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El laberinto Instagram

15/01/2013 10:20 CET | Actualizado 16/03/2013 10:12 CET

En las últimas semanas, todos hemos oído hablar de la polémica agitada en torno a los cambios en las condiciones del servicio de la red Instagram. Incluso hemos conocido que se ha presentado ya una primera demanda colectiva ante la Justicia norteamericana a propósito de las novedades introducidas por Instagram que, básicamente, consisten en la posibilidad de que, a partir de ahora, tanto nuestro contenido de usuario (nuestras fotos o nuestros comentarios) como la información obtenida a través de otras herramientas (cookies, logs), vayan a poder ser compartidas con negocios que legalmente formen parte del mismo grupo de empresas que Instagram (fundamentalmente, Facebook). Y compartir quiere decir usar: Instagram podrá aplicar nuestras imágenes a fines publicitarios o comerciales... sin compensarnos por ello.

La disyuntiva se presenta ahora para cada usuario: ¿acepto que Instagram reutilice mis fotos para esos fines que escapan a mi control o no lo acepto? Si la respuesta es afirmativa, no tengo más que asumir las cláusulas del servicio y seguir subiendo fotos a la red. Pero si es negativa, tal vez deba plantearme abandonar Instagram y no subir una sola imagen más. Sencillamente, porque no puedo negociar individualmente con Instagram, y no tengo realmente otra opción.

Instagram es un servicio gratuito que usa nuestras fotos desde el primer momento. Miles de usuarios en el mundo lo asumimos, más o menos conscientemente: Instagram proporciona un servicio de publicación, nos permite sentirnos Man Ray a la vista del mundo precisamente porque faculta a terceros para ver nuestras fotos en el contexto de una red social accesible a cualquiera. El problema comienza cuando Instagram decide aprovechar su éxito y dispone que cada imagen que subamos quedará cedida para su uso más allá de la mera exhibición pública ante otros usuarios, cesión que abarca la posibilidad de explotar las imágenes en un contexto publicitario enteramente ajeno a nosotros, y acaso lucrativo, del que no vamos a percibir un céntimo.

El enfado colectivo denuncia que Instagram se está aprovechando de las creaciones de sus usuarios para rentabilizarlas explotándolas a su conveniencia. Pero, en realidad, esta es la demostración de que se ha consumado un salto cualitativo radical en la red mientras mirábamos para otro lado: internet se las ha arreglado para que pasemos de ser meros espectadores virtuales a generadores de contenidos, nos ha incorporado a su rueda monumental de intercambio invitándonos a aportar creaciones que, de pronto, vemos escapar de nuestras manos... la red nos ha convertido en su producto, y hasta ahora no nos había parecido una mala idea. Incluso lo disfrutábamos, contando cuántos likes recibía cada foto.

Tal vez sea la hora de asumir que lo que más nos gusta de internet puede ser también lo que más detestemos de ella: la práctica imposibilidad de controlar el acceso a nuestros contenidos y su aprovechamiento por terceros. En realidad, es como si todos nos hubiéramos convertido en pequeñas discográficas y viéramos, de pronto, la fea cara que las multinacionales se encontraron en el espejo el día que surgió Napster.

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