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Democracias como arena

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Leo en el diario de Joseph Davies, el embajador norteamericano en la URSS entre 1936 y 1938, unas frases que él copia de un periódico nazi durante una estancia en Berlín. El periodista alemán al que Davies cita había escrito: "Esperamos un cambio de época, una ruptura total de ideologías políticas y sociales. Las democracias están acabadas. Hoy en día, consciente o inconscientemente, no son más que centros de infección, portadores de bacilos y lacayos del bolchevismo. Las democracias son como arena, como arenas movedizas. Nuestro ideal político del Estado son las montañas de granito".

Pienso una vez más lo que he estado pensando a menudo en los tiempos últimos, cuando he mirado más allá de los leones de las Cortes, a través de la puerta del Congreso. Cuando he visto a rufianes de todo tipo vomitando fuego en el Parlamento, aplaudidos por las manos de quienes jalearon a asesinos; cuando escucho a ministros que abusan de su puesto para poner firmes a quienes les critican, arruinando vidas sin tener en cuenta que son ellos los servidores de lo público; cuando portavoces casposos se recochinean de ancianas que jamás conocieron a sus padres y no piden más que una digna sepultura; cuando señores de la oposición señalan con el dedo la cal viva, sin mirar que sus ropas están manchadas con el polvo de la intolerancia que ha impedido un cambio político; cuando escucho descalificar brutal y falsamente a partidos que no me gustan como "fascistas" y decirle a un señor que me cae gordo el insulto falaz de "falangito"; cuando veo que unos diputados autonómicos destrozan la ley y hacen la trampa reclamando, feroces, una identidad única y exclusiva, desarbolando la vida en común para desconectarse, envueltos en la niebla de un onanismo cerrado y cejijunto. Como si las reglas del juego no fueran con todos ellos.

Pienso en esos chavales y muchachas que critican una democracia y un "régimen del 78" que les ha dado una libertad que muchos no tuvieron antes que ellos o que desprecian las bases de la libertad: la cortesía entre personas, el respeto o la capacidad de escuchar al oponente.

Y también vuelvo a pensar en cosas que me tocan más de cerca y por eso duelen más: a algunos chavales y muchachas, muchas de ellas estupendas, voluntariosas, llenas de fuego, criticando una democracia y un "régimen del 78" que les ha dado una libertad que muchos no tuvieron antes que ellos; denostando una Europa que les ha concedido unas posibilidades que, incluso con la decadencia económica del sistema, no poseímos ni siquiera la generación inmediatamente anterior.

Los veo sembrando intolerancia y recogiendo la que otros siembran, los veo decidiendo quién es bueno y quién es malo. Despreciando, una tras otra, las únicas bases en las que se basa la libertad: cosas tan sencillas y tan importantes como la cortesía entre personas, el respeto, la capacidad de escuchar al oponente, la implícita posibilidad de poder cambiar tu opinión al escucharlo o de que lo haga el otro, si le convences; cosas tan básicas como el pensar que quien sea diferente a ti también puede tener razón. Los veo disculpar a asesinos de masas del pasado porque lo hicieron "por la clase obrera", ellos, que habrían sido los primeros en morir si hubieran estado allí.

Pienso en que la Segunda República cayó por un mero problema de orden público, por ser incapaz de parar y detener a los intolerantes. No hace mucho, una chica frágil y delgada me aseguraba con obcecación que ella "sería capaz de matar por la revolución". A veces, es cierto, las armas han servido para luchar por la libertad, a veces ha habido que defender la paz con la violencia. ¿Pero de verdad es éste uno de esos momentos? ¿Quién puede decir cuál es el momento adecuado para matar, y quién es capaz de decidir quién se lo merece? Un río de sangre es fácil de verter pero difícil de detener.

Cuando comenzó el 15M -y yo estuve allí, desde el principio, expectante-, lo sorprendente fue comprobar lo profunda que era la creencia en la democracia de aquellas personas, muchas de ellas muy jóvenes, que sentían por primera vez la posibilidad de cambiar algo, de tocar con sus manos la realidad, de emancipar sus voluntades fijadas a la vida cotidiana y gris. Lo que más me sorprendió fue la escasa ortodoxia de todo aquello, lo alejados que estaban de dogmas, de resabios marxistas, de totalitarismos imposibles.

Se quería una "democracia real", pero democracia; se la quería completa, sin las faltas que la crisis había hecho evidentes; se pedían cambios que hicieran el sistema más justo, que acabaran con los privilegios, que se diera más oportunidades a quienes no las tenían de nacimiento. Hubo, sí, un momento en que todo aquello pudo haber cuajado en un sistema mejor, una vida más fácil, más llena, más justa, más rica. Eso es, al cabo, lo que todos queremos.

Las democracias son como arena. Se nos van entre los dedos. Y si no cerramos bien la mano para sujetarlas, podemos quedarnos sin ellas con una facilidad pasmosa.

No hay duda de que fue la cerrazón y el egoísmo de quienes se habían estado beneficiando del statu quo lo que impidió que aquello floreciera en mejor modo. Si ministros y diputados, concejales y alcaldes, presidentes y sindicalistas se hubieran acercado allí, si hubieran abierto las puertas de parlamentos y casas consistoriales a aquellas iniciativas, a aquellas exigencias, a aquellas personas, no habrían vencido los cínicos, los que despreciaban la democracia, los que odiaban el consenso, quienes, envueltos en una chulería ignorante, reflejo inverso de la caspa y la peineta del otro lado, conspiran en pinza para desarmar la vida y construir un cielo asaltado, muerto, humeante de escombros y estéril para la mayoría.

Nos hemos quedado huérfanos.

Hay, sin embargo, en este país de todos los demonios llamado España, mucho bueno. Los mismos chavales que gritan tienen corazones como puños. Las muchachas frágiles de pasiones fuertes queman su tiempo ayudando a unos sintecho. Su desorientación es creativa, su miedo al futuro sólo temporal. No veo aquí tanto odio al foráneo como me encuentro en otras latitudes. No percibo tantos defectos como ven quienes jamás vivieron fuera. Pero precisamente por eso les falta comprensión de lo mucho que tienen por perder, no sólo las cadenas.

Tenemos que defender la democracia. Esta, la real, la que hay, aunque la limpiemos de mugre y la tengamos que echar el aceite y bruñir como plata. Porque el mundo que nos rodea está volviéndose oscuro y en la oscuridad no hay tiempo para gaitas. Las democracias son como arena. Se nos van entre los dedos. Y si no cerramos bien la mano para sujetarlas, podemos quedarnos sin ellas con una facilidad pasmosa.