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Capítulo XXXIX: La finca

09/08/2013 07:36 CEST | Actualizado 08/10/2013 11:12 CEST

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En capítulos anteriores...

Mister Proper despierta, atado, dentro del maletero de un coche en el que hay otro personaje en su misma situación: Cinecito. Aprovechando una parada, Mister Proper grita pidiendo ayuda, y a los pocos instantes, el Celta abre el capó, le pega un tiro a la mascota cinematográfica y vuelve a cerrar. Horrorizado, Mister Proper intenta apartarse del cuerpo ensangrentado de Cinecito, y al hacerlo, encuentra el móvil de éste y se lo guarda.

Un cubo de agua helada. Eso es lo que utilizó Michelín para reanimarle. Mister Proper despertó sobresaltado. Supuso que se había quedado dormido durante el viaje. No tenía ni idea de cuánto tiempo había transcurrido, aunque a juzgar por la tonalidad que había adquirido el cielo, estaba anocheciendo. Con una facilidad pasmosa, el gordo neumático le sacó del maletero. Una vez fuera, cortó las ligaduras que sujetaban sus pies y sus manos. Miró a su alrededor. Estaban en una especie de granja. Había campos cultivados y unas cuantas construcciones con aspecto de albergar animales. Y en el centro de todos aquellos edificios de labor, una enorme casa de campo de color blanco y tejado de tejas rojas. Por todas partes se veían hombres armados con escopetas. Aquello parecía la parte siciliana de El padrino. De pronto, escuchó la voz del Celta dirigiéndose a él.

- Andando señorita, le enseñaré sus aposentos -dijo, y empezó a caminar hacia una de las alas del caserío.

Mister Proper le siguió. Aún llevaba el móvil de Cinecito oculto entre su ropa. Rezó para que Michelín, que marchaba pegado a su espalda, no se diera cuenta. Llegaron hasta una gran puerta cerrada con varios cerrojos. El gigante de caucho la abrió y le empujó dentro.

- Bueno calvete, hasta nueva orden, este será tu hogar. Que disfrutes de la estancia -le gritó el Celta desde fuera. Y sin más, volvieron a cerrar.

La oscuridad era absoluta. Mister Proper esperó a que sus ojos se acostumbraran a las tinieblas, pero no hubo prácticamente ningún cambio. En una de las paredes le pareció distinguir un ventanuco minúsculo, pero estaba demasiado alto para poder asomarse por él. Además, ya era de noche y no había luna, con lo que por aquella entrada de luz no llegaba nada de claridad. Avanzó a tientas y sus pies chocaron contra algo. Era una vieja cama metálica. Se sentó en ella y aguzó el oído. Sin duda, el recinto estaba muy bien insonorizado, porque no consiguió distinguir ningún sonido que viniera del exterior. La parte buena, imaginó, es que tampoco le escucharían a él, así que cruzó los dedos y sacó el móvil de Cinecito. ¡Tenía batería!, aunque parecía estar en las últimas. Había que darse prisa. En el bolsillo trasero de su pantalón aún guardaba la tarjeta que le dio en su día el capitán Pescanova. Seguía teniendo sus dudas respecto a la fiabilidad de la policía, pero ahora no tenía opción, de modo que la sacó, la iluminó con la luz del celular y se dispuso a marcar el número. Pero entonces, de repente, sonó un ruido extrañísimo. Era algo espantoso, como si un asmático estuviera soplando una gaita. El Capitán se apresuró a esconder el teléfono. El sonido se prolongó durante unos segundos más, y al acabar, un olor pestilente invadió la estancia. Absolutamente aterrado, se tapó como pudo los oídos y la nariz y se acurrucó sobre el colchón esperando lo peor. ¿Qué o quién podía producir un sonido tan diabólico? Prefería no imaginarlo.

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