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Volver o no volver: el dilema para muchos refugiados

19/08/2015 10:25 CEST | Actualizado 18/08/2016 11:12 CEST

República Centroafricana (RCA), julio 2015.- Yamande y Laurentine son dos mujeres que viven en el barrio de Fondo en Bangui, la capital de República Centroafricana. La primera tiene nueve hijos y seis nietos.

Tras pasar unos meses en un campo -site- de desplazados internos en el mismo Bangui, ellas y otras dos mil personas más, volvieron a su barrio, que antes de las masacres de 2013 tenía más de 30.000 habitantes.

¿Por qué tardaron en volver? ¿Por qué no vuelven más? En la conversación con ellas y otras personas del barrio, surgen varias razones, aunque las más fuertes son las casas destruidas y el miedo. El miedo es poderoso. Cualquier persona lo sabe, hay cosas y situaciones que dan miedo, hay recuerdos que dan miedo cuando se piensa en ellos y se proyectan al presente. El miedo paraliza, es irracional, incontrolable si no se ponen recursos y medios al servicio de su dilución.

Los habitantes de este barrio vivieron varias oleadas de días y noches de terror. No es necesario relatarlo, basta decir terror. Los esqueletos de casas destruidas y de coches quemados son el mejor reflejo. El terror, hecho carne, se mete en los huesos. El derecho a la vida destrozado.

En el barrio, de mayoría cristiana, también vivían musulmanes. Hoy solo vuelven los primeros, y solo a las zonas más cercanas a las vías principales, por donde patrulla la MINUSCA (fuerzas de paz de NNUU). Adentro no se atreven, y además, nadie se está ocupando de reconstruir las casas. ¿Volverán los musulmanes? "Nosotros queremos que vuelvan", nos dicen sin demasiada convicción los ya retornados.

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Me siento a conversar con las mujeres y hombres miembros del Comité de Protección, que surge del programa de Oxfam en RCA. En los barrios de Bangui donde trabajamos, lo hacemos a través de programas de WASH (agua, saneamiento e higiene), seguridad alimentaria y protección. Los dos primeros son esenciales y evidentes, nuestra contribución más habitual y reconocible. Sin agua y alimento nadie quiere volver a su casa, bastante cuesta vencer el terror.

El programa de protección me interesa. Siempre pregunto mucho, aquí más. Se forman comités y se les acompaña para que ellos mismos, las personas retornadas al barrio, determinen los riesgos principales que perciben, los actores que intervienen en ellos y lo que se puede hacer para mitigarlos, para ganar en seguridad personal y colectiva. Los comités se implican y conectan con el resto de los habitantes del barrio, pulsan y trasladan los temores y también explican lo que se puede hacer al resto de la población. No en todos los barrios sale lo mismo, no hay recetas en este programa, hay escucha y acompañamiento. La violencia contra mujeres, los riesgos para los niños, robos y amenazas y esa inseguridad latente, anclada en el ambiente, forman parte de lo que aparece en las conversaciones. A veces también la impunidad tras lo ocurrido. Es admirable la voluntad de las personas que conforman el comité. No es nada fácil hablar de lo que pasó, tampoco de un futuro incierto. Volver y hablar. Una lucha por el reencuentro tras el terror, nada sencillo.

El sistema en RCA no ofrece muchas garantías, pero desde el programa de protección se les explican sus derechos, las posibilidades que tienen, a dónde acudir...y también se fortalece el diálogo en el barrio, hablar de ello, hablar, tan importante, tan olvidado. Este programa de protección sienta las bases de nuestro trabajo en incidencia política. Aporta realidad incuestionable y conocimiento directo de la situación, incidencia política, tanto en el país como a través de lo que transmitamos fuera, para presionar en las capitales y en Naciones Unidas. De las personas a las reuniones lejanas, denunciando el olvido, la brecha inconcebible de financiación humanitaria, la necesidad de que se mantenga la presión internacional para garantizar la paz, tan frágil, que dé esperanza a la reconstrucción.

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Visitamos dos campos de desplazados internos, aun hay nada menos que treinta y cuatro en Bangui, donde malviven unas 40.000 personas, hacinadas en grandes tiendas de lona. Aún no se atreven, o no pueden, o no quieren volver a sus barrios. Casi ninguna agencia u ONG trabaja en estos sites, ya que se pretende que la gente vuelva a sus casas (¿sus casas?), que los campos no se enquisten.

Pero la gente, como es natural, hace lo que considera mejor para su seguridad y su vida. Y que conste que las condiciones en los sites son terribles, de las peores que he conocido. Llueve, y el barro hace más duro el lugar. En estos campos de desplazados nos centramos solo en WASH -agua potable y letrinas-, para asegurar un mínimo de dignidad y salud. En el encuentro con la gente en el site de Castor, la comunidad representa sociodramas alrededor del agua, niños, mujeres y jóvenes, cada grupo uno, tan emotivos como claros. El agua.

El último barrio que visitamos es Baya-Pk5, barrio musulmán donde se encuentra Mosquée Central, que alberga un site de desplazados en el interior. Llueve a cántaros y el barro llega hasta la puerta de la casa del jefe, justo detrás del recinto de la mezquita, donde nos reunimos. Una conversación larga, dura y tensa, donde el grupo de hombres que nos recibe nos explica cómo los musulmanes están haciendo intentos de reconciliación, con pocos frutos, y cómo se encuentran aislados y amenazados, sin poder salir y caminar con libertad fuera de su zona. Algunos jóvenes escuchan y observan desde la puerta. A la salida nuestro equipo nos dice que seguramente habían sido combatientes.

Volver. A qué, a dónde, en qué condiciones, para qué. Demasiadas preguntas que no encuentran respuesta en la situación del país. Incierta, arrastrando los agravios y miedos del terror, zarandeada por intereses de dentro y fuera del país. Defender derechos en este contexto es titánico. Solo hablar de ellos lo es.

Nos reunimos con donantes, MINUSCA y altos cargos de Naciones Unidas. Algunos afirman que es demasiado simple definir el conflicto exclusivamente entre musulmanes y cristianos, que tal vez puede entenderse mejor entre bantúes (agricultores) y peulh (nómadas), que en las Séléka había cristianos y en las Anti-balaka mercenarios de todo tipo. Que los intereses económicos por el control de las zonas diamantíferas, que podrían ser consideradas limpias bajo el proceso de Kimberley, pesan tanto o más que cualquier odio grupal, como pesan los intereses de países limítrofes, Chad entre ellos, o de grupos rebeldes que encuentran en RCA su refugio.

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Las consecuencias humanitarias para este país de apenas 4,6 millones de habitantes se sienten en cada uno de ellos y especialmente en el casi medio millón de desplazados internos y el otro medio de refugiados en países frontera. ¿Volver? Todos aprietan para que cada uno vuelva a su sitio, pero, ¿qué sitio y qué condiciones?. Los indicadores humanitarios, de pobreza, de ingreso, son devastadores. Se trata de un país con una crisis humanitaria crónica.

Dicho todo lo anterior, hay un hilo de esperanza. Hace unos meses tuvo lugar el Foro de Bangui, que agrupó a fuerzas y actores de todo tipo. Los resultados fueron positivos, se abrió un proceso de desarme y se apuntó a tener elecciones a finales de año a través de un proceso inclusivo. Nada fácil, empezando por realizar el censo en un país donde pocos tienen papeles.

Nuestra labor llega a más de 150.000 personas.Trabajar en este país es admirable. Me pasó en otros países como Sudán del Sur. La seguridad se vigila al máximo, las condiciones de vida se cuidan en lo posible. Es duro, la sensación de inestabilidad, inseguridad e incertidumbre se siente a cada minuto, demasiados in: la dureza de las condiciones, la dificultad para asentar el trabajo y darle una perspectiva de futuro, más allá de la respuesta humanitaria indispensable. Horas incontables.

¿Volver? No lo sé, no sé si volverán, no sé a dónde. Difícil que se mezclen de nuevo, ojalá. Aunque desde luego estamos haciendo lo posible, humildemente, para que las personas víctimas del terror recuperen su vida, su barrio y sus derechos. Ellas también luchan por conseguirlo.

Las imágenes y el vídeo han sido cedidas por Intermon Oxfam

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