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De tanto mirarnos el codo se nos olvidó beber

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Foto: ISTOCK

Seamos sinceros, en este país, el vino barato, el vino más corriente y sin pretensiones de adornar en las más elegantes mesas, siempre tuvo una imagen de producto baratucho y para borrachines. En la España de "cuéntame" al vino le pasaba lo mismo que al aceite de oliva virgen extra, era para pobres y gentes de mal vivir. No sería el mejor vino del mundo, esos vinos no estarían trufados de las maravillosas bondades y excelsas cualidades que el dios Baco hubiera querido, claro que no, pero al menos el vino se consumía en las casas a diario, la gente disfrutaba bebiendo vino, se bebía en las comidas y en la cenas, se utilizaba para guisar, para aplicar remedios caseros, para hacer tostadas con azúcar, se mezclaba con gaseosa o se usaba para macerar chorizos, yo que sé, pero al menos se consumía, se elaboraba aquí, y como negocio, daba de comer a muchas familias.

Pero algo hemos hecho mal para que el consumo de vino en el país que fue el mayor productor mundial en la campaña 2014/15, se esté hundiendo más que la confianza en los políticos. Según el ICEX y el Wine Institute of California, en la interanual 2010-2015 España fue el primer proveedor mundial de vino con 24,4 millones de hectolitros vendidos, pero también fue el que más barato vendió, a 1,08 euros el litro. Por poner un ejemplo, el vecino en la misma interanual, Francia, vendió mucho más caro, a 5,74 euros el litro, pero lo más dramático viene cuando miramos los datos de consumo: durante el año 2014, España estuvo en el puesto 33º del ranking con 21 litros de consumo per cápita, muy alejados de nuestros directos rivales, Francia e Italia, con 44 y 33 litros respectivamente. Si tenemos en cuenta que el consumo de vino per cápita en España durante el año 1995 fue de 39 litros, podemos ser conscientes de la dramática caída que el consumo ha experimentado en este país. Bebemos la mitad que hace veinte años, cuando paradójicamente parece que nunca se habló tanto del vino, nunca estuvo tan de moda como ahora, y nunca se tuvo la impresión de haberse bebido tanto vino como en la actualidad.

¿Pero qué hemos hecho tan mal para llegar a estos míseros datos de consumo? ¿Por qué el país que más vino produjo en todo el mundo en la campaña 2013/14 ha dejado de beberlo? Estamos hartos de oír que esto se debe a la moda de lo light, a nuevos hábitos alimenticios más saludables, el descenso del consumo de alcohol, la presión sobre los conductores, etc... y sí, esto es cierto, pero lo que nadie dice es el daño que los profesionales del vino hemos hecho al consumo de vino. Los primeros que deberíamos mirarnos al ombligo somos los profesionales del sector, posiblemente los mayores culpables de haber creado la generación de los meneadores de codo, un tipo de consumidor que se pasa la vida meneando copas de vino pero que no bebe, o sólo bebe aquello que el gurú de turno le dice que tiene que beber.

Durante los últimos años, profesionales como yo hemos creado con nuestras engoladas voces y nuestras cursis descripciones de cata muchos meneadores de codo.

Sí, meneador de codo, creo que es la mejor manera de definir a un tipo de neoprofesional y consumidor supuestamente avanzado. Se les reconoce fácilmente desde lejos: tienen la rara habilidad de sujetar una copa de vino con la mano y hacer girar el codo tan rápidamente como para producir una centrifugación casi cuántica en el vino, capaz de disgregar molecularmente cada uno de los componentes. Al menos esto parece viendo cómo después de cada centrifugación codil realizan varias olfacciones tan profundas que el vino casi es absorbido a través de las fosas nasales. Esto es algo que los meneadores de codo pueden hacer durante horas con el mismo vino y con la misma copa. Los meneadores de codo siempre esperan que la botella de vino, no cualquier botella, sólo las recomendadas por el gurú, ofrezca un repertorio de sensaciones aromáticas y gustativas sin igual, que al abrir el corcho salgan de dentro de la botella los aromas de todas las flores, frutas y minerales del planeta acompañados por doce arcoiris brillantes sobre los que se pasean unicornios voladores que reparten flores y frutas a su paso...

Pero qué queremos, amigos, es el tipo de consumidor que durante los últimos años profesionales como yo hemos creado con nuestras engoladas voces y nuestras cursis descripciones de cata, nuestros estúpidos repertorios de palabrejas técnicas y frases vacías que no sirven para nada, sólo para aparentar que sabemos algo de vino, para confundir al consumidor pretendiendo tener el don de la sabiduría única sobre vino, para escucharnos a nosotros mismos y disfrutar con nuestras pajas enológicas, para aparentar e impresionar a novatos que intentan aprender sobre vino, pero no para hacer que la gente entienda de vino, lo disfrute y consuma más y mejor. Hemos sido tan inútiles que no hemos sabido transmitirle a la gente que, salvo los más exclusivos, al resto de vinos tan solo hay que pedirles que sean un buen alimento y nos aporten un trago agradable. Si acaso, lo que hemos conseguido es asustar a mucha gente evitando que se acercaran al vino para que lo bebieran como se hacía antes, de forma natural y cotidiana. Y al que no hemos asustado, lo hemos convertido en un meneador de codo.

- Hombre Fulanito, ¿cómo va tu codo?

- Cojonudo tíaa, ya me he meneado trece riojas y siete jereces... ¿Y tú, Menganita ?

- Psssss... aquí... llevo doce horas meneando un cabernet que me habían dicho que era la hostia, pero por más que lo meneo, solo huele a vino, un truño, vamos...

No se entiende que le ofrezcas a un tipo una correcta y humilde botella de vino de, pongamos por ejemplo, menos de diez pavos y te exija de todo

Hace algún tiempo un cliente me pidió un vino diciéndome: "Quiero que me des un vino que tenga tensión...". Y claro, ante semejante petición te quedas pensando: "A este le daba yo la tensión a mano abierta...". Pero no, al final lo único que puedes hacer es envainártela y buscarle la puta tensión a un vino, porque a tipos como estos los hemos creado nosotros, los profesionales, y el que le ha contado lo de la tensión no he sido yo, que lo podría haber dicho en un arrebato de fervor enológico durante uno de mis cursos de cata, pero eso se lo ha contado otro gilipollas como yo que dice parecidas gilipolleces a las que digo yo. Si no, no se entiende que le ofrezcas a un tipo una correcta y humilde botella de vino de, pongamos por ejemplo, menos de diez pavos y te exija:

Que el vidrio tenga diseño.

Que la etiqueta sea bonita y creativa.

Que el nombre sea original y pegadizo.

Que el corcho sea natural y virgen, y que su producción sirva para proteger la dehesa mediterránea.

Que la variedad de uva sea local y, por supuesto, que se haya cultivado en la zona durante generaciones, atestiguado por algún viejo de la zona.

Que la uva sea de cultivo ecológico, recogida a mano en esparteras de cinco kilos de capacidad. Las esparteras, por supuesto, también de producción ecológica. Las cajas de plástico para recoger la uva ahora son una cutrez inviable para cualquier buen viticultor que se precie.

Que usen carros tirados por burros para recoger la uva, que es mucho más cool, y en el caso de utilizarse tractores, que estos hayan pasado la ITV.

Que la viña de la que procede sea de pago, de no más de un cuarto de hectárea, en ladera, y con orientación sur-mediodía, pero más hacia la puesta de sol. El suelo debe combinar algo de arena fina y guijarro, y tres o cuatro piedras gordas.

Que la elaboración del vino sea también ecológica y que la fermentación del mosto haya arrancado en día non, posterior a plenilunio, pero nunca en año bisiesto.

Que el vino tenga un gran longevidad, de varios años, para que evolucione correctamente incluso si lo piensan guardar en el cuarto de calderas, pero que en el momento de adquirirlo esté en su momento perfecto, ni verde ni sobremaduro, delicado y elegante, pero con un deje rústico, no vaya a parecer que lo ha elaborado una bodega grande, de esas asquerosas que producen medio millón de botellas, o más.

Que tenga algo de sedimento que acredite su elaboración ecológica, pero no mucho, vamos, ni mucho ni poco.

Que los aromas sean frescos y frutales, con un ligero deje mineral de caliza, no de arcilla, aunque un toque de pizarra es admisible siempre y cuando se combine con notas de ebanistería finamente ensamblada por las sensaciones de bosque meridional.

Que en boca sea potente pero sin atacar, de tanino ni muy áspero ni muy suave. Mucho mejor si la barrica que se ha usado ha sido francesa, que como todo el mundo sabe, dónde va a parar, es mucho mejor que el resto, y además, cualquiera la puede identificar con solo oler de lejos o mirar el borde del vino en la copa.

Que maride bien con el menú que van a preparar, aunque aun no sepan que menú van a preparar.

Que tenga tensión...

Y todo esto es lo que les hemos enseñado a los meneadores de codo que deben exigirle a un vino, aunque no se le exija a otros productos mucho más caros y muchísimo menos naturales que el vino, como a los embutidos, que van cargados de nitritos hasta las trancas y nadie pone pegas en pagar un pastizal por un jamón mediocre, como a la porquería de café que nos dan en los bares, con los que te vas por las calicatas y que pagamos a precio de gran vino, o las bazofias de destilados blancos, ginebras, vodkas, rones y otros, que pagamos a precio de oro cuando su producción cuesta cuatro perras y a los que nadie parece importar que lleven tapón de plástico, aunque esto no sirva para salvar la dehesa mediterránea.

La mayoría de los que nos dedicamos al vino hemos creado una generación de meneadores de codo que se pasan el día hablando de vino pero que no beben vino, y al final hemos caído todos en el mismo error, nos pasamos el día mirando cómo meneamos el codo y se nos olvida beber, así que ahora tenemos que jodernos y aguantarnos con la mierda de consumo de vino que tenemos. Esto es lo que hay.