos de la época. Por otro lado, lo que también vagamente se llama capitalismo no es ni por asomo algo parecido a lo que los conservadores identifican reiteradamente con las ideas de los padres fundadores. Jefferson, el artífice de la democracia americana, no tenía ninguna estima ni opinión favorable hacia el poder desbordado de los bancos. Por no entrar a considerar que Jesús, la bandera de los capitalistas conservadores, no tenía nada de capitalista y no lo crucificaron por conservador, sino por todo lo contrario.

Aquí la paradoja actual: el capitalismo fue un claro progreso hacia la libertad individual de los nadies cuando en Europa la aristocracia hereditaria comenzó a perder privilegios y poder debido al nuevo poder sin nombre ni títulos del dinero. Sin embargo, el capitalismo ha derivado a un neofeudalismo donde los príncipes (los clanes megamillonarios) tienen más poder que los gobiernos nacionales. Bastaría recordar que las 62 personas más ricas tienen tanto dinero como la mitad más pobre del mundo y que solo el uno por ciento acumula lo mismo que todo el resto. Luego no se necesita ser un genio para darse cuenta cómo y para quiénes está organizado este mundo.

Pero, como vimos, lo que es inimaginable e inaceptable hoy, será lo políticamente correcto mañana.

Para ver hacia dónde van los grandes cambios históricos hay que echar una larga mirada a la historia, como la conquista de derechos y libertades individuales ya iniciada a fines de la Edad Media, etc. En cuanto a los cambios políticos a corto plazo, es necesario observar al nivel de entusiasmo de los jóvenes. Por ejemplo: es posible que Hillary Clinton gane las internas del Partido Demócrata, pero lo que es claro es el entusiasmo de los seguidores de Bernie Sanders. Aun perdiendo, cosa que está por verse a pesar del 30 por ciento que lleva de desventaja, ya ha logrado un cambio inimaginable en la narrativa de una gran parte de la sociedad. Incluso un triunfo general de un showman como Donald Trump, quien basa su campaña en su propio ego, sería un triunfo de la reacción conservadora al nuevo fenómeno: los megamillonarios clanes, como los Koch (la voz invisible, la ideología y la moral de los medios, de los creyentes y de los políticos norteamericanos) aunque inviertan otros mil millones de dólares, tal como planean para este año, podrían perder algo más que una elección.

En política no existe la verdad sino los intereses. La ficción política no es propiedad ni de la izquierda ni de la derecha, pero los mejores narradores son los más verosímiles: aquellos que pueden vender una historia y una moral (es decir, comprar consumidores) como las grandes casas editoriales pueden hacer de cualquier novela de mediano valor un best seller mundial. En política, como en literatura, el tiempo es el mejor crítico. Sobre todo cuando la verdad ya no importa.