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Despeñados

13/01/2016 06:59 CET | Actualizado 13/01/2017 11:12 CET

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"Toda sociedad es una colección de diásporas". Zygmunt Bauman

Hay millones de personas en este país que hemos votado cambio y que cambio queremos. Somos muchos y muchas los que estamos dispuestos a transformar, innovar, revolucionar, si se quiere, el interior de estas líneas en el mapa en las que hemos decidido vivir. Algunos -muchos- hemos votado por un cambio que llegue más hasta las raíces que otros; hay quien quisiera verlo todo de patas arriba -como en el Carnaval- de un día para el siguiente.

Y, sin embargo, los resultados de las elecciones del 20D muestran con claridad que -pese a la leve decepción de algunos, entre los que me cuento, por la lentitud del cambio- este país ha vuelto a demostrar que es mucho más inteligente, astuto y sereno que quienes les gobiernan o pretenden gobernar. Puede que la nueva -escasa- mayoría del PP nos moleste, pero los españoles no han votado -como en tantos y tantos países de nuestro entorno- por la derecha populista, por el racismo, por la estulticia, sino por algo que -como decía uno que quería apropiárselo- podríamos definir como el cambio sereno. Durará lo que dure, pero las cosas van a cambiar, están cambiando.

Ahora bien, la serenidad se ha disipado en Cataluña, en contra de la voluntad de sus electores, de la mayoría de ellos.

La CUP era la esperanza. Tras toda una serie de elecciones en las que los electores han dicho una y otra vez que querían otras formas de encajar en España, pero que no querían romper con el resto, tras toda una serie de declaraciones en las que parecía que las CUP iban a respetar la democracia, lo único que esperábamos todos era que tuvieran la valentía de admitirlo y tender la mano a quienes, desde otros entendimientos del problema territorial, albergaban la misma -pensábamos- comprensión de los problemas sociales.

Pero les ha ganado el miedo. El miedo a comprender que se puede dialogar con la izquierda del resto de España, el miedo a comprender que podía haber una solución sin separación, eso ha sido. Les ha entrado mucho miedo cuando han visto que al otro lado del Ebro existía gente capaz de dialogar. Porque eso es lo que les atemoriza, tener que renunciar a sus prejuicios, a sus ideas preconcebidas, a sus estereotipos acerca de una España que, en realidad, no existe.

Desde un punto de vista moral y político, la CUP ha hecho el ridículo. El miedo de la CUP a que su utopía de país no funcionara porque, ahora, sí, resulta que hay un interlocutor al otro lado, les ha arrastrado a humillarse ante Artur Mas y sus títeres. La CUP siempre ha estado hablando de políticas sociales, pero políticas sociales también las hizo el régimen franquista, eso no implica nada. Sin democracia, sin Estado de derecho y sin diálogo, dar algo de dinero para un comedor escolar no es más que una mentira.

La CUP no ve más allá de la rambla del pueblo. Contra todo pronóstico, han resultado estar llenos de prejuicios nacionalistas que no desaparecen cuando aumentan el presupuesto de una ONG o financian una asociación de disminuidos -cosas muy loables-. Son incapaces de dialogar con el cincuenta por ciento de Cataluña y con el 85 por ciento del resto de España y, sin embargo, sí lo han hecho con la extrema derecha catalana proveniente del carlismo.

Si en el siglo XIX, una de las principales tareas de la izquierda fue conseguir la separación entre Iglesia y Estado, la tarea inexcusable de una izquierda del siglo XXI, en un contexto en el que los países no son más que, como decía Zygmunt Bauman, "conjuntos de diásporas", es el de conseguir la separación entre el Estado y la Nación. La nación, con sus mártires, sus batallas, sus banderas e himnos, con sus renuncias obligadas del individuo por no sabemos qué bien inalcanzable, no tiene nada que buscar en la estructura del Estado, que ha de servir para defender las sociedades de la depredación del capitalismo y permitir la consecución de un máximo de bienestar económico, social y cultural. En España no se ha dado mal: desde 1975, en un contexto normal, el nacionalismo español es un nacionalismo blando, débil, cada vez más lejos de ocupar las claves discursivas del Estado. Y ello incluso bajo las balas y las bombas. No conozco país en Europa cuya democracia hubiera aguantado treinta años de atentados y mil víctimas. Si descontamos algunos márgenes de la sociedad, el nacionalismo español no existe más que durante los mundiales de fútbol.

Quienes conocemos lo que ha sucedido en otros países y hemos visto lo fácil que es pasar de la cotidianidad de un día a la ensangrentada realidad de un enfrentamiento entre hermanos, no podemos hacer otra cosa que asustarnos.

No así en Cataluña. La renuncia voluntaria de la izquierda catalana a dar la batalla contra el nacional-catalanismo, su voluntad incluso de ayudarle a conquistar el Estado y las estructuras del Estado, convierten a esta autodenominada "izquierda nacionalista" en un elemento reaccionario, antipopular, promotor de lo peor del capitalismo. La unión de un poco de socialismo y un mucho de nacionalismo no es otra cosa que lo que en otro tiempo se llamó fascismo.

No hay nacionalismo bueno y nacionalismo malo. El patriotismo de uno es el nacionalismo del otro. Hay que conseguir expulsar del sentido de comunidad los tics nacionalistas. La idea de comunidad no ha de pasar por la construcción de una idea de Estado impregnada de determinados valores e imágenes culturales producidas al fin y al cabo por constructores de ideologías, por clérigos, abogaduchos, periodistas o historiadores vendidos. La identidad es siempre individual y tú te la construyes identificándote (de ahí el nombre) con lo que quieres. Por eso yo no quiero ni puedo obligar a un catalán que sólo quiera sentirse catalán a nada más que a respetar el hecho claro y sencillo de que hay quienes construyen su identidad identificando a Cataluña como parte de un país más amplio. Lo que significa nada más que a respetar un consenso que se logra y se negocia un día sí y otro también. Pero se logra así, sin trampas, sin cerrazones, sin mentiras ni deslealtades.

No ha pasado así en Cataluña, la deslealtad ha sido tan continuada e ilógica, que me resulta difícil pensar que sea posible negociación alguna, salida apalabrada. Para negociar, hay que creer en tu contraparte. Rajoy podría ser un corrupto o un inútil, pero en estos cuatro años nunca le ha mentido a Mas: no le podía ofrecer nada y nada le ha ofrecido. A cambio, el nacional-catalanismo ha construido una sarta de mentiras, una narración bombástica, épica y más bien ridícula, que sólo ha conducido al enfrentamiento.

Digámoslo claramente: ¿hay alguien que de verdad se crea que, si el Gobierno español interviniera deteniendo a los parlamentarios de JxS, la Unión Europea movería un dedo? Menearían el bigote, marrullarían, y eso sería todo. En Cataluña habría huelgas, manifestaciones, quizá algún enfrentamiento. Pero a medio plazo, la derrota del nacionalismo catalán sería clara, dejaría nostalgia y frustración, pero llegaría. A costa, eso sí, de resucitar un nacionalismo español moribundo que ninguno deseamos.

¿Hay acaso alguien tan poco inteligente para pensar que mientras el Estado español mantenga su posición internacional, va a renunciar a las prerrogativas de todo Estado -monopolio de la violencia, integridad del territorio...- para negociar una salida airosa para quienes no han hecho otra cosa que engañar? ¿Para unos cobardes que han tenido miedo a las urnas cuando han visto que les iba a ir mal?

No sé si los parlamentarios catalanes se dan cuenta de lo que está sucediendo a su alrededor: con la situación internacional actual, nadie va a querer entrometerse en lo que va a ser visto como un asunto interno. ¿Quién, la Gran Bretaña que envió el ejército al Ulster? ¿La Alemania temerosa de que se rompa el frente sur también por España y lleguen aún más refugiados? ¿La Francia asustada del terrorismo y con su propio cachito de Cataluña dentro? Hay que ser ciego o idiota para no entenderlo.

Quienes conocemos lo que ha sucedido en otros países y hemos visto lo fácil que es pasar de la cotidianidad de un día a la ensangrentada realidad de un enfrentamiento entre hermanos, no podemos hacer otra cosa que asustarnos -ojalá que antes de tiempo y equivocándonos en nuestros temores-.

Las cosas se pueden hacer de otro modo, y el pasado forma parte de nosotros, pero no nos condiciona a menos que nos dejemos. Y el catalanismo y quienes le siguen han dejado que sea un pasado mal entendido y mal construido el que les dirija. Por una promesa de futuro sectaria, que no toma en cuenta a mucha gente.