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Las formas más salvajes de saltarse el derecho de admisión de un bar

20/04/2015 07:29 CEST | Actualizado 20/06/2015 11:12 CEST

Los bares se reservan el derecho de admisión estableciendo unas normas básicas cívicas y de convivencia en el interior del mismo. Generalmente son para evitar el desorden o altercados entre los clientes o con los empleados del mismo.

Pero luego hay otras normas más pejilgueras, como de vestimenta, que prohíben la entrada al amigo que siempre iba en zapatillas (yo mismo) e incluso desafiaba a los puertas de Pachá con calcetines blancos. Pero esto no es nada con los casos extraordinarios que se viven a diario en muchos de los 350.000 establecimientos de hostelería de España, la segunda casa de los españoles.

En ellos nos tomamos una tapa con una cervecita y discutimos del vino y lo divino, eso sí, intentando arreglar Españistán, que para eso nos pagan. Hasta ahí, todo en orden, el problema está cuando uno se pasa con el bebercio y se pone Farruco.

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Esto es lo que le pasó a un hombre de una localidad de Pontevedra, cuando tras una discusión acalorada cumplió su promesa de volver vestido de buzo y dispararles con su arpón. Menos mal que la policía llegó a tiempo antes de que el hombre pescara a uno de sus interlocutores enemigos. Acabó internado en un manicomio voluntariamente.

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A otro hombre de esos que no respetan la paz de la barra de un bar le dio por arrancar un árbol de la calle y arremeter contra el camarero en un bar de Vigo. Pero, ¿qué demonios pasa en los bares de Galicia? Parece que el gallego cuando discute, discute de verdad. Nada de medias tintas de calamar.

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Otros entran en un bar y se piden una cerveza fresquita con el dolorido sentir que produce el cosquilleo de tres puñaladas. Esto lo vio con sus propios ojos el propietario de un bar próximo a la Sagrada Familia. Seguramente y por primera vez, los turistas, sobre todo japoneses, enfocarían sus cámaras a algo que no fuera una piedra o un monumento. Estamos seguros de que esta vez preferirían una foto en grupo al lado de este monumento al herido en la barra de un spanish bar.

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Y cuando parecía que nada ni nadie iba a superarlo, surge un tipo asturiano que no contento con pegarse un tiro en la cabeza entró en un bar y se pidió una copa. "Le serví un cacharro y ví que tenía una herida en la cabeza, pero pensé que se había caído por las escaleras, que es algo que ya le había pasado otra vez", dijo el dueño del bar a LNE. Esto a Bukowski le daba para escribir novela y media sin descanso.

En Rusia son más de encapucharse y entrar armados en grupo a los bares. Lo sorprendente es que mientras treinta y cinco hombres encapuchados se lían a mamporrazos con unos clientes, se ve a un tipo con, una de dos, los huevos de Espartero o tanta horchata como sangre en las venas, porque no se inmuta ni medio ápice. Sí, señor, tú sigue bebiendo que para eso lo has pagado.

El que de verdad debió vestirse de buzo para saltarse el derecho de admisión fue un australiano de 42 años al que le prohibieron la entrada en un bar por exceso de edad. Lo cachondo de todo es que el límite eran treinta y ocho, es decir, cuatro años menos. Buenísimo, ya me hubiera gustado escuchar en directo la excusa del portero del pub: "No, tron, que eres mu mayó" o "No, tronc, you are very old, colega" en spanglish.

En fin, que está el mundo de los bares como para desafiarlo. Mejor abrirse una cervecita en casa con unos ganchitos y a ser posible solo, no vayamos a liarla parda con el cloruro sódico.