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El "¿por qué?" de Messi

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Nota del editor: normalmente, cuando uno habla del "porqué de algo", suele ir junto. El "porqué" equivale al motivo o la razón de algo. Uno podría pensar que es el caso de este artículo. Sin embargo, hemos considerado que el autor se refiere, sobre todo, al momento exacto en el que uno se hace a sí mismo o hace a otro la pregunta "¿por qué?". Por eso lo ha puesto entre comillas. Es una explicación un poco liosa, pero seguro que si lee el texto, estará de acuerdo con nosotros.

Hace algunos años se hicieron famosos dos "¿por qué?". El del Rey Juan Carlos dirigido a la verborrea de Hugo Chávez impeliéndole a que se callara y el repetido varias veces por Mourinho en una rueda de prensa tras una amarga derrota de su equipo, el Real Madrid, con el FC Barcelona. Nos interesa este segundo tipo de cuestionamiento lanzado al mundo como lamento y a la vez petición de explicación de un fracaso que no nos atribuimos a nosotros mismos, sino a la injusticia de un dios arbitrario, al azar o a la malévola voluntad de una persona concreta.

Posiblemente, esos "¿por qué?" serían mucho más útiles si nos los hiciéramos antes de que ocurriera el hecho del que después nos lamentamos. Es probable que si el entrenador del Real Madrid hubiera planteado alguna otra estrategia el resultado podría haber sido otro, haciendo innecesario esos lamentos altisonantes. Lo mismo ocurre en las relaciones personales, cuando ya no hay vuelta atrás y nos preguntamos qué hemos hecho para merecernos esa actitud de la otra persona, como si todo fuera culpa suya. En cambio, si nos cuestionáramos antes nuestro propio comportamiento o nuestras omisiones, quizá no llegaríamos a ese desafortunado estado.

Probablemente esto mismo se pueda aplicar a Messi, que debe estar preguntándose ¿por qué la Hacienda española le persigue a él? Alguien que ha dado tanto a la sociedad española, en forma de millones de euros tributados, de prestigio a la Liga y de alegrías a los aficionados barcelonistas. ¿Por qué le atribuyen un delito si no sabía nada, si no era consciente de cometer ninguna infracción, si confiaba en su padre, si contaba con asesores fiscales que le indicaban dónde tenía que firmar... ?

Pero lo cierto es que más le hubiera valido preguntarse ese oportuno "¿por qué?" antes de firmar los documentos mediante los cuales defraudaba a Hacienda, y con ello -aunque solo fuese una buena frase publicitaria-, a todos los ciudadanos, a todos nosotros. Claro que alguien que se identificara con él podría alegar que hubo delegación de esos cometidos en otras personas más expertas que él. Y es que alguien de su calidad debía preocuparse por su juego en el campo de fútbol y no por esos asuntos tan obtusos y complicados. Al fin y al cabo, uno de los grandes avances de la civilización es la división del trabajo, la cual se produce en todos los ámbitos de la vida.

El caso de Messi, o el de Isabel Pantoja o la infanta Cristina, pone de manifiesto que todavía no se han alcanzado los principios y deberes básicos del ciudadano: la autonomía, y su contraparte, la asunción de responsabilidad.

Ahora bien, no parece que eso sea deseable en todos los sentidos y ámbitos posibles... Si fuera así, habría variadas formas de eludir la responsabilidad personal y atribuírsela siempre a otro, cosa que por desgracia ya ocurre con demasiada frecuencia, sobre todo cuando son los poderosos los que pueden diseminar la responsabilidad entre los subordinados. Y qué diríamos de la ignorancia... todos nos reclamaríamos orgullosamente ignorantes para evitar cualquier sanción.

Y es que el caso de Messi, como también el de Isabel Pantoja o la infanta Cristina (la lista, por cierto, se podría hacer más extensa: Blesa, los titulares de las "tarjetas black" etc.) ponen de manifiesto que todavía no se ha logrado alcanzar el que era uno de los principios y deberes básicos del ideal moderno de ciudadano: la autonomía, y su contraparte, la asunción de responsabilidad. Dicho ideal apunta a que los ciudadanos deben ser formados para desempeñarse de forma autónoma e independiente, para así no caer en las redes de la dominación, ya sea la del Estado o la de otros individuos.

Pero tal ideal supone una carga para el propio individuo a cambio de ser dueño de sí mismo y de las herramientas que se le suministran para navegar en el proceloso mar de la vida: asumir responsabilidades por las acciones propias, algunas de las cuales le harán merecedor de cuantiosos beneficios económicos cuando se tiene éxito, pero también asumir los fracasos y los sinsabores que acarrean los errores. En especial, aquél consistente en negarse a ser autónomo, a cerrar los ojos, a no preguntar, a no cuestionarse nada... ya lo harán otros por mí. De ahí, el reproche moral y jurídico hacia quién elige vivir y actuar amparado en una ignorancia deliberada. La cual, por cierto, abunda entre los futbolistas de élite, a los cuales después, les pedimos que sean modelos para el resto de la sociedad, y en especial, para los menores.