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Boko Haram: tres escenas desde el infierno

01/03/2017 07:20 CET | Actualizado 02/03/2017 11:24 CET

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Un grupo de mujeres en uno de los campos de refugiados de Chad. Imagen de Marcela Ospina / Oxfam Intermón.

Acabo de volver de Chad. Llevo tiempo en esto y nunca vi una situación tan devastadora como la que he recorrido en la región del Lago Chad. En este país, en Níger y sobre todo en Nigeria, se está viviendo una crisis humanitaria que afecta a 11 millones de personas. Más de dos millones y medio han tenido que huir de sus casas. Conflicto, hambruna y olvido. Una terrible combinación.

La primera escena del infierno se llama Boko Haram. Un grupo combatiente con el terror como arma que ha ocupado territorio de Nigeria y penetrado en los otros países. Se habla de unos 5.000 hombres armados. Forman grupos de 100 o 150 terroristas que incursionan en las aldeas y arrasan sin piedad. Boko Haram es la barbarie y también un síntoma del deterioro en la región del Sahel, extraída desde fuera y olvidada.

La población desplazada vivía antes en las islas y orillas del lago, de la pesca y del campo. Un "chef de village" nos contaba que Boko Haram quemó su pueblo. Huyeron a un primer campo de desplazados donde de nuevo fueron atacados. Toda familia dejó sangre en su tierra durante la huida. La segunda vez se fueron más lejos, al lugar donde ahora se encuentran, al que llegaron sin nada. Entre Baga Sola y Daboua, la población local y la tierra les acogieron con lo poco que tienen.

Sí, el infierno es Boko Haram. Aunque no solo. En un site, o campo de desplazados, un comité de protección elegido por la comunidad analiza los riesgos que sienten. El coordinador de Oxfam que les apoya nos traduce que el riesgo ahora es el ejército del Chad, famoso por su 'rigor' y eficiencia. Un ejército que ha sellado las fronteras de Chad y está limpiando su territorio. No son de fiar, sobre todo para las mujeres jóvenes. Los he visto, he hablado con ellos y coincido: mejor no tenerlos cerca.

El infierno tiene muchas caras para serlo. No basta con la violencia. Tiene el rostro de un clima que deseca todo, lago incluido, que lleva años cambiando hacia peor. Se llama gobierno esquivo salvo para la defensa y para cobrar impuestos por servicios que no presta. No hay Estado en este lugar. Ni salud, educación o carreteras.

El infierno se llama hambre, para una niña que murió en la fila esperando el reparto de alimentos. Sed, de agua limpia y no salina como se volvió la de lagos y pozos. Viento seco, intenso y arenoso, de fantasmas en el polvo.

El infierno es desolador

La escena cambia cuando encontramos a Corrado. Es el Field manager de Oxfam en la base de Baga Sola. Tiene 36 años. Si alguien piensa en el cliché del trabajador humanitario con chaleco de mil bolsillos, se equivoca en este caso. Corrado es de Módena, cuida al dente la comida en la base y nos recibe en este infierno con camisa azul arremangada, vaqueros y deportivas blancas que cambiará por chanclas para la ruta. Aquí acaba la broma. Corrado es un gran profesional humanitario. Lidera un equipo que asegura agua, alimentos y vela por la protección de 50.000 personas desplazadas en 45 sites dispersos por el territorio. Más otras 20 mil personas de la zona que ya sufrían carencias y hoy comparten lo poco que tienen con los huidos de la violencia.

La acción humanitaria de Oxfam en esta zona es integral y defiende el derecho a la vida de quienes sufren el peor tiempo de su vida. Pozos, asegurados en los estándares de potabilidad, formación en higiene y tratamiento del agua. Transferencia de pequeñas cantidades de efectivo a los más vulnerables, identificados caso a caso, para complementar la comida entregada por el Programa Mundial de Alimentos (PAM), activo en casi todos los sites. Este dinero, 15 euros por familia y mes en la época más dura, les permite comprar más comida o algo de ropa, al tiempo que activa los débiles mercados locales. Y finalmente los comités de protección. Qué palabra más bella e intensa aquí.

Tener esperanza en una situación como esta requiere de una profunda vida interior y de mucho sentido del humor.

El equipo se deja la piel, literal en este caso dada la sequedad. Trabajan sin descanso, de verdad, sin descanso. Montaron la respuesta en semanas, conocen a la población y a sus autoridades comunitarias, las únicas que valen. Ha sido el equipo de Oxfam quien ha descubierto algunos campos de desplazados, de hasta 150 familias, y aboga ante el ACNUR para su reconocimiento y ante el PAM para que llegue con alimento.

El equipo Oxfam es chadiano en su mayoría, 40 mujeres y hombres jóvenes formados en agua, desarrollo comunitario, agricultura. Su trabajo en esta respuesta humanitaria les permite, además de ganarse la vida, volcarse en su pueblo y desarrollar su experiencia. El afán por contarnos qué hacen les brilla en los ojos, esa formación en higiene, cómo seleccionar a las familias más vulnerables para las entregas de dinero.

Conrado acompaña, es exigente y les exige, sus estándares están medidos por la vara de la gente que sufre y cuya vida peligra. Altos estándares. "Somos Oxfam, somos los mejores, tenemos que hacer más", es una de sus frases. En unos pocos días nos da el mejor curso de liderazgo al que he asistido en mi vida. Despliega la diplomacia justa con las autoridades gubernamentales y fuerzas chadianas, exigente con los organismos de Naciones Unidas presentes en la zona, colaborador con otras organizaciones. Insiste hasta la saciedad en que la población se queje si consideran que la respuesta humanitaria no es adecuada, se empeña en rendir cuentas ante quien se debe. Y sobre todo cuida al equipo, ese grupo de héroes en el olvido.

Aquí entra en escena la esperanza. Tener esperanza en una situación como esta requiere de una profunda vida interior y de mucho sentido del humor. Esperar contra toda esperanza, resilientes ante la frustración y el cinismo, un pésimo protector del gancho en el estómago que provoca el sufrimiento humano extremo. La esperanza de Corrado y del equipo se plasma en 6 paneles solares, un pozo, una bomba, dos depósitos y 60 trozos de tierra. Es lo que tienen 60 familias desplazadas que están empezando a cultivar cereal y verduras en uno de los sites. No es nada muy innovador, apenas el abc del desarrollo rural. Lo sorprendente, lo alucinante, es empujarlo en este lugar, en estas condiciones lamentables, en plena respuesta humanitaria masiva, contra todos los elementos. Lo necesitan, el equipo, y desde luego la población desplazada. En las conversaciones con mujeres y hombres, tras la seguridad, el agua y la comida (en este orden), la necesidad que surge es cultivar su propio alimento. Están destrozados, lo que no es lo mismo que estar postrados. No. Mantienen una dignidad sobrecogedora.

De hecho la esperanza de Corrado y del equipo es la propia población desplazada. Su lucha por vivir, su deseo de hacerlo en paz, de valerse como lo hacían, su resistencia y capacidad para mantener la organización comunitaria. Son africanas y africanos, han luchado contra poderes coloniales, son capaces de enfrentar a gobiernos autoritarios, plantan cara a quien llega para extraerles recursos, sus movilizaciones son históricas, con las mujeres al frente, su resistencia inagotable. Algo de este sentir se siente sutilmente bajo la piel resecada de las miles de personas echadas de sus casas por el terror, al límite del hambre, dispuestas a lo que sea para salir adelante.

Es el infierno sí, no lo duden. Y hasta en el infierno hay esperanza. Lo que no puede haber es olvido.