BLOGS

La desigualdad incómoda

25/01/2017 07:19 CET | Actualizado 25/01/2017 07:19 CET

2017-01-24-1485256511-4840742-ufc4u1usfqtimevans.jpg

Foto: TIM EVANS

Mencionar a los súper ricos como lo que son, súper ricos, es arriesgado. Así se ha vuelto a demostrar con el lanzamiento del informe anual de Oxfam Intermón sobre desigualdad, global y en España. Nadie se mete con nosotros cuando, como es nuestro deber, aseguramos agua, protección y cobijo a la población civil en situaciones humanitarias extremas conocidas u olvidadas por todos como Sudán del Sur, Yemen o la República Centroafricana. Tampoco cuando apoyamos programas de desarrollo y las luchas de las mujeres en América Latina o África. Ni siquiera cuando, como organización de derechos, denunciamos la venta de armas, la inacción de parte en los conflictos o las inhumanas vulneraciones de la legalidad internacional hacia los refugiados.

Pero, ¡ay como mencionemos a los ricos y comparemos su riqueza con la del resto! Entonces sí, tabloides patrios y trolls varios la emprenden. Nada sorprendente, no nos creemos diferentes ni eximidos, aunque sea desagradable.

Más allá de lo amarillo, la mayor parte del debate se ha centrado en la metodología del informe, aunque con un notable trasfondo político. Los principales críticos son conocidos por sus posiciones ultraliberales para quienes,"en el fondo, la desigualdad no es tan grave". Dicho esto, es un debate razonado y saludable que permite no solo afianzar el rigor de nuestros informes, también discutir sobre lo que hay detrás, causas y propuestas de cambio. Nuestra metodología está decantada desde hace años y ha sido bien razonada por algunos economistas. Tratamos de ser rigurosos y además, de hacer llegar el mensaje a la opinión pública como organización social que lucha por la justicia.

Que pongamos el foco en los súper ricos no nos exime a la clase media en los países desarrollados de revisar nuestros niveles y formas de consumo.

Que la desigualdad en España ha crecido en la última década y sigue haciéndolo ahora, en tiempo de crecimiento del PIB, lo reconoce hasta el propio Foro Económico de Davos, nada sospechoso de neocomunismo. Que la desigualdad extrema es uno de los grandes retos globales y, en la mayor parte de los países, lo reconoce hasta la extrema derecha trumpista, que manipula el argumento para arremeter contra toda la humanidad que no sea la "America First", también. Desde luego, en Davos la preocupación por la desigualdad ha sido lugar común para ejecutivos, políticos y millonarios. Hasta la directora del FMI, Christine Lagarde, ha afirmado que se necesita más redistribución. Sí, no pestañeen, han leído bien.

¿Qué ocurre entonces? Lo que al joven rico que preguntó a Jesús qué debía hacer, y éste le dijo que vendiera sus bienes, se los diera a los pobres y le siguiera. Dio media vuelta y se marchó, porque era demasiado rico. En el caso de Davos, las alternativas que se ofrecen están manidas y mantienen el statu quo e incluso lo extreman.

Que pongamos el foco en los súper ricos no nos exime a la clase media en los países desarrollados de revisar nuestros niveles y formas de consumo. Y desde luego, de sabernos privilegiados en un mundo donde la precariedad es la frontera de la pobreza para miles de millones. Sin embargo, pretender que la responsabilidad sobre la deriva de este sistema económico excluyente recaiga sobre la población que vivimos con dignidad es una de las falacias que a la plutocracia le viene bien que se instale.

La realidad, que comprobamos en decenas de países, día a día, de Brasil a Vietnam, de España a Kenia, es que la influencia de las grandes empresas, controladas por las grandes fortunas inversoras y dirigidas por ejecutivos millonarios, resulta determinante. Sesga el sistema tributario y la orientación del gasto público; extrema las brechas salariales; afianza el control y acceso a la tierra, al agua y a la tecnología por parte de unos pocos; y refuerza oligopolios que capturan renta de todos. Resulta chocante cómo una parte cada vez mayor de esta riqueza queda embalsada, sin utilidad económica ni social, a la espera de su paso a los siguientes herederos.

Y sí sra. Lagarde, las propuestas y alternativas para reducir la desigualdad pasan por la redistribución. ¡Vamos pues¡ Transformemos radicalmente el sistema fiscal internacional, comenzando por cerrar los paraísos fiscales y otras cuevas de piratas. Distribuyamos de manera más justa el valor en las cadenas globales de producción, aseguremos salarios mínimos no de pobreza y tengamos en serio el debate sobre renta básica universal, imprescindible ante el agotamiento del empleo. Rompamos el control cartelizado de sectores esenciales con una actuación pública decidida y aseguremos el acceso equitativo a los recursos naturales.

Estas son algunas de las soluciones necesarias para que más personas salgan de la pobreza y la vulnerabilidad. Aunque, claro, tienen un problema, limitan el poder de enriquecerse de los ricos. Y es que no hay otra, de eso se trata si de verdad se quiere reducir la desigualdad extrema y volver a mirar con seriedad a la cohesión social.

Este año eran ocho personas las que tienen lo mismo que el 50 % más pobre del planeta. ¿Y el próximo?