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La subasta de la dignidad

09/05/2015 09:55 CEST | Actualizado 09/05/2016 11:12 CEST

En la ciudad cae precipitadamente la lluvia. Hace frío. Dentro del museo, un gitano rumano afirma: "Esto es mejor que estar en la calle. Fuera hace frío y la gente no es tan simpática como aquí dentro". La noticia la protagonizan dos mendigos gitanos que pedían limosna en la calle y fueron contratados como obras de arte (sic) en un museo de Suecia: Luca Lacatus y Marcella Cheresi. A cambio recibían 15 dólares por hora. Una cantidad que, para ellos, en la situación en la que se encontraban -en la calle y ella embarazada-, significaba cuadruplicar los ingresos que obtenían pidiendo por la ciudad.

Las críticas no se han hecho esperar. Y es que en el mercado bursátil de la moral hay ciertos valores que cotizan al alza y otros que, en cambio, caen y se desvalorizan a pasos agigantados. Uno de estos últimos es la dignidad. Como tantos utensilios que forman parte de nuestro universo cotidiano y que tuvieron en el pasado una vida mejor, pero que cuando pierden su utilidad son arrinconados en el cajón de objetos perdidos o inservibles; la idea de dignidad también se encuentra postrada en uno de esos rincones del olvido.  

Baste recordar otro caso que adquirió resonancia social, el conocido juego de los "lanzamientos de enanos", en el que éstos eran utilizados en ciertas discotecas y bares de alterne como objetos que se lanzaban al aire por los clientes para ver quién los enviaba más lejos. Al igual que en el caso de los mendigos, los enanos eran los primeros interesados en que el juego no se prohibiera, pues para ellos, la posibilidad de encontrar otro puesto de trabajo era casi nula.

Vivimos en una sociedad en la que, progresivamente, hemos visto establecerse al dinero como valor supremo que todo lo justifica, sustituyendo a otros valores que siempre fueron considerados como propios de la dimensión y desarrollo humanos: el trabajo bien hecho, la honradez, el esfuerzo, el saber... Y es que por dinero justificamos cualquier comportamiento por denigrante o indigno que sea. A diario vemos en la televisión a personas que no dudan en dejarse insultar, en exponer su intimidad e incluso permiten que se les trate vejatoriamente a cambio de dinero, como mercancía que se puede vender, y que, en muchos casos, terminan convirtiéndose en personajes mediáticos precisamente por ser ejemplos de inmoralidad. En nuestra sociedad, las personas cuentan en la medida que venden, no por el valor intrínseco de lo que son o de lo que hacen.

No obstante, parece que la idea de dignidad se resiste a permanecer en el baúl de los principios inútiles, pues a muchos nos sigue pareciendo que la contratación de los mendigos por parte del museo constituye una utilización inmoral de personas en clara situación de desventaja. Que tengamos dificultades en ofrecer una caracterización de la dignidad no implica necesariamente que haya perdido toda su cierta fuerza magnética para evitar que los menos favorecidos sean instrumentalizados por los poderosos, ni siquiera en el caso de que aquellos acepten esa posición de subordinación o explotación. No se puede reducir la dignidad a precio, pues hay algunos rasgos de los seres humanos que deberían quedar fuera del mercado, de lo que se puede comprar y vender. Y es que no hay peor indignidad que aquella que no es percibida como tal por el propio sujeto. Porque la dignidad no nos la pierden los demás, pero la banalizamos cuando nos faltamos al respeto a nosotros mismos, cuando olvidamos quiénes somos, que somos seres humanos y, por tanto, dignos.

Este artículo ha sido escrito por Eva Cañizares Rivas y José Luis Pérez Triviño.