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Aquiles, la tortuga y la longevidad

09/03/2014 21:38 CET | Actualizado 09/05/2014 11:12 CEST
Considerando con circunspección la

alternativa, el hecho de que la esperanza

de vida aumente es una gran

noticia. Por lo general, cada generación

vive más años que la precedente

y, también por lo general, en mejores

condiciones de salud física y mental.

Claro, la gran edad expone crudamente

la prevalencia aparentemente creciente

de enfermedades propias de esa

fase etaria, pero solo sucede, a una

mayor escala, lo que antes sucedía

para aquellos individuos que alcanzaban

dicha gran edad.

El que los individuos vivan más y

en mejores condiciones tiene, sin embargo,

una serie de implicaciones descomunales

en todos los planos:

individual, social, de mercado, de Estado.

Muchas de estas implicaciones

devienen en problemas no porque intrínsecamente

lo sean, sino porque

las estructuras mentales, culturales,

de mercado y de Estado no son capaces

de evolucionar a la misma velocidad

que lo hace la bio-demografía.

¡Qué gran paradoja! Un fenómeno

que evoluciona al ritmo, lentísimo dirían

algunos, que marcan las escalas

temporales de la biología y la demografía,

no puede ser alcanzado por la

supuesta mucho mayor velocidad que

determina la escala temporal de la política

y la sociedad. Es como si Aquiles,

el de los pies ligeros, fuese

incapaz de alcanzar a la tortuga,

como sostenía Zenón de Elea, un discípulo

de Parménides, también de

Elea, ambos metafísicos de pro.

Nótese que no me he referido a la

longevidad ni a sus implicaciones de

todo tipo como problemas intrínsecos,

sino como fenómenos que devienen

problemáticos a causa de su choque

frontal con estructuras materiales y

culturales más rígidas de lo deseable.

Una de las implicaciones más potentes

de la creciente longevidad es la

distorsión de la estructura de edades

de la población, el mal llamado

envejecimiento. Esta alteración se da

también en el plano individual cuando

nos empeñamos en seguir llamando

tercera edad a la que se produce a

partir de los 65 años. Hace un siglo,

sólo el 30% de una generación alcanzaba

los 65 años. Hoy, hay que irse a

los 89 años para observar una supervivencia

generacional de ese mismo

30%. Bueno... ¿se atreverían a llamar tercera edad a la que se produce a partir de los 89

años?

En este contexto, es muy fácil convertir en

problemas cualquier cosa que nos suceda y que

venga relacionada con la edad, o lo que les suceda

a terceros si estos están encuadrados en un esquema

social (o societario) compartido. Tal es el caso

de las pensiones públicas. Pero también lo es el de

los escalafones corporativos, el de las todavía peor

llamadas prejubilaciones (un término carente

de contrapartida jurídica que todo el mundo piensa

que la tiene) y la actividad laboral en general.

En realidad, bastaría con liberarse de la tiranía

que la barrera de los 65 años ha impuesto a la

sociedad occidental, legada igualmente al resto de

sociedades, en las últimas décadas. La ilusión de

que es posible, incluso deseable, entrar cada vez

más tarde a la actividad laboral, mediante esquemas

anticuados de formación intensiva, y salir

antes de la misma mediante expedientes de jubilación

anticipada o programada por la empresa con

el apoyo del sistema de empleo, se compadece mal

con la evidencia de vidas cada vez más largas.

¡Que benditas sean!

¿Y qué más? Me preguntarán. Pues eso, o que

el Aquiles social e institucional alcanza a la tortuga

bio-demográfica o que los dioses del Olimpo nos

pillen confesados. Porque, si la tortuga está siempre

por delante de Aquiles acumularemos frustración

y encono social en vez de los recursos que

necesitaremos para sortear, incluso facilitar la

ocurrencia de tan formidable (en todas las acepciones

del término) desarrollo de la longevidad.

Este artículo se publicó originalmente en la revista Empresa Global.