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Condiciones necesarias y suficientes para ser feliz

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En una de las películas de Woody Allen, el personaje que él mismo interpretaba pululaba desesperadamente por New York probando distintos grupos religiosos en búsqueda de dar un sentido a su vida. Así, se adhería a grupos católicos, judíos, musulmanes e incluso con los devotos de Hare Krishna. Esa búsqueda incesante la realizan en la actualidad un grupo no menor de sujetos con la diferencia de que el objeto deseado es la felicidad. Así pueden entenderse las distintas y variadas vías que hoy día se nos ofrece para alcanzar dicho estado de bienestar. Una simple búsqueda en Amazon muestra más de veinte libros cuyo tema es el logro de la felicidad.

Creo que es un deseo vano y de realización imposible. No seré tan sarcástico como Ambrose Bierce, quien definía felicidad como aquel estado mental consistente en deleitarse con las miserias ajenas. Pero sí sostendré que la felicidad no forma parte de nuestras aspiraciones y necesidades vitales. En cuanto animales, no nos distinguimos esencialmente de nuestras especies hermanas en los objetivos principales. Obviamente, el primero y primordial es la supervivencia. Pero nadie dijo una feliz supervivencia. Para alcanzar ésta debemos asegurarnos medios básicos como alimentarnos, dormir, vivir bajo una techumbre y, si hay suerte, copular para garantizar la continuidad de la especie. Es más, para los más perspicaces filósofos ,esa búsqueda de la supervivencia no puede ser alcanzada exitosamente si no es enfrentándonos a nuestros congéneres, y es que el egoísmo innato y la escasez de recursos no dejan mucho margen no ya para la felicidad, sino para un fin más modesto como la convivencia pacífica.

Quizá la causa principal de la insatisfacción de muchas personas al ver frustrado su deseo de alcanzar la felicidad es su ingenuidad, al creer ciegamente las recetas de los vendedores de felicidad.

Pero, ¿cómo explicar esta ansiosa búsqueda de la felicidad? Una de las principales causas debe atribuirse a los Estados Unidos y su particular concepción optimista de la vida. En efecto, todo comenzó con su Constitución, en cuyo preámbulo se recoge el derecho a la búsqueda de felicidad. No dice derecho a la felicidad, -lo cual hubiera sido peor-, sino derecho a la búsqueda de la felicidad. Pero no cabe duda, de que aun y así, a lo que conduce tal proclama es a la creencia, contraria a toda evidencia, de que existe la felicidad y de que podríamos ser titulares del derecho a tal estado de cosas. Pero si somos acreedores de la felicidad, ¿quién es el deudor?, ¿a quién le podemos exigir cumplir con tal pretensión? Porque parece claro que si pago el precio por una vivienda me convierto en titular de un derecho frente al vendedor, y sé perfectamente a quién y qué puedo reclamar. Pero, ¿respecto de la felicidad?, ¿dónde está la oficina de reclamaciones donde presentar mi queja por tal lamentable servicio?

Quizá la causa principal de la insatisfacción de muchas personas al ver frustrado su deseo de alcanzar la felicidad es su ingenuidad, al creer ciegamente las recetas de los vendedores de felicidad. Y en parte eso se debe a una confusión entre, por un lado, condiciones necesarias o suficientes de la felicidad y por otro lado, las condiciones contingentes y contribuyentes. Es frecuente que en los cursos o libros donde se pretende enseñar a ser feliz se señalen como causas de la felicidad las que únicamente son condiciones contribuyentes o contingentes, haciéndolas pasar como necesarias o suficientes. Así se apela a la salud, a la adopción de determinadas creencias religiosas, a una cierta dieta alimentaria, a una forma de autoconciencia, a una actitud altruista y resignada, etcétera, sin especificar que su papel no es determinante para alcanzar la felicidad, sino que a veces forman parte de las causas de aquella, pero otras, en absoluto. No negaré que cualquiera de esos elementos pueda formar parte de la fórmula de felicidad, pero quien la haya conseguido, por favor, que no la mantenga en secreto, o que al menos haga como la Coca-Cola y la distribuya por un módico precio.

Si muchos lectores de estos éxitos de ventas o cursos que se imparten por empresas o por centros cívicos o similares fueran conscientes de esta clasificación, quizá serían menos ingenuos y más realistas respecto a las expectativas que ofrecen estos cursos. Y para finalizar mi visión pesimista: a la felicidad le ocurre como a la espontaneidad. De igual manera que no se puede ser deliberadamente espontáneo tampoco se puede ser deliberadamente feliz. Se puede intentar deliberadamente ser feliz, pero no ser feliz. Así pues lo siento por aquellos que piensan que el primer paso para ser feliz es desearlo. Paradójicamente, si existe ese inasible, a veces caótico y las más de las veces, involuntario estado mental, quizá su logro implique no buscarlo como objetivo sino simplemente esperar que llegue como consecuencia de alcanzar metas menos pretenciosas, de los pequeños detalles que hacen de la vida algo venturoso. Y es que, como decía Groucho Marx, la felicidad está en las pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña fortuna, una pequeña mansión...