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¿Puede ser una mala persona un buen profesional?

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Howard Gardner, neurocientífico, autor de la teoría de las inteligencias múltiples.

El otro día llegó a mis manos una entrevista efectuada en un medio de comunicación generalista a Howard Gardner, uno de los inventores de la teoría de las inteligencias múltiples, una de esas teorías que en el ámbito de la psicología ha tenido más predicamento y que muchas instituciones educativas y empresas han tratado de aplicar en sus respectivos ámbitos.

El titular de la entrevista era ciertamente llamativo: "Una mala persona no llega nunca a ser buen profesional". Quizá por ello, fue ampliamente tuiteada y comentada en Facebook. No era nada extraño dado el éxito de esa teoría y algunas de las afirmaciones que se vertían en la entrevista.

Lo que me sorprendió fue que una de esas personas que retuitearon elogiosamente el artículo, a la que conozco personalmente, se sentía satisfecha porque se veía reflejada en el titular, cuando en realidad dudosamente podría ser considerada una buena persona. Pero a tenor de su comentario parecía que hubiera encontrado la causa palmaria y definitiva de por qué era un profesional de éxito: no solo por mostrar un conocimiento técnico, una experiencia a prueba de bombas, por tomar decisiones eficientes... sino porque en el fondo era buena persona. Y esa condición justificaría todas las medidas que pudiera haber tomado en su empresa -también en su vida privada- a pesar de la injusticia, arbitrariedad y dolor provocado.

Imagino que no debe haber sido el único en sentirse reconfortado con la teoría de Gardner, que una lista extensa de políticos, empresarios, profesores de universidad, gestores, etc. han debido llegar a la misma conclusión. No sé si esa misma inferencia está subyacente en la ética capitalista heredada del protestantismo.

A estas alturas ya no me sorprende cómo la mente humana elige una teoría y la manipula capciosamente para así encontrar una autojustificación. Si en cierto momento esa persona tuvo alguna duda acerca de la corrección de sus decisiones y la bondad de sí misma, con esa teoría aquella quedaba resuelta: un buen profesional no puede ser mala persona. Ergo, dado su éxito laboral, era una buena persona. Eso era lo que se deducía de su comentario en Facebook.

Puedes ser buen profesional debido a otras causas distintas a ser buena persona: la suerte, el equipo que te rodea o la coyuntura económica, entre otras.

Mi perplejidad en el fondo no es muy distinta a la de Woody Allen cuando se dio cuenta de que aquella suposición generalizada -según la cual la diferencia entre las buenas personas y las malas, estaba en que éstas últimas no pueden dormir bien- era falsa: los malos también duermen bien.

Pero en el caso de "mi conocido" se daba un matiz adicional: había interpretado erróneamente el titular de la entrevista cometiendo lo que en lógica se denomina "falacia de la afirmación del consecuente", que consiste en afirmar el consecuente de una premisa y de ahí obtener, la verdad del antecedente. En realidad, esta falacia es una deformación del argumento válido que consiste en afirmar el antecedente de una premisa y de ahí obtener el consecuente.

Por ejemplo, "si llueve (antecedente), se moja la calle" (consecuente). Así, la interpretación correcta de la frase de Gardner es: si se da la premisa antecedente "si soy mala persona" no seré "buen profesional" (consecuente). Pero la interpretación falaz, la de mi "amigo", había sido afirmar el consecuente ("si soy buen profesional"), y de ahí había obtenido la conclusión que tanto ansiaba: "no soy mala persona; soy buena persona".

Y es que la verdad de que la calle esté mojada puede ser debido a que llueva... o que los barrenderos la hayan regado, de igual manera que puedes ser buen profesional debido a otras causas distintas a ser buena persona (la suerte, el equipo que te rodea, la coyuntura económica, etc). En definitiva, el caso de mi conocido confirma una de mis intuiciones: una persona que sea ignorante es fácil que llegue a ser mala persona... o la inversa.