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Capítulo LII: Morgan

22/08/2013 07:35 CEST | Actualizado 21/10/2013 11:12 CEST

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En capítulos anteriores...

Tras propinarle una tremenda paliza y escapar de la finca antes de que llegue la policía, los sicarios llevan a Mister Proper hasta un misterioso barco y le encierran en un camarote. Mientras tanto, el Capitán Pescanova recurre a Twitter, un pájaro hacker que le ayuda a desvelar quiénes son los secuestradores: se trata de una peligrosa banda de traficantes de marketinina, la droga de moda en Marketinia, liderada por un misterioso personaje al que todos llaman el Gran jefe y del que lo único que se sabe es que calza mocasines indios. El pájaro también le aclara lo del barco: es un inmenso y lujosísimo yate que pertenece a la organización, en el que se va a celebrar una grandiosa fiesta. Finalmente, Twitter le proporciona al capitán una invitación y una identidad falsa bajo la que acude al festejo. Ahora, recorre el interior del buque buscando al cautivo.

Al Capitán Pescanova nunca en su vida le había tocado la lotería, pero aquella noche le ocurrió algo muy parecido. En el preciso instante en que Pringles salía del camarote, dio la maldita casualidad de que él estaba pasando por allí delante. Tuvo el tiempo justo de esconderse tras una columna y escuchar claramente la voz de Mister Proper despidiéndose del hombre del mostacho.

De no ser por aquel inesperado golpe de suerte, seguramente habría acabado por tirar la toalla. El barco era un auténtico laberinto. Aquella mañana, en su casa, había mirado y remirado el plano tratando de deducir cual sería el lugar más lógico para encerrar a un prisionero y, finalmente, había reducido las opciones a tres, pero sabía que iba a ser como buscar una aguja en un pajar. Ni siquiera estaba seguro de que Mister Proper se encontrara realmente allí. Hasta ese momento, había estado recorriendo los interminables pasillos de la nave, intentando evitar en la medida de lo posible las cámaras de vigilancia e interpretando el número del borracho despistado cada vez que pasaba junto a cualquiera de las decenas de matones que hacían guardia a lo largo del yate.

De modo que cuando vio al bigotudo, no se lo pensó dos veces. Aprovechó el momento en que Pringles estaba cerrando la puerta con llave para neutralizarle, propinándole un golpe seco en la cabeza con la botella de vodka. Acto seguido, volvió a abrir la puerta y arrastró su cuerpo al interior, al tiempo que saludaba al prisionero.

A Mister Proper casi se le atraganta una de aquellas patatas de imitación al verle aparecer.

- ¡No se quede ahí parado, grumete, écheme una mano! -le espetó. Después, recordó que iba disfrazado y que tal vez Mister Proper no le había reconocido- Soy yo, Pescanova.

- ¿Ca... Capitán? ¿Es usted de verdad? -preguntó mirándole fijamente.

- Pues claro que soy yo, recibí su mensaje y aquí estoy.

Mister Proper corrió a abrazarle eufórico perdido.

- ¡Jamás pensé que me alegraría tanto de verle! ¿Pero se puede saber de qué coño se ha disfrazado? Me ha costado un rato saber qué era usted.

- A mí también me cuesta reconocerle a usted, grumete -contestó Pescanova al reparar en las secuelas que había dejado la paliza recibida en el cuerpo y la cara de Mister Proper- ¿Cómo se ha hecho todo eso?

- Ya se lo explicaré, -replicó él, haciendo ademán de salir al exterior- ahora, será mejor que diga a sus hombres que vengan conmigo y le señalaré a los culpables. Espero que haya traído bastantes refuerzos. Esta gente es de armas tomar...

- Me temo que no he traído ningún hombre -contestó el Capitán Pescanova.

- ¿¿Qué?? Oh, vamos, Capitán, ¿de verdad le parece que este es el momento más adecuado para dedicarse a bromear?

- No es ninguna broma grumete. He venido solo. No sé exactamente en qué clase de lío se metió su novio, pero hay peces muy gordos implicados en esta organización. Incluyendo peces gordos del cuerpo al que pertenezco. Sé que parece una locura, pero no podía fiarme de nadie.

- ¿Peces gordos? -Mister Proper se dejó caer en la cama totalmente abatido- ¿Está de coña? No son peces, son monstruos marinos. Está usted completamente loco. Venir solo. Para eso, me parece que se podía haber ahorrado el esfuerzo. Usted no sabe la clase de tipos con la que se va a tener que enfrentar.

- Me he hecho una ligera idea, créame. Escuche Mister Proper...

- Don Limpio... - respondió él con la mirada perdida.

- Ah, sí, como quiera. Mire, no le niego que va a ser complicado, pero tengo un plan. Y la parte más difícil, que era encontrarle, ya está superada. Voy a sacarle de aquí, se lo aseguro, pero para ello necesito su colaboración.

- De acuerdo -suspiró Mister Proper con poca convicción, levantándose de nuevo- supongo que no perdemos nada. Nos van a matar de cualquier modo, ¿qué importa si es aquí o en cualquier otro sitio de este jodido barco?

- Muy bien, para empezar, tenemos que atar al tipo de las patatas y ocultarle en algún sitio del camarote. Ayúdeme.

Dicho esto, Pescanova sacó de uno de sus bolsillo un rollo de cinta adhesiva de embalar e inmovilizó las manos y los pies de Pringles. También pegó una buena porción alrededor de su boca.

- ¿Qué tal debajo de la cama?, no creo que miren ahí -propuso Mister Proper.

- Buena idea, probemos a ver si cabe -respondió el Capitán.

- Una vez lo hubieron introducido bajo el catre, Pescanova le contó el resto del plan.

- Muy bien, ahora tengo que hacer una última cosa. Voy a salir y cerraré de nuevo por fuera. Espero no tardar más de media hora. Mientras tanto, usted se quedará aquí.

- ¿Qué? ¿Quedarme aquí? ¿Está de coña? ¡Ni pensarlo! Yo me voy con usted.

- No, de verdad, hágame caso, grumete, no podemos correr el riesgo de que vengan a buscarle y se encuentren con que no está. Darían la alarma y no tardarían en encontrarnos. Debemos esperar a que ocurra lo que me dispongo a preparar a continuación. En cuanto eso suceda, el pánico cundirá a lo largo del barco y será mucho más fácil huir.

- Joder, Pescanova, me está usted pidiendo un acto de fe...

- Lo sé, pero tiene que confiar en mí. Saldremos de esta.

- Vale, usted gana -acabó por ceder Mister Proper-, pero no tarde, por Dios.

- Si sus carceleros aparecen antes de que yo regrese, compórtese con naturalidad. No haga nada raro. Volveré en seguida.

Sin más, el Capitán abrió cautelosamente la puerta del camarote y, tras comprobar que no había moros en la costa, salió al pasillo y cerró por fuera.

Su plan era sencillo. Provocaría una avería en el motor del barco, que desencadenaría un pequeño incendio. Algo que no pusiera la nave en peligro, pero lo suficientemente aparatoso como para alarmar a la tripulación y los invitados. Para ello, se encaminó hacia la sala de máquinas. Esta vez, todos los años que había pasado en la marina mercante sí que iban a serle de gran ayuda. Sabía exactamente el modelo de motor con el que se movía el barco y qué piezas tenía que tocar para lograr su propósito.

Llegó hasta la zona en cuestión con relativa facilidad. Allí había mucha menos vigilancia. En la sala, tan solo encontró un operario de guardia. Pescanova volvió a utilizar la botella de vodka como anestésico. Después, abrió la compuerta que daba al motor. Aflojó unas cuantas tuercas e introdujo una llave entre dos engranajes. Luego soltó uno de los cables y roció ligeramente con gasolina la superficie. Calculó que la primera chispa saltaría en aproximadamente un cuarto de hora. A partir de ahí, el fuego se extendería a toda velocidad. Las alarmas de incendios se dispararían a los pocos minutos, y en menos de media hora, el caos reinaría a bordo y él podría continuar con su maniobra de rescate.

Pero entonces, cuando estaba volviendo a colocar las herramientas que había utilizado en su sitio, alguien entró en la sala de máquinas y le sorprendió in fraganti. Era un tipo alto, con barba muy negra, ataviado con una especie de disfraz de pirata. El Capitán Pescanova le reconoció al instante.

- No puede ser... ¡Morgan...! -murmuró entre dientes.

Sí. Era Morgan. El Capitán Morgan. Un viejo conocido de su época de marino. Un ser despreciable que se había ganado su fama de corsario a pulso, aprovechándose de los caladeros de otros, utilizando los más variopintos métodos ilegales de pesca y colándose una y otra vez en la fila de entrada y salida del puerto. A lo largo de los años, se había saltado sin parar todas las normas que se suponía debían regir el comportamiento de un buen patrón de buque. Y fue el propio Pescanova, quien, harto de sus tropelías, le denunció a las autoridades portuarias, consiguiendo que le inhabilitaran de por vida. Morgan, claro está, jamás se lo había perdonado y juró vengarse en cuanto tuviera ocasión. De modo que aquel no iba a ser precisamente un encuentro feliz. El Capitán Pescanova rezó para que su caracterización fuera lo bastante buena para engañarle, pero no hubo suerte.

- ¿Quién es usted? -Le preguntó inmediatamente el Capitán Morgan con la mosca detrás de la oreja- ¿Y qué demonios hace en mi sala de máqui...? Un momento... -súbitamente se detuvo y comenzó a olfatear el aire- ese olor... yo conozco ese olor... huele como a... sí, ¡como a palitos de merluza!, ¡Eres tú, pues claro que sí!, no sé de que coño te has disfrazado, pero sé que eres tú, maldito hijo de puta: ¡Pescanova! ¿Qué coño estás haciendo en mi barco?

- ¿Tu barco? -Pescanova no se molestó en disimular. Sabía que ya era inútil negar que era él- ¿tu barco? -repitió- deja que me despelote, Morgan, dime, ¿a quién has sobornado para que te devuelvan la licencia?

- No he sobornado a nadie, asqueroso cargamento de fritanga andante. Sabes perfectamente que me inhabilitaron por tu culpa, pero afortunadamente, aún quedan en el mundo personas que prefieren fiarse de la pericia de un marino que de lo que ponga en su carnet.

- ¿Pericia? Vamos, Morgan, no me hagas reír, tú y yo sabemos que en lo único en lo que tienes pericia es en todo lo que se sale de la legalidad.

- ¿Ah, sí? Pues no sé por qué, pero me da a mí que lo que está haciendo hoy aquí el muy honorable Capitán Pescanova no es tampoco del todo legal, ¿verdad? Vamos, acompáñame, sé de alguien que se va a alegrar inmensamente de tu visita -dijo mientras sacaba una pistola de su cinturón y le apuntaba con ella.

Qué bien te conozco, Morgan, pensó Pescanova. Ese arma tenía pinta de ser del siglo XV. Podía amenazarle con ella, pero para disparar tendría antes que sacar una bolsa con pólvora y un atizador y rellenarla. Así, que, sin pensárselo, le arrojó la llave inglesa y salió corriendo.

Sonó un disparo. Mierda, al parecer, los gustos de Morgan habían evolucionado. La pistola podía recordar a la de Jack Sparrow, pero se ve que sólo era antigua por fuera. Afortunadamente, la puntería del filibustero nunca había sido gran cosa, y la bala se estrelló en la pared, a un par de metros de donde estaba el policía. La segunda estuvo más cerca, y fue a parar al marco de la puerta de salida. Justo a tiempo, el Capitán la abrió y escapó a través de ella.

- ¡Detente, cobarde! -le oyó gritar a Morgan, que salió rápidamente en su persecución.

Era tan suave se publica por entregas: cada día un capítulo. Puedes consultar los anteriores aquí.