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El genio roba

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Richard Prince es un fotógrafo norteamericano con un largo curriculum de exposiciones y ventas millonarias de sus trabajos, pero también de conflictos judiciales y demandas. En el origen de todas ellas, su adscripción artística al apropiacionismo o uso de imágenes ajenas que, modificadas, firma y vende como propias; en 2005, la galería Christie's vendió por más de un millón de dólares una de sus obras, que se limitaba a reproducir una fotografía tomada por el artista Sam Abell para una campaña publicitaria de Marlboro, y cuatro años más tarde su obra Spiritual America, en la que reproducía una fotografía tomada en 1975 por Gary Gross a la actriz Brooke Shields completamente desnuda (cuando ella apenas contaba diez años de edad), tuvo que ser retirada de la galería Tate Modern. En aquella ocasión, Prince incluso había usado el título de otra fotografía tomada en 1923 por Alfred Stieglitz.

Los conflictos derivados de la apropiación de imágenes ajenas no son algo nuevo. En 1964 Andy Warhol, tuvo que llegar a un acuerdo económico con la fotógrafa Patricia Caulfield por haber usado sin autorización una imagen suya que representaba un ramo de flores y serigrafiarla a gran tamaño, y otros muchos artistas (Damien Hirst o Jeff Koons, por poner solo dos ejemplos) se han visto obligados a defender sus creaciones ante la Justicia por haber utilizado obras ajenas en varias ocasiones.

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Sin embargo, el caso de Prince va más lejos. Prince defiende que su obra constituye un análisis artístico de la cultura contemporánea de la imagen, y eso le ha llevado a emplear la red Instagram como fuente de sus trabajos más recientes. Dicho de otra manera, Prince entra en Instagram, selecciona fotografías de usuarios anónimos (especialmente de la cuenta Suicidegirls) y las reformula... para terminar exponiéndolas y vendiéndolas por 90.000 dólares.

En la mayoría de los casos, los autores originales de las fotografías apropiadas ignoran lo que ha sucedido, pero cuando las imágenes se hacen virales las cosas terminan ante un Juzgado. Esa es la reacción de Ashley Salazar, una modelo californiana que inició una demanda por infracción de derechos de autor al encontrarse que Prince había refotografiado un selfie que ella había subido a su cuenta de Instagram y lo había expuesto en la Galería Frieze de Nueva York.

Prince no se altera por la demanda; en 2008 ganó una semejante contra el fotógrafo francés Patrick Cariou y lo hizo afirmando que su captación de obras ajenas no es mecánica, sino que incluye una reinterpretación de los originales que les confiere una entidad nueva y distinta como obras independientes. Aunque estemos asomándonos al resbaladizo mundo del Derecho anglosajón, el problema que representa el apropiacionismo de Prince puede verse con mucha claridad desde Europa: volvemos a tener sobre la mesa el problema de la propiedad de los contenidos que subimos a Instagram y nuestra práctica falta de control sobre lo que publicamos, ignorando muchas veces que no toda fotografía que tomemos con nuestros teléfonos puede tener la consideración legal de obra, por más que desde luego nuestra imagen personal esté protegida. En el otro lado de la polémica, la muy dudosa pretensión de que una obra ajena pueda ser transformada sin el consentimiento de su creador, por muy artístico que sea el propósito reinterpretativo de quien la utiliza, y esa vieja máxima atribuida a Oscar Wilde según la que "el talento toma prestado, el genio roba".