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Lenin y Julito 'el comunista'

22/05/2017 07:29 CEST | Actualizado 22/05/2017 07:29 CEST

Cuando de pequeño iba al colegio temprano por las mañanas, pasábamos muchas veces por delante de un hombre tendido en la calle en un charco de orina y con una botella de vino vacía al lado y unas muletas tiradas. Si el hombre estaba despierto, solía gritarnos cosas incomprensibles, o alzaba el puño y se ponía a cantar una canción que nosotros sabíamos que era algo comunista. A veces veíamos cómo el guardia urbano lo recogía y le intentaba llevar, con amabilidad, a su casa. Julito siempre se negaba y le insultaba a gritos de fascista y cosas por el estilo.

Desconozco si era verdad la leyenda urbana que entonces se contaba, pero Julito el comunista, el alcoholizado aquél que cantaba La Internacional y gritaba consignas antifascistas por la calle, había sido un médico importante que, movido por su sentimiento de solidaridad hacia los pobres de Talavera, había dedicado muchos esfuerzos a ellos. Me dijeron que, en tiempos en los que la sanidad no era para todos, había curado gratis a muchos. Pero Julito había sido miembro del Partido Comunista y lo habían encarcelado y torturado. Las torturas habían sido tan duras que Julito se había quedado inválido. Destrozado física y moralmente, el comunista Julito se había dejado ir hasta convertirse en un pobre desahuciado que, de todos modos, vivió para llegar a ver el final de la dictadura franquista.

No sé si la leyenda urbana era real, pero casos como el de Julito el comunista he visto luego muchos. Personas que dieron su vida o su salud para ayudar a los demás bajo la bandera del comunismo, pero cuyo interés verdadero era tan sólo -y no era poco- mejorar las condiciones de sus semejantes. Gente que combatió al franquismo, con formas que hoy nos parecen pueriles -editando revistas, panfletos, información clandestina- u organizando huelgas y movilizaciones. Personas que, a base de lucha y resistencia, consiguieron que se urbanizasen las calles de Vallecas, se trajera el autobús a Carabanchel, se abriera un ambulatorio en Fuenlabrada. No sólo eran comunistas, pero había entre ellos muchos hombres y mujeres que se consideraban a sí mismos comunistas. Y que se veían como parte de un partido que unía a una clase obrera que, aunque no lo percibían, para entonces ya estaba declinando.

En parte, el fracaso de los partidos comunistas tuvo mucho que ver con su origen ideológico en una dictadura centralista, violenta, cerrada, xenófoba, antidemocrática.

Muchos de ellos pagaron un alto precio por ello: años de cárcel, despidos de sus empresas, exilio o emigración forzada, problemas con una familia que no los entendía, el desprecio de antiguos amigos a los que no significarse les daba beneficios; hubo muchas historias de alcoholismo y depresión, de divorcios y relaciones deterioradas; fueron héroes y heroínas anónimos, a los que nadie les felicitó siquiera, más allá de algunos vecinos que les hayan agradecido con respeto de barrio su sacrificio.

Acabo de publicar un libro en el que resumo treinta años de trabajo sobre el comunismo soviético y en el que expreso mi convicción de que el golpe de estado de Lenin es una de las mayores desgracias del siglo XX. He publicado muchas otras cosas antes, en las que he descrito los horrores del estalinismo y las miserias de los años posteriores. Conozco, con fuentes de primera mano, la brutalidad y la opresión organizadas por partidos que se llamaban a sí mismos comunistas y por personas que se tenían por seguidores de Lenin en el centro y el este de Europa.

Y, sin embargo, ¿cómo conciliar ese conocimiento del horror provocado por Lenin y los suyos con la convicción de que los comunistas españoles, tanto en la guerra civil como en la clandestinidad franquista y la transición, jugaron un papel positivo en nuestro país? ¿Pese a errores y algunos crímenes durante los años de plomo?

Para mí, la cosa es fácil. Estoy convencido de que ni Julito el comunista ni ninguno de los otros comunistas que dieron su vida y esfuerzos luchando contra la injusticia lo hicieron por Lenin, Stalin ni ningún gerifalte de la lejana Unión Soviética, por mucho que el partido en que lo hicieran alzara esa bandera y alguno de ellos muriera con el nombre de Stalin en los labios. Mi respeto enorme, sencillo y profundo hacia estos héroes de los barrios y pueblos españoles no se extiende a un trapo rojo ni a un periodista calvo que encabezó a una tropa de desertores y estableció un régimen de terror y violencia en Rusia. Mi respeto por ellos tiene que ver con su entrega generosa por los demás. Algo que compartieron con gentes de muchas otras ideologías o creencias, pero que, en ellos, específicamente, se encauzó en la convicción de que había que ser solidario, de una manera laica, obrera, comunista. En parte, el fracaso de los partidos comunistas tuvo mucho que ver con su origen ideológico en una dictadura centralista, violenta, cerrada, xenófoba, antidemocrática. Pero eso no impide que se pueda considerar como defensores de la libertad a quienes dedicaron sus esfuerzos a luchar por ella. Incluso aunque su causa fuera, en apariencia, equivocada.

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