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Tidal y la revolución

15/04/2015 07:04 CEST | Actualizado 14/06/2015 11:12 CEST

La del arte y los artistas es la historia de una liberación. Si los primeros vestigios conocidos de arte son pinturas hechas en cuevas con una finalidad comunitaria y mágica, la verdad es que los artistas que abandonaron las cuevas aún tuvieron que permanecer mucho más tiempo a oscuras, subordinados a sus mecenas o a instituciones que condicionaban su trabajo. Pasaron siglos antes de que algunos autores se atrevieran a crear de forma independiente, incluso pagándolo con la miseria, como Mozart. La aparición de legislaciones organizadas sobre autoría supuso el reconocimiento histórico de los artistas como sujetos independientes, y permitió que la creación tuviera por fin un amparo igualitario. La legislación sobre propiedad intelectual no es responsable de la mercantilización del arte, sino la evolución tecnológica y social que hizo de determinados géneros creativos el objeto de un consumo masivo al permitir la producción en serie. En realidad, el mismo concepto de consumo aplicado a la creación es tan reciente que aún nos suena extraño.

Por esta razón, la independencia (teórica) del artista en el mundo moderno se vio mediatizada por las exigencias de la explotación masiva de obras: los escritores necesitan un editor; los músicos, un productor. Sin ellos, los libros no llegan a los lectores, ni las canciones a los oyentes, porque ni unos se imprimen ni otras se graban, y ninguno llega a distribuirse. Que en la práctica esto vuelva a limitar la libertad creativa (¿alguien recuerda a Prince con la palabra "esclavo" escrita en la cara?) poniéndola en manos de intereses corporativos no parece sino una consecuencia inevitable; el mercado manda y en el mercado, por más que nos irrite, estamos todos.

Internet tampoco ha funcionado del todo bien como antítesis. Que la música se pueda distribuir sin autorización mediante la piratería no democratiza nada: por el contrario, la pérdida económica que causa sobre todo a las multinacionales es la causa directa de su involución creativa, además de propiciar modelos clandestinos de negocio que incluyen la siniestra explotación laboral de los manteros. En cuanto al streaming, su novedad como medio de alcanzar al público tampoco cambia el hecho de que la música necesita ser grabada, producida y distribuida. Es como si el boomerang diera la vuelta y los artistas regresaran a sus tutores, esta vez empresariales.

Por eso la irrupción de Tidal como servicio online es tan curiosa: una plataforma de streaming en audio y vídeo que quiere morder por igual a Youtube y a Spotify, ofreciendo música y vídeo con un repertorio de 25 millones de canciones sin anuncios y 75.000 vídeos musicales, incluyendo software identificador de melodías, gestor de redes sociales y listas de reproducción por una tarifa mensual (entre 9,99 y 19,99 euros). Tidal pretende ser un servicio creado y controlado por los propios artistas. Jay Z, Beyoncé y Madonna aparecen como sus impulsores, Jack White, Daft Punk, Kanye West o Arcade Fire se suman al proyecto, y todos declaran que la filosofía Tidal va más allá de competir en el mercado del streaming para erigirse en un modelo de pretendida autogestión artística, el sueño de comunicar al artista con el público sin intermediarios. Que esta publicidad de sabor utópico permita a Tidal aparecer como la superación del modelo de negocio convencional o el método para liberar a los artistas es mucho suponer (las productoras siguen existiendo, el lanzamiento de nuevos artistas es su monopolio), pero lo cierto es que los músicos llevan tiempo lanzando señales de algo que podría ser una rebelión creativa... Mientras tanto, Neil Young sigue enfrascado en el lanzamiento de Pono, una tecnología que pretende desplazar al mp3 prometiendo mayor calidad de sonido..., aunque de momento sea condenadamente cara (400 dólares el juguete no está mal).

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