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El 2 de mayo puede haber sido el principio del futuro

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GENTE
EFE
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El pasado 2 de mayo, acudí a la celebración oficial del día de la Comunidad que, como es conocido, evoca los sucesos ocurridos aquel día de 1808, en el cual el pueblo de Madrid se echó a las calles contra el invasor extranjero. Allí escuché el discurso de Cristina Cifuentes sobre espíritu del 2 de mayo de 1808 y su traslación a la política nacional actual.

Escuchando sus palabras, uno estaba de acuerdo con los valores fundamentales a los que apelaba la presidenta en su discurso -libertad, cambio, patria, igualdad- pero, al mismo tiempo, me sonaba vacío. ¿De qué patria y de qué libertad hablaba la presidenta de una Comunidad como Madrid, que tiene unos indicadores de desigualdad, pobreza y empleo inaceptables, dada la realidad económica de esta región? El evento y su discurso patriótico encarnaban a la perfección la distancia entre la España oficial y la España real. La fiesta de la ciudadanía madrileña y su significado histórico llevan quizás demasiado tiempo monopolizadas por unas élites alejadas de los problemas reales de la gente, y eso se notaba.

El núcleo del discurso giró en torno al sacrificio de los intereses individuales ante el interés colectivo. Quizás ese mismo sacrificio al que apelaron en su momento Zapatero y Rajoy para aplicar dolorosas medidas de recortes para la mayoría social. Su tesis era que con dosis elevadas de sacrificio de los partidos para la mayoría se podría superar la actual situación de bloqueo institucional. No se trataría, por lo tanto, de buscar una solución apelando al pueblo y a la expresión de su voluntad en las urnas, sino de que los políticos - y, particularmente, los líderes actuales o por venir próximamente - deberían reeditar una obra como la Transición. Se cerraba el círculo: Cifuentes se refería a ella como baluarte del consenso y el diálogo entre todas las fuerzas políticas, y apuntaba a una cuestión crucial: más allá de intereses partidistas - de su propio partido también - y de candidaturas a la Presidencia del Gobierno -Rajoy mismo incluido -, lo que importaba era un proyecto de continuidad para el país que nos sacara de esta situación de parálisis.

Hoy, más que nunca, no se puede dejar a la ciudadanía de lado a la hora de tomar decisiones fundamentales para el país o, al menos, en un segundo plano.

Es sintomático del alejamiento de los problemas de la gente esa fastuosa celebración y ese discurso que apela al pasado y a la Transición para justificar la ausencia de futuro. Nuestro problema como país no lo solucionarán las vacías apelaciones al consenso, ni nuevos políticos que jueguen a ser una suerte de Adolfo Suárez en el siglo XXI. Necesitamos un proyecto de país que dé a la gente esperanzas y un horizonte de futuro, y eso sólo se puede conseguir abordando los principales problemas del país: el modelo económico, la corrupción estructural y la falta de horizonte compartido, derivado de la crisis territorial.

El modelo del PP, el de Rajoy y el de Cifuentes es un proyecto de continuidad que se basa en la creencia de que las viejas y fracasadas recetas económicas en torno a la fiscalidad, los recortes en servicios públicos y las privatizaciones pueden seguir aplicándose con resultados diferentes al desastre actual. Entiende la corrupción como un conjunto de casos aislados que puede abordarse desde titulares de prensa llamativos y códigos éticos impotentes. Además, desde su concepción monolítica y uniforme de la unidad de nuestro país, las reclamaciones democráticas en torno a las cuestiones territoriales son simples productos de la manipulación de masas de este o aquel líder político. El único problema de ese proyecto continuista es que ya ha fracasado. Era el proyecto protagonizado por un bipartidismo ya moribundo. Hoy necesitamos nuevas esperanzas y un proyecto de futuro en el que la regeneración de las instituciones sea una prioridad política. Cambiemos el modelo productivo, construyamos una economía al mismo tiempo justa y eficiente, y revisemos los pactos que sostienen el país desde el reconocimiento de la pluralidad y la fraternidad.

Hoy, más que nunca, no se puede dejar a la ciudadanía de lado a la hora de tomar decisiones fundamentales para el país o, al menos, en un segundo plano. Las elecciones del 26 de junio se presentan como un momento fundamental en la recuperación de la soberanía popular. La señora Cifuentes debió recordar que ese espíritu del 2 de mayo representó una lucha por la soberanía popular que se extendió durante todo el siglo XIX. Esa lucha por recuperar la soberanía y las instituciones es una aspiración legítima en el presente y puede ser el futuro de nuestro país.