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Capítulo XLI: El gaitero

11/08/2013 10:42 CEST | Actualizado 11/10/2013 11:12 CEST

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En capítulos anteriores...

Apresado por los sicarios, Mister Proper es conducido hasta una casa en el campo. Una vez allí, le encierran en una celda improvisada. En cuanto sus captores cierran la puerta, él saca el móvil de Cinecito para intentar pedir ayuda, pero en el momento en el que se dispone a hacerlo, un sonido terrorífico, acompañado de un hedor pestilente, resuena en la habitación, paralizándole por completo.

Fue probablemente la peor noche de toda su vida. Aquel espeluznante gemido siguió atormentándole durante horas, siempre acompañado de un hedor cada vez más vomitivo. Mister Proper estaba tan asustado que no se atrevió a moverse de la cama. En algún momento antes del amanecer debió quedarse traspuesto por puro agotamiento, porque cuando recobró el sentido, ya era de día. Un tímido haz de luz entraba por el ventanuco. Poco a poco, muerto de miedo, se incorporó y paseó sus ojos por la improvisada celda. Después se puso en pie y empezó a recorrer la habitación. Seguía estando muy oscuro, pero al menos ahora podría ver por dónde se movía. La estancia tendría unos cuarenta metros cuadrados y estaba completamente revestida de cemento. No había ningún otro mueble aparte de la cama. En una esquina divisó un inodoro y se acercó para vaciar la vejiga. Estaba realmente sucio, pero qué se le iba a hacer. Y entonces, mientras miccionaba, aquel eco demoníaco volvió a sonar. Esta vez lo oyó muy claramente y se dio cuenta de que el sonido venía de algún lugar más arriba. Muy lentamente, con el corazón a punto de salírsele del cuerpo, alzó los ojos hacia el sitio del que procedía el ruido. Lo que vio casi le corta la respiración, lo cual, dicho sea de paso, no le habría venido mal para evitarle seguir aguantando aquel fétido aroma que de nuevo impregnaba el aire. Aproximadamente a unos tres metros de altura, una pequeña y oxidada jaula de hierro colgaba de la pared. Y dentro de ella, envuelto en cadenas, había un hombre. O lo que quedaba de él. Iba vestido con lo que parecía un traje regional asturiano completamente hecho andrajos. Llevaba los pantalones bajados y tenía una gaita entre las piernas. ¡De modo que aquel sonido que parecía una gaita, era realmente una gaita! Pero, ¿quién o qué la soplaba? Mister Proper se acercó unos metros más y... no, no podía ser... pero sí, sí que era. Claro, por eso el sonido de la gaita iba acompañado por aquel olor insoportable. Al gaitero le habían introducido su propio instrumento por el culo. Joder, a estos tíos les encantaba meterle a la gente cosas por el orto, pensó recordando el espectáculo apocalíptico del jugador de polo empalado con su propio stick.

De repente, el enjaulado alzó la cabeza y vio a Mister Proper.

- Anda, uno nuevu -exclamó con un acusado acento de los Picos de Europa.

- Ho... hola -saludó Mister Proper- así que eras tú el de la gaita...

- Sí, estes desalmaes introdujéronmela por ahí, y claro, como llevu toda la vida alimentándome a base de fabada, cuéstame un triunfo controlar mis ventosidaes... supongo que ya lo notaste...

- Pues sí, la verdad es que es difícil no notarlas.

- Non sabes cuantu lo siento... Pero oye una cosa, zagal, ¿cómo es que a ti no te encadenaron ni metiéronse nada por ningún sitiu ?

- Pues no tengo ni idea, puede que sea porque dicen que el Gran Jefe quiere verme. No sé para qué, pero eso les he escuchado decir -contestó.

- Así que el Gran Jefe... vaya eso sí que es raru. Nadie ve nunca al Gran Jefe. Eso sí, amigu, lamento decírtelo, pero no creo que sobrevivas a esa entrevista. A él no le gusta que nadie le vea la cara.

- Joder, pues gracias por los ánimos... Oye, ¿y a ti porqué te han cogido? -inquirió Mister Proper.

- Acusáronme de soplón -suspiró el gaitero.

- ¿De soplón? ¿Y lo eres?

- Hombre... serlo, serlo... Sí, alguna cosa contaría, que sé yo... pero no merecía este castigo... Menudos hijoeputas... Si al menos pudiéramos avisar a alguien de que estamos aquí...

Avisar, pensó Mister Proper... ¡Pues claro, el móvil de Cinecito! Se le había olvidado por completo. Rápidamente lo sacó y marcó el número del Capitán Pescanova.

- ¡Tienes un móvil! -gritó el asturiano con entusiasmo- Pues sí que se relajaron contigu esos inútiles. Rápido, llama a quien sea, puede que tengamos una oportunidad -Mientras decía esto al gaitero se le volvió a escapar un cuesco con silbido de gaita incluido.

- Joder, tío, ¿de verdad no puedes controlar esos gases? Estás realmente podrido por dentro... - dijo Mister Proper, alejándose cuanto pudo del prisionero enjaulado.

Al otro lado de la línea el teléfono empezó a sonar.

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