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Los cánticos vejatorios en el fútbol: más allá de lo permisible

27/02/2015 07:13 CET | Actualizado 28/04/2015 11:12 CEST

Pocos dudan que el fútbol ha sido históricamente el opio del pueblo, y a la vez, una válvula de escape para que los aficionados, cada domingo, pudieran dar rienda suelta a sus diversas frustraciones (laborales, familiares, o de cualquier tipo), incluyéndose en ello gritar o insultar a los rivales o al árbitro. Durante mucho tiempo ha habido una relativa permisividad, dado que precisamente el fútbol cumpliría esa función social de desahogo. Pero esto nada tiene que ver con los comportamientos de algunos grupos ultras que, con cánticos o pancartas, se dedican de forma grupal, intencional y deliberada a insultar a los rivales o a cualquier otro grupo de personas a los que odien o desprecien. Esto último es lo que ha ocurrido en el estadio Benito Villamarín, donde los ultras del Betis mostraban su apoyo a Rubén Castro, presunto maltratador de su expareja ("Rubén Castro alé, Rubén Castro alé, no fue tu culpa, era una p..., lo hiciste bien"). Conviene recordar que la juez de Violencia sobre la Mujer número 3 de Sevilla dictó a finales del año pasado auto de procedimiento abreviado contra el jugador del Real Betis por cuatro delitos de maltrato y un quinto delito de amenazas leves hacia su exnovia, Laura M.P., ya que consideraba que había indicios de que la habría agredido físicamente en cuatro ocasiones.

Es cierto que la Liga Nacional de Fútbol Profesional y el Consejo Superior de Deportes, a raíz de la muerte del aficionado coruñista en los alrededores del estadio Calderón hace poco más de tres meses han tomado una serie de medidas para erradicar la violencia física y verbal de los estadios españoles. Algunas de estas medidas son discutibles, pues parecen responder más a la alarma social que a un efectivo destierro de la violencia. Inversamente, otras medidas parecen desproporcionadas, pues pueden suponer que quien las sufra sea un inocente, como ocurriría con los cierres parciales o totales de las gradas. También serían criticables algunos aspectos de la norma, porque en ocasiones es difícil discernir el insulto de una legítima expresión de la libertad de opinión. Y por último, sería objetable por una desmedida atención hacia el fútbol profesional, dejando sin abordar los mismos problemas en otras categorías futbolísticas o deportes, como si en ellos no se produjeran situaciones desgraciadamente análogas.

Pero en el caso de los cánticos de los aficionados ultras del Betis, no hay duda de que los aficionados ultras han sobrepasado todos los límites de lo permisible moral y jurídicamente. Aquí ya no se podría tachar la respuesta por parte de las autoridades deportivas como puritana, sino que respondería a un adecuado y legítimo de la sanción deportiva.

En cualquier caso, la erradicación de tales grupos violentos, pero también la eliminación de aquellos comportamientos individuales propios de los aficionados futbolísticos que también gritan e insultan requiere de medidas educativas y sociales de mayor calado y de realización más a largo plazo. Solo así se podrá conseguir que en un estadio de fútbol se respire un ambiente más educado y relajado como sucede en otras manifestaciones deportivas (y donde los padres puedan asistir con sus hijos sin temor alguno) sin que se pierda por ello la esencia del espectáculo deportivo. Y es que fútbol no es sinónimo de comportamiento soez, como tampoco lo era, hasta hace poco de puros y humo.

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