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Historia de España para gentes de izquierda I

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La larga sombra del franquismo sigue planeando sobre España, la bota de hierro de sus imaginaciones brutales continúa aplastando al país que en realidad es y al que verdaderamente ha sido. La historia de España fue falsificada por el franquismo, y esa falsificación fue absorbida por los nacionalistas periféricos porque les venía bien y legitimaba sus esfuerzos egoístas. Los mitos inventados por unos pocos durante unas décadas son retomados con fruición por estos, los únicos que siguen, junto a un puñado de nostálgicos franquistas en retirada, asumiendo la idea falsa y antiespañola que el franquismo creó de España.

España, ni ha sido un país tan diferente de su entorno, ni ha sido despótico en la medida que lo pintan las leyendas negras, ni ha sido tan centralista como lo señalan, en su propia lengua, etno-nacionalistas vascos y catalanes que, por ejemplo en Francia, ya no pueden ni han podido hablarla. El constitucionalismo en España fue pionero, el liberalismo burgués y las reclamaciones de derechos civiles, muy tempranos. La democracia liberal llegó a España -con sus sombras- casi al mismo tiempo que a los países que la rodeaban. El sufragio universal, no demasiado tarde, el femenino -pese a todo-, relativamente a su hora. Hubo un paréntesis, el franquismo. Pero hace ya muchos años que este acabó y, comparado con el tiempo de existencia de un Estado común sobre suelo hispano, no significa nada.

Resulta cansado y aburrido tener que escuchar una y otra vez las alarmas acerca del nacionalismo español y sus presuntos peligros. El etnicismo español es peligroso, sí, pero no más -quizá menos, y ahora lo explicaré- que los etnicismos del nacional-catalanismo o del etno-nacionalismo vasco, o incluso de ese otro nacionalismo ninguneado por estos que es el gallego.

El nacionalismo español, como todo intento de nacionalización surgido de un vasto dominio imperial -ya hablaremos otro día de la idea de imperio-, no tenía otro remedio que organizarse como una construcción nacional cívica. Y eso lo demostró de inmediato, con sus primeros vagidos, en 1812, pretendiendo construir una posibilidad ciudadana para un conjunto amplio y plural de sociedades. Que hubiera una serie de estándares globales que fueran de obligado cumplimiento (un idioma administrativo mayoritario porque ya lo era en la práctica, una igualdad territorial que abolía privilegios medievales, una igualdad ante la ley que no admitía pues particularidades enraizadas en los siglos pasados...) no implicaba otra cosa que la conjunción de una necesidad organizativa con la intencionalidad de la imposición de los esquemas jacobinos de su tiempo, importados a una realidad que no podía aceptarlos fácilmente.

Y por eso la España construida en el siglo XIX, apoyada no sólo por castellanos y andaluces, sino también por los liberales vizcaínos y barceloneses, se vio envuelta en una lucha a sangre y fuego con los reaccionarios vasco-navarros y los de la Cataluña profunda -entre otros-, lo que produjo un país que no fue, no pudo ser, puramente centralista como el Estado francés. El sometimiento de muchas decisiones al Gobierno central se conjugaba con la tradicional -porque imperial- disgregación regional, con la municipalización de poderes y con la conservación de tradiciones jurídicas y administrativas muy diferentes. La metáfora centralista de las comunicaciones radiales partiendo de Madrid es sólo eso, una metáfora, aplicable como tal sólo a los caminos y los ferrocarriles. Y, de hecho, el radialismo tuvo lugar tardíamente, y, en buena medida, como casi todos los desarrollos negativos del XIX español, su expansión fue causada por la presión del protofascismo carlista y la necesidad de mantener el control sobre el territorio. Fue una razón puramente física, no ideológica.

Mientras que el franquismo apenas mató a nacionalistas vascos y catalanes, sí que aniquiló casi por completo a los anarquistas murciano-catalanes, a los socialistas y comunistas castellanos, a los activistas agrarios extremeños y andaluces.

En realidad, el centralismo del siglo XIX afectó sobre todo a Castilla, que era el territorio más fácilmente conquistable. El centralismo sólo destruyó al cien por cien a Castilla, a la que despobló, robó sus bienes comunales y mantuvo con la cabeza baja a base de palos. Como en la Guerra Civil del 36, donde buena parte de las mayores violencias del franquismo fueron perpetradas en Castilla La Nueva.

Habría incluso un tercer aspecto: los intentos débiles y antiespañoles de crear un nacionalismo étnico españolista impulsaron la respuesta de los territorios hispánicos y la revisión y resurrección de muchos rasgos culturales y lingüísticos a punto de perecer. Y, aunque a muchos nacional-catalanistas les moleste, incluso durante el franquismo, los escolares españoles estudiaban en clase la Renaixença y Jacint Verdaguer estaba en los billetes de 500 pesetas. Cualquier ciudadano español de cualquiera de los territorios tiene el derecho a sentir como parte de su propia historia y cultura a Rosalía de Castro o a Josep Pla -¡y por supuesto que lo hacemos!-.

A los etnonacionalistas periféricos no se les caen de la boca nombres como Franco o Mola, a los que señalan con el dedo acusatorio como representantes de un nacionalismo español. Esto les resulta mucho más conveniente que recordar los nombres de los nacionalistas españoles progresistas -mucho más numerosos- como Rafael de Riego, El Empecinado, Giner de los Ríos, Manuel Azaña, Dolores Ibárruri o los de catalanistas españolistas como Pi i Margall o Companys.

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Foto de una estatua en honor a la República Española del cementerio de Talavera

¿Qué los padres del constitucionalismo español tenían en mente un relato unitario de la historia española y contribuyeron a extender mitos del pasado castellano sobre todo, dando la falsa impresión de que España era una continuación de Castilla? Cierto, pero hay dos problemas con esto: por un lado, no era más que una de las posibilidades, y los historiadores progresistas del diecinueve comenzaron muy pronto a añadir pluralidad a ese relato: en especial, no tanto en la variedad geográfica, como en la cultural: el mito positivo de la España musulmana, de la convivencia de las Tres Culturas, de la unión de los pueblos hispanoamericanos... Eran mitos, claro, pero mitos extraordinariamente potentes a la hora de crear una idea compartida que ha llevado a que España sea hoy -las estadísticas son consistentes y contundentes- el país europeo donde el racismo haya arraigado en menor medida. Y el otro problema es que la mayor parte de quienes ponían a Castilla como ejemplo y eje de ese nacionalismo cívico para crear uno étnico, no eran de Castilla, sino que provenían de las periferias, típico rasgo nacionalista de quienes se aferran a ciertos mitos porque sienten débiles sus propias identidades.

Sí, aunque moleste: el nacionalismo español es en origen un nacionalismo cívico que tuvo tentaciones de convertirse en étnico, pero que fracasó en ello. Ni el experimento nacionalizador de la monarquía isabelina, ni los de los dos intentos republicanos, ni siquiera los de la restauración monárquica alfonsina fueron etnicistas. Si se pueden considerar a las dos dictaduras del siglo XX como etnicistas (puesto que intentaron construir un modelo nacionalista de país), no debemos olvidar que la primera -la de Primo de Rivera- surgió con el apoyo catalanista y como intento de destruir la resistencia social de los migrantes del sur de España que trabajaban para la burguesía catalanista. Ni tampoco que la segunda, la larga dictadura franquista, no surgió de un impulso etnicismo españolista, sino -claramente- del intento de resolver una situación social por la fuerza y la violencia y con unos inicios -un golpe de Estado- pagado con dineros de la burguesía catalano-balear y de los banqueros vascos. Y de hecho, así fue: mientras que el franquismo apenas mató a nacionalistas vascos y catalanes, sí que aniquiló casi por completo a los anarquistas murciano-catalanes, a los socialistas y comunistas castellanos, a los activistas agrarios extremeños y andaluces. Fue una opresión sobre todo social, no nacional.

Si el nacionalismo español es -en origen- cívico, y no resulta difícil transformarlo en un proyecto ciudadano y popular, desactivando su nacionalismo, todo lo contrario sucede con el nacional-catalanismo y el etnonacionalismo vasco. Su proyecto de disgregación social sólo puede llevarse a cabo a través de la conversión de una posibilidad de España plural en una serie rota de territorios monocolor por medio de una política etnicista y monoculturalista. Los nacionalismos de estos -y otros- territorios sólo pueden existir si convencen a sus correligionarios de la maldad de "España" y sólo en connivencia con los pocos etnicistas españolistas que hay por ahí rondando. Los etnonacionalismos son siempre, en esencia, proyectos xenófobos.

En estas páginas hemos defendido, y seguiremos haciéndolo, que el nacionalismo -la nación- es una rémora del pasado y que -como la religión- debe convertirse en un asunto privado, sin expresión en la vida pública. La nación debe ser cívica y ciudadana, no basada en la lengua y el folklore, ni en una xenofobia de presuntos agravios. Esto no impide que la España en la que queremos vivir puede y debe ser multicultural -no plurinacional, que no significa otra cosa que añadir un nacionalismo al otro-. España debe respetar la pluralidad de la sociedad que la compone para impulsar, acrecentar y preservar sus tradiciones culturales y lingüísticas, y tampoco debe impedir autogobiernos que llegarán a dónde sus habitantes quieran. Pero creo que eso es más fácil en un contexto de proclamación de unidad cívica que en el marco de la competición étnica de los diversos separatismos.

(continuará)