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París: un acuerdo imprescindible para un planeta sin alternativas

10/12/2015 07:00 CET | Actualizado 09/12/2016 11:12 CET

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Acción pública de Oxfam al inicio de la COP21. Imagen de Oxfam Australia.

El cambio climático es uno de los mayores reflejos de la desigualdad extrema en el mundo.

El 50 % de las emisiones de gases de efecto invernadero son producidas por el 10 % de la población. Y a la inversa, el 50% de la población, los más pobres y vulnerables, solo producen el 10 % de las emisiones.

Lo justo sería que el impacto se viviera por igual. No es así. También éste se siente de forma desigual e injusta. Es precisamente la población más vulnerable la que sufre con mayor intensidad el impacto negativo del cambio climático, especialmente en algunas regiones afectadas por sequías recurrentes como el Sahel o por fenómenos extremos como Centroamérica o el Caribe o por la subida del nivel del mar como los pequeños estados insulares.

No es solo que estos millones de familias vivan en zonas afectadas es que tienen menos recursos para enfrentar el impacto. No hay seguros agrarios, ni fondos para invertir en cultivos alternativos o en infraestructuras que contengan los efectos y les permitan seguir viviendo en sus tierras de forma digna. El impacto sobre los precios de los alimentos ya se siente y será devastador en unos años si no frenamos el cambio climático. Tampoco hay capacidad ni recursos muchos de estos países, los menos adelantados, para impulsar modelos de desarrollo basados en energías alternativas de forma masiva.

De forma simple algunos líderes del Sur global han pedido durante años poder contaminar para desarrollarse como lo hemos hecho los países de la OCDE. Hoy ya (casi) todos los líderes saben que no hay alternativa: o logramos reducir las emisiones y avanzar rápido hacia la economía verde, o el planeta nos revolcará, a todos.

En Oxfam sabemos de primera mano sobre los impactos del cambio climático. Trabajamos al lado de millones de personas empobrecidas por las emisiones que durante décadas hemos lanzado alegremente desde los países desarrollados. Nuestros programas pretenden mejorar la capacidad de adaptarse -la resiliencia- de las comunidades rurales ante un clima extremo e impredecible. Quieren comer y producir alimentos en sus tierras para alimentar a la población de sus países. Nada más y nada menos.

No cabe duda que los estados productores de energías fósiles y, sobre todo, las grandes multinacionales del ramo, desde sus gratos despachos, siguen haciendo el lobby más sucio de todos, el contaminante.

También estamos en París, presionando fuera y dentro de las reuniones del COP 21 con organizaciones aliadas de Africa, Asia y América Latina. Exprimiendo los días que faltan para asegurar que el acuerdo que resultará al final de esta semana de negociaciones frenéticas, es ambicioso en el largo y, sobre todo, en el corto plazo, y que tiene en cuenta en primer lugar a las poblaciones vulnerables.

Es más que previsible que se alcance un acuerdo, el mundo no puede permitirse otra cosa, los líderes lo saben y algunos avances bilaterales como el China-USA han allanado las negociaciones. La incógnita por resolver esta semana es si será robusto y responderá al desafío mayúsculo que enfrentamos.

Para muchos países en desarrollo, la financiación para mitigación y, sobre todo, para adaptación, es esencial. Los avances en esto son parciales. Los países desarrollados exigen que los emergentes sumen contribuciones y éstos piden un tratamiento claramente diferenciado respecto a los principales contaminadores históricos.

El hecho es que aún hay poco dinero fresco y creíble sobre la mesa de negociación. Muchos países, agrupados en el G77, serán reacios a firmar si estos recursos no se confirman en cantidades que superen los 100.000 millones de dólares comprometidos en Copenhague y de los que se sabe poco aún. 32.000 millones al año es la exigencia de los países en desarrollo para antes del 2020. Para después, las discusiones siguen abiertas, aunque con buenas señales por parte de algunos bloques.

En cuanto a los recortes de emisiones, hay menos avances de lo esperado en los términos usados para el largo plazo. "Cero emisiones" o "economía 100% verde" para después del 2050 son palabras que, por ahora, están siendo evitadas en los borradores y cambiadas por "neutralidad climática" o "cero emisiones netas", conceptos que podrían tener un efecto devastador sobre el uso de la tierra en los países en desarrollo. No cabe duda que los estados productores de energías fósiles y, sobre todo, las grandes multinacionales del ramo, desde sus gratos despachos, siguen haciendo el lobby más sucio de todos, el contaminante.

En cuanto a la reducción de emisiones en el corto y medio plazo, las perspectivas tampoco son halagüeñas aún. No hay acuerdo sobre un mecanismo que permita la revisión cada cinco años de los objetivos de reducción indicados por cada país para esta reunión del COP en París. Este mecanismo es esencial para permitir una ambición creciente en la reducción de emisiones, sin esperar otros 10 o 15 años, cuando ya sería tarde para impedir un calentamiento global por encima de los 2º, la frontera del impacto devastador. Los objetivos de reducción puestos sobre la mesa hoy no son suficientes.

Falta ambición en la voluntad política. Sigamos empujando lo que queda de semana. Por el planeta, por todos y sobre todo por la población empobrecida y afectada por el cambio climático.

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