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Capítulo XLVI: El #páj@ro

16/08/2013 07:29 CEST | Actualizado 15/10/2013 11:12 CEST

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En capítulos anteriores...

Mister Proper ha conseguido llamar al Capitán Pescanova con el móvil de Cinecito, y a pesar de la deficiente cobertura, termina por enviarle las coordenadas de localización de la casa de campo en la que le tienen encerrado. Por desgracia, los sicarios le sorprenden y, tras propinarle una tremenda paliza, consiguen escapar, incendiándolo todo antes de irse. Pero cometen un error: dejan al Gaitero con vida, pensando que morirá asfixiado antes de que llegue la policía. Cuando Pescanova le encuentra, éste, antes de exhalar su último aliento, le da una pista sobre el posible destino de los secuestradores: un barco. Ahora, el capitán ha contactado con alguien que puede ayudarle a localizar ese barco.

Twitter. Al Capitán Pescanova no le gustaba demasiado aquel maldito pajarraco de color azul eléctrico. Odiaba su estúpida manía de meter cientos de @ y # en cada frase que decía. Y también eso de que cualquier cosa que te contase, tenía que ser en parrafitos cortos. Era un coñazo, pero por otro lado, había que reconocer que se salía haciendo su trabajo. Nadie estaba mejor informado que él. Fuera lo que fuera lo que pasase, él era siempre el primero en enterarse. Por eso mismo era caro. Carísimo. Pescanova solo recurría a sus servicios cuando el caso era muy complicado. O cuando tenía demasiada prisa para adaptarse al desesperante ritmo de trabajo de la sección digital de las Fuerzas de Seguridad del Estado. Y cada vez que lo hacía, le tocaba aguantar una bronca del departamento financiero de la comisaría. Él y Twitter nunca solían verse cara a cara. El pájaro se sentía más cómodo hablando a través de la red. Pero esta vez, insistió en que se encontraran en persona.

- Lo siento @Capitán_Pescanova, pero no pienso dejar nada de este caso por escrito. Venga a mi casa y le contaré lo que he #averiguado -le había dicho por teléfono. Así que el Capitán no tuvo más remedio que subir hasta su nido, que estaba en las afueras, en lo alto de una torre de telecomunicaciones abandonada.

- Espero que el departamento de policía esté bien de dinero, @Capitán, porque esto le va a costar un riñón -le espetó nada más abrir la puerta.

-Algún día me tienes que contar en qué empleas exactamente toda esa pasta que me sacas, grumete -contestó Pescanova. En lo que estaba claro que no lo invertía era en decoración. La guarida de Twitter era un cuchitril asqueroso, con paredes hechas de pajitas y palitos. Había pedacitos de lombrices e insectos a medio devorar por todos lados. Y el resto del espacio estaba ocupado por pantallas de ordenador gigantescas, decenas de ellas. Y cientos de discos duros y procesadores de todas las formas y tamaños, colocados de cualquier manera, unos encima de otros, con los cables a la vista y hechos un burruño. Era el tipo de imagen que te venía a la cabeza cuando imaginabas como serían las estaciones espaciales soviéticas durante los años finales de la Guerra Fría.

- No sé que es exactamente lo que está #buscando, pero lo que he encontrado tiene su miga -empezó diciendo Twitter mientras se sentaba en su puesto de mando, un sillón en forma de columpio de pajarera, en el centro de aquel arsenal informático-. Al principio no detecté nada extraño. Pero tras una primera batida, descubrí que esa Casa de Campo pertenece a una empresa que se dedica a fabricar quesitos en porciones.

- ¿Quesitos en porciones? -le interrumpió desconcertado el Capitán-. Pensé que ya nadie comía de eso...

- Pues se equivoca. Al parecer, lo de trocear derivados lácteos y comercializarlos envueltos en papel de plata, sigue siendo un gran negocio.

- Jamás lo hubiera imaginado...

- Ahora, además del quesito clásico, hay también versión Light, con Bífidus, bajos en colesterol, a las finas hierbas, con aloe vera... -el pollo hizo una pausa para no pasarse de sus ciento cuarenta caracteres de rigor- sin cafeína, extra crujientes, con tratamiento anti caída del cabello, fórmula especial para prevenir los problemas de erección...

- Al grano, Twitter, que tengo prisa -le cortó Pescanova.

- Pues bien, las #dificultades llegaron cuando traté de averiguar a quién pertenece esta empresa. Ahí empecé a acojonarme...

- ¿Acojonarte?

- Me encontré con el típico entramado de sociedades ficticias que se participan entre sí de manera que resulta poco menos que imposible localizar a sus verdaderos propietarios.

- ¿Y...?

- Sabía que detrás de esa aparente inocencia láctea tenía que haber algo sucio y decidí usar la imaginación. ¿Se ha fijado usted alguna vez en las cajas de los quesitos en porciones?

- Sí, bueno, son esas de toda la vida, ¿no?

- Efectivamente, esas que son redondas y planas. ¿A qué diría usted que se parecen?

- Buf, ni idea... ¿a una ruleta, a una lata para meter películas de cine, una rueda de bicicleta...?

- Casi, pero no. Las cajas de los quesitos, mi querido @Capitán son idénticas a los tambores de las ametralladoras de los gángsters.

- ¿Tambores de ametralladoras? -el Capitán no pudo reprimir una carcajada.

- Exacto, tambores de ametralladora ¿Y por qué cree que las diseñaron con esa forma pudiendo haber elegido cualquier otro formato?

- Yo que sé, pues supongo que porque se aprovecha mejor el espacio y...

- Sí, claro, eso es lo que quieren que pensemos, pero no, la verdadera razón es que quien está detrás de todo esto es la Mafia.

- ¿La mafia? -la explicación era delirante, pero a pesar de ello, Pescanova empezaba a estar verdaderamente interesado en lo que el ave le estaba contando. El secuestro, el gaitero en la jaula, las bacanales del Conejo... Aquellas no eran precisamente la clase de cosas que uno se encontrara cuando investigaba casos de simples delincuentes comunes.

- Sí, amigo mío, la mismísima @Mafia. Pero no una mafia cualquiera, no. La que está metida en este ajo concreto es nada menos que la Mafia del queso.

¿La mafia del queso? ¿Qué clase de gilipollez era esa? El Capitán se quedó mirando a Twitter como tratando de averiguar si estaba de coña, pero el pájaro no pestañeó.

- Esos tíos son lo peor, se lo aseguro. ¿Conoce usted a la @Vaca_que_ríe? No se ha fijado en que últimamente su risa se ha vuelto como más histérica?

- No sé, si tú lo dices...

- Han sido ellos, la @mafia_del_queso. La acosaron noche y día para quedarse con su parte del pastel lácteo y al final la han vuelto loca.

- No sé, grumete, todo esto me parece un poco...

- ¿Increíble? Lo sé, pero es así. Todo está en la red, @Capitán. Pero lo más grave de todo es que la mafia del queso depende de otra mafia aún más peligrosa.

Tras decir esto último, Twitter le hizo una seña al Capitán para que se acercara a él, miró a ambos lados como tratando de asegurarse de que ninguno de los restos de saltamontes a medio masticar que había por todas partes era en realidad un espía disfrazado y empezó a hablar en un tono mucho más bajo.

- Por eso no quise dejar nada por escrito esta vez. He descubierto que en realidad, ese caserío pertenece a una organización. Una organización que se dedica a la distribución de algo bastante más valioso que el queso.

- ¿Más valioso?

- Marketinina.

Marketinina. ¡Bingo! -pensó Pescanova. Algunas piezas de la historia empezaban a encajar. Sí, sin duda, iba por buen camino.

- Mis contactos no saben demasiado de esa organización, es realmente opaca, pero intuyen que es muy, muy poderosa. Está dirigida por alguien a quien todos llaman Gran Jefe.

- Sigue, Twitter, esto empieza a interesarme de verdad... oye, ¿te importa que fume? -preguntó el Capitán mientras sacaba su pipa.

-¿Que si me importa? Pues claro que sí me importa @Capitán. Mire a su alrededor, esto está lleno de material altamente inflamable, ¿Acaso pretende incendiar mi @casa?

- No, no, por Dios, grumete... Bueno, es igual, me aguantaré -respondió Pescanova mohíno, guardando de nuevo sus aperos de fumador.

- Bien, por lo que parece, nadie fuera de su círculo más íntimo ha podido ver jamás la cara de este Gran Jefe. Lo único que se sabe de él es que usa mocasines.

- ¿Mocasines? ¿Se refiere a esos zapatos que no llevan cordones?

- Me refiero a los mocasines indios, de cuero, sin curtir, con flecos y dibujos geométricos de colores.

- Joder, qué cosa más rara, yo pensaba que eso ya no lo llevaban ni los perroflautas...

- Hombre, no es por nada, @Capitán, pero usted tampoco es muy convencional que se diga en el tema del calzado. No se ven todo los días polis que lleven katiuskas -replicó Twitter mirando a las botas de agua del exmarino.

- Tocado -aceptó incómodo el Capitán-. Bueno, ¿y qué más has averiguado?

- Pues que usted tenía razón, hay un barco.

- ¡Lo sabía! -al Capitán Pescanova se le iluminaron los ojos.

- Y no un barco cualquiera. Se trata de un enorme yate de lujo. Parece que ese Gran Jefe lo utiliza bastante. Y en concreto, mañana da una fiesta en él.

- ¿Una fiesta? Entonces está claro que es el mismo barco que el del conejo.

- ¿Conejo? ¿Qué conejo? -inquirió Twitter.

- Ah, no, nada, cosa mías, sigue por favor.

- Es una fiesta súper exclusiva. Pero adivine a quién le he conseguido una invitación -prosiguió el pájaro orgulloso tendiéndole un tarjetón.

- Joder, Twitter, estoy impresionado, ¿cómo lo has hecho?

- Eso es secreto profesional, @Capitán. A partir de este momento, usted ya no es el Capitán Pescanova, sino el armador ruso Yuri Pescanoff.

- No suena mal...

- ¿Sabe ruso?

- Kremlin, Smirnoff, Rasputín, Tachenko...

- Será suficiente. Eso sí, sería aconsejable que se duchara.

- ¿Ducharme? ¿Por qué?

- Su olor a pescadilla rebozada le delataría en cualquier sitio, @Capitán. Lávese a fondo, échese por encima una botella de vodka y cómprese un traje de Armani o de Versace. Estos millonarios del este son muy pijos, ya sabe.

- Está bien, si tu lo dices... Por cierto, lo que me vendría del perlas es un plano del barco. ¿Crees que podrías conseguírmelo?

- Cuente con ello. Se lo enviaré junto con la factura. Y por favor, tenga cuidado. Ya se lo he dicho, esos tipos no se andan con tonterías.

- Gracias Twitter, te veré de nuevo en cuanto haya resuelto el caso.

- @adios, @Capitán.

Antes de salir del nido, el Capitán ya estaba llenando su pipa. Necesitaba fumar para digerir toda la información que el pájaro le había soltado. Donde antes sólo había cabos sueltos, empezaba a ver ases de guía, ballestrinques y otros nudos marineros. Aún no sabía exactamente a qué estaban atados, pero muy pronto lo averiguaría.

Era tan suave se publica por entregas: cada día un capítulo. Puedes consultar los anteriores aquí.