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De la humillación (política) considerada como una de las Bellas Artes

27/07/2015 07:07 CEST | Actualizado 26/07/2016 11:12 CEST

Si algo distingue al Estado de la mafia es que trata de resolver los conflictos de manera objetiva y despersonalizada, no verse contaminado por las relaciones, intereses y sentimientos personales que puedan tener los gobernantes y servidores públicos con los ciudadanos.

Esta era la idea subyacente en Cicerón o Rousseau, cuando alababan un gobierno de leyes y no de hombres. En cambio, los clanes mafiosos resuelven sus desacuerdos entre ellos mismos y, guiados en la mayoría de las ocasiones por motivos personales cargados de emociones irracionales (odio, rivalidad, envidia, deseo de venganza, etc), generan soluciones injustas en tanto que desiguales, que provocan el aumento de las rencillas para que los conflictos no lleguen a acabarse nunca.

Por otro lado, si algo distingue al Estado de las empresas es que éstas tratan a los ciudadanos como clientes, esto es, como números desprovistos de alma y necesidades. En cambio, el Estado, al menos idealmente, debería tratar a los súbditos como ciudadanos con derechos e intereses que merecen ser considerados dadas las circunstancias concretas y particulares en las que eventualmente puedan encontrarse. Por eso las leyes pueden ser interpretadas y adaptarse en ciertas circunstancias a los casos concretos, para así alcanzar una aplicación justa.

Pues bien, hasta el momento conocíamos a Angela Merkel en una vertiente que, como gobernanta de asuntos europeos, la asemejaba más a un directora general de una empresa que a una representante de un Estado.

Así, la habíamos visto en esta época de crisis tomando impertérritamente decisiones que repercutían en recortes de derechos sociales que afectaban gravemente a la calidad de vida de millones de ciudadanos europeos... no alemanes. A ella, el sufrimiento de los habitantes de Grecia, Portugal o España parecía importarle poco. Todo fuera por cuadrar los números.

Pues bien, las recientes negociaciones sobre el tercer rescate griego, y la imposición de drásticas medidas económicas que debía adoptar el gobierno de Tsipras, han permitido ver, diría que por primera vez, a una Merkel llevada por puros sentimientos de desquite y deseo de humillación.

Posiblemente, la actitud poco sumisa (y hasta desafiante) del jefe de Gobierno griego y de su anterior ministro de economía, Yanis Varufakis -también alejadas de las virtudes políticas- haya sido el desencadenante de esas emociones. Y la guinda debió ser el desafío que supuso la convocatoria de un referéndum para que el pueblo heleno fuera, finalmente, el amo de su destino en esa cuestión tan crucial.

Quizá por eso, en las negociaciones posteriores al referéndum, en lugar de dejarse llevar por motivos más racionales y prudentes, dada la situación de ahogo de la población griega y las posibilidades reales de su economía, parece haberse guiado por un ánimo de revancha y por un deseo de humillación que se ha plasmado en la imposición de unas condiciones draconianas y leoninas que pocos esperaban.

No deja ser sorprendente esa actitud por parte de una dirigente alemana que debería recordar lo peligroso que es subordinar la razón y la prudencia como guías de la acción política a las emociones más primarias e irracionales.

Como se ha señalado muchas veces, y con evidente base histórica, el surgimiento del nazismo está vinculado a las medidas humillantes que Francia impuso a Alemania al finalizar la Primera Guerra Mundial.

No parece, ni mucho menos, que el contexto y la dimensión de los países implicados en la tragedia griega sea el mismo, pero la deriva que puede suponer ese sentimiento de humillación en la sociedad helena, a la vez que de odio hacia Alemania, no tiene visos de ser positivo en un futuro cercano.

La historia no está escrita, pero debería servir para no caer en errores del pasado.