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La certidumbre de Erdogán: la primera ley de la sociedad tecnológica

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No lo considero una hipótesis, ni creo que sea una teoría, sino la constatación de una de las primeras leyes sociales que la combinación entre tecnología y política nos permite enunciar: toda tecnología de control social implantada desde una democracia acaba sirviendo a sus enemigos e imponiéndose a ella.

El terrorismo, el crimen organizado y toda la irracional potencia de las amenazas de la "sociedad del riesgo" han servido para que las democracias desarrolladas comenzaran a servirse de enormes cantidades de tecnologías capaces de identificar y anticipar "riesgos sociales".

La teoría siempre suena mejor, por distante y porque la enuncia toda una industria insaciable, que la práctica, pero ésta última realidad apenas podemos imaginarla a través de los frecuentes escándalos y la escasa información que se nos filtra. Las infraestructuras administrativas, jurídicas, económicas y físicas de las tecnologías de control social desbordan su legitimidad contingente. Cuando nacen se quedan para siempre y como cualquier tecnología políticamente no es neutral. Todas estas circunstancias hacen que para obtener ventajas tácticas por medio de estas tecnologías incurramos en enormes consecuencias estratégicas algunas incuestionablemente antidemocráticas. Ese es el coste oculto, el coste invisible del control tecnológico.

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Occidente ha estado suministrando, de forma oficial e intensiva, tecnologías de control social a sus aliados. Turquía entre ellos. Lógicamente se construyó el Gran Hermano, se monitorizó a la oposición y a los organismos fundamentales. La tecnología funcionaba de maravilla y, si bien se espiaba al presidente del Tribunal Supremo, a políticos de la oposición y a funcionarios, también se sacaba la conclusión clave y temprana (2007) de que el Partido Justicia y Desarrollo (AKP) -el partido fundado por el presidente Erdogan- tenía una agenda secreta islamista.

Obviamente el escándalo (la capacidad de escándalo había sido una de las contribuciones de la cultura política que compartíamos Turquía y la Unión Europea) de cómo se obtenían esos datos restó relevancia a esos hallazgos y por supuesto, una vez más, la tecnología occidental había servido más a la voluntad de poder emergente islámica que al viejo cúmulo de intereses contradictorios que dirigían Turquía.

Pocos años antes de que Erdogan fuese presidente se implantó una red de miles de cámaras por las principales ciudades turcas que permitían la monitorización de las áreas sociales críticas y su registro por vídeo y que se extiende a la tecnología móvil de los ciudadanos turcos.

Inmediatamente después de este último golpe militar en Turquía se ha dirigido desde el poder una enorme represión hasta el punto de que podemos hablar de que es el mismo golpe pero con distintos golpistas. Unos mucho más listos y mejor informados.

Parte de las culpas son claramente europeas. Muy pocos años antes de que Erdogan fuese presidente favorecimos un momento crítico de la historia política turca. Quizá los menos advertidos todavía se negarán a llamarlo un "evento político" pero nuestras empresas y consultores desde luego que lo tenían claro: se trataba de la implantación del sistema MOBESE (Integración Móvil de Sistemas Electrónicos) una red de miles de cámaras por las ciudades principales de las 81 provincias turcas, que permitían la monitorización de las áreas sociales críticas y su registro por vídeo, que se vinculan a una serie de estaciones de policía. MOBESE tiene una dimensión poco conocida y que se extiende a la tecnología móvil de los ciudadanos turcos.

La idea que subyacía tras esta colección de juguetitos europeos era proporcionar control social y reducir el poder del ejército dándoselo a la policía. Al final ha servido no sólo para reducir el golpe de estado sino para que el presidente Erdogan disfrute de todas las posibilidades de un idílico estado de excepción que al tiempo de romper la espina dorsal del ejército (en un Estado militarizado) con la detención de todo su núcleo, ha servido para desmantelar el poder judicial (ha suspendido a mas de 2700 jueces) y la educación laica quitándose de en medio a decenas de miles de profesores y de funcionarios de educación.

Nuestras convicciones, relaciones, consumos, orígenes y los más mínimos actos dejan una huella que la tecnología informática es capaz de recoger, amplificar, relacionar, ordenar y perpetuar.

El mensaje ha sido formidable para todos los demás. Y a algunas personas les parecerá que ha sido una medida meramente arbitraria para fortalecer mediante el miedo la posición del presidente en este momento crítico. Pero eso no es así. Este es el resultado del registro, durante años, de las identidades, convicciones y circunstancias sociales de millones de ciudadanos turcos.

Nuestras convicciones, relaciones, consumos, orígenes y los más mínimos actos dejan una huella que la tecnología informática es capaz de recoger, amplificar, relacionar, ordenar y perpetuar. A veces bastan los metadatos para esto mismo, solo hay que interpretarlos. En Occidente, y por supuesto en España, estamos en situación de ello. Ni siquiera se necesita utilizar el nombre del ciudadano pues convertirían en personales (y por tanto legalmente más protegidos) los datos del vigilado.

La idea de que la tecnología de control social es el prólogo de una democracia de 1000 años es científicamente falsa, ideológicamente tóxica y como mera hipótesis ya excluye la buena fe.
Desde las elementales ideas de Hollerith (el padre de la IBM) para la automatización censal que se describían en su patente de 8 de enero, 1889, sirvieron tanto para el censo estadounidense de 1890, como para el censado y coordinación, aun con aparatos más perfeccionados, de millones de judíos de toda Europa con fines de eliminación por la Alemania nazi.

Los prolegómenos al Big Data con aplicaciones de control social son una advertencia olvidada, viva y próxima. En Turquía, el presidente sólo ha escogido la ocasión: la certidumbre de Erdogán. Una ley invisible en la sociedad tecnológica democrática. En el resto de Occidente la oportunidad, como las promesas de Casandra, no espera.