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Marimachos

02/06/2013 10:01 CEST | Actualizado 01/08/2013 11:12 CEST

Se acaba de estrenar Tomboy (Francia, 2011), de Céline Sciamma, una película que tiene mucho que ver tanto temática como estéticamente con El último verano de La Boyita, esa joya del cine argentino de 2009.

Un tema complejísimo (aunque quizá lo hacemos más complejo de lo que en realidad es) del que la directora francesa sale airosa por la dulzura con la trata el tema, que en ningún momento llega a ser demasiada pese a las constantes tentaciones, y que deja más que abiertas un montón de preguntas que están sin resolver. Y que solo se pueden resolver con tenacidad, sacrificio y muchísimo cariño.

La infancia no como una etapa temporal de la vida sino como un territorio ajeno, como un país extraño, con sus propias leyes (tan salvajes). Y dentro de la infancia, una isla: el verano, esos largos veranos de la infancia en los que ya ni siquiera hay leyes y uno es el que es (si puede). En los que todo se escapa y todo se puede inventar. Antes de que la burocracia, una mísera lista de admisión en un colegio decida que has mentido. Que ya no eres Peter Pan, ni Campanilla, ni el mago de Oz, ni un pirata: un nombre, un apellido, una edad, un sexo.

En el caso de Tomboy, además, un nuevo lugar donde vivir, nueva ciudad, nuevos amigos y ningún pasado hacen que para Michaël/Laure sea fácil empezar de nuevo como quiere. Y además cuenta con la mirada cómplice de su hermana, que le aporta todo el cariño que no obtiene de su madre (por miedo, más que por otra cosa) o que el padre le regala en escasos (y bellísimos) momentos. Esa hermana/amiga que todos tenemos (y si no, ya puedes empezar a buscarla) que no solo sabe que llevas razón, sino que de repente comprende todo. Y si te tiene que ayudar a inventar/crear tu historia, lo hace, aunque tenga cinco años (¿no nos inventamos todos a nosotros mismos? Si no lo hacemos es que nos inventan otros: mal asunto).

¿Qué le pasa? No lo sabemos. Sabemos que en su casa es una niña pero cuando sale a la calle es un niño. Sabemos que imita el comportamiento de los chicos del barrio: su vestimenta, sus brutalidades, sus escupitajos, sus maneras de andar. No sabemos qué le pasa. Solo nos importa que sea feliz. En una escena estremecedora, la propia madre le pregunta a Michaël/Laure si tiene una solución: ese es el camino correcto. ¿Quién si no va a saberlo?

Para Michaël se trata de sobrevivir, y si tiene que sobrevivir en Laure, pues así será. Además ¿no miente más cuando dice que es Laure que cuando dice que es Michaël?

¿Es el final una claudicación de Michaël/Laure? Pero ¿no claudicamos todos, no claudicamos siempre, alguna vez? A lo mejor de lo que se trata es de que busquemos esos territorios, esos cómplices, esos veranos en los que podamos ser lo que queremos ser, y que esos territorios, esos cómplices y esos veranos sean cada vez menos escasos, menos inalcanzables.

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