BLOGS

El futuro ministro de Economía: Gracián, Molière, Scott

09/02/2016 07:16 CET | Actualizado 08/02/2017 11:12 CET

2016-02-08-1454947854-4769648-robin.jpg

Si al futuro ministro de Economía le gusta la literatura, conocerá las obras de Baltarsar Gracián, Molière (J-B Poquelin) y Walter Scott -por atribuirle generosamente al ilustre escocés el mito popular de Robin Hood-. Del francés se puede tomar el ejemplo magnífico de El Tartufo. Y en castellano no hay más remedido que traer a la memoria El arte de la prudencia.

Pero los conocimientos literarios, incluso las habilidades lingüísticas, no son suficientes para un ministro de Economía y Hacienda en España. Vayamos por partes.

Primero. Si el futuro ministro quiere desobedecer a la troika, es mejor que no lo diga. Es preferible que lo haga. Que sea prudente y comedido. Que tome ejemplo del mito de Sísifo, en lugar de intentar emular a Varoufakis. Porque la troika no perdona. Y si has de incumplir los límites de déficit público y no tienes los argumentos de Francia o Alemania, la condena de los dioses financieros internacionales te puede obligar a subir sobre la espalda colectiva una piedra cada vez más pesada.

Se puede experimentar la libertad durante un breve instante, como apuntó Albert Camus, o se puede seguir la estrategia de mi entrañable suegra: "quien ríe el último, ríe mejor". Dicho de otro modo: si vas a copiar en el examen, no se lo digas al profesor. Y si vas a ser infiel, no lo pregones a los cuatro vientos. Salvo que estés muy seguro de que vivirás una vida más feliz con otra suegra.

Segundo. No es necesario que el ministro de Economía sea el más brillante de la clase. Ya lo fue, por ejemplo, Miguel Boyer, aunque no todo el mundo supo apreciarlo. Y él, haciendo gala de una clarividencia providencial, buscó refugio en un entorno más placentero. Tampoco es necesario convencer a los demás de cuál es el mejor uso para el dinero público y privado. En este caso, las andanzas de Rodrigo Rato -del FMI a Bankia- no dejan lugar a dudas. Aunque está aún por aclarar si un tartufo incrustado en los núcleos más selectos del poder es algo más que un impostor y, en consecuencia, debe ser desterrado del reino, para siempre. Por mojigato y santurrón del credo neoliberal, pero también por su posible papel como eslabón de una estafa moral, económica y política digna de un poema épico.

Pero no son precisamente esas virtudes patricias las que debe lucir un ministro de Economía. Porque la hipocresía genera desconfianza e inestabilidad. Y eso no es bueno para la macroeconomía, los mercados y las personas, aunque sí pueda multiplicar los beneficios de las microeconomías más cercanas al poder.

Mejorar las deficiencias del sistema fiscal español es fundamental para combatir la precariedad y las desigualdades crecientes, y para fomentar un estilo de desarrollo más equitativo y sostenible.

Tercero. Tampoco se trata de que un ministro de Economía y Hacienda robe a los ricos para dárselo a los pobres. La leyenda medieval de Robin Hood ha dado lugar a numerosas versiones cinematográficas y literarias (la de Walter Scott figura entre la más conocidas). No son tiempos fáciles para la fiscalidad. Ni dentro de los países, donde es muy rentable prometer bajar los impuestos aunque luego no se haga, ni en el ámbito internacional, donde la libre movilidad de capitales aspira a que el mundo global se parezca cada vez más a un gran paraíso fiscal. Con ello, la ambición de mejorar la recaudación tributaria parece depender cada vez más del sano propósito de reducir el fraude, aunque al intentarlo aparezcan siempre nuevos agujeros de distinto tamaño y forma por los que el dinero se evapora sorteando la legislación, saltándola, superándola, ignorándola o manejándola a su antojo.

La estructura fiscal ofrece una información muy útil para conocer y valorar el nivel de desarrollo de un país y sus instituciones. Mejorar las deficiencias del sistema fiscal español es fundamental para combatir la precariedad y las desigualdades crecientes, y para fomentar un estilo de desarrollo más equitativo y sostenible. Menos frágil ante los vaivenes de la economía mundial. Menos obsesionado con la austeridad exagerada y mal entendida, como si esa fuese la única alternativa.

Al final, bajo la inspiración de la Teoría de la Hacienda Pública de Richard Musgrave, lo menos que se le puede pedir a un ministro de Economía y Hacienda es que facilite la eficacia del sistema económico (aunque para ello tenga que seguir los consejos de prudencia que sugería Gracián), que promueva la estabilidad (con políticas que no permitan identificar al Estado con los impostores y tartufos de turno), y que potencie la equidad del sistema tributario (con impuestos progresivos que mejoren la recaudación y con instrumentos de cooperación internacional capaces de combatir el fraude y la elusión fiscal).

No es poco. Tampoco mucho. Se puede hacer más y se puede hacer mejor. Pero no debe ser fácil, porque los ministros de Economía parecen cortados por el mismo patrón, urbi et orbi, particularmente cuando asumen el corsé de la Unión Monetaria Europea y olvidan la necesidad de batallar por otra Europa que incluya más ámbitos de unión económica y social, aunque eso parezca aún más lejano que cualquiera de los mitos literarios anteriores.