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El dilema

30/09/2017 09:08 CEST | Actualizado 30/09/2017 09:08 CEST
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El día 1 estaré en la radio, con Javier del Pino, dolido por no haber podido votar. Creo que los partidarios de la independencia tenían derecho a expresar su opción en las urnas. Yo habría votado no, pero respeto su derecho, lo respeto mucho y así se lo he dicho a más de uno, pero me repugna ver como independentistas a gentes que nunca lo fueron y ahora se suman a la marea. Siempre hay oportunistas.

A partir del día dos no me atrevo a vaticinar que puede pasar pero sé que existe el riesgo de que se cumpla la máxima jesuítica de que toda situación por desesperada y sin solución que parece pudiere siempre es susceptible de un empeoramiento. Ese empeoramiento puede ser la fractura de dos comunidades.

La ciudadanía necesita política. Y la política no se ha visto a lo largo de estos meses. Se ha visto demagogia por ambas partes.

¿Puede la Generalitat dar un peligroso salto en el vacío y proclamar la independencia? ¿Puede el gobierno de Madrid suspender la autonomía? Visto lo que ambos gobiernos han hecho hasta ahora, una continuada suma de errores, puede ocurrir. Llevan tiempo tirando gasolina al incendio en lugar de apagarlo.

Un hecho es lo que José Montilla, ex presidente d ela Generalitat, viene advirtiendo desde hace años: aumenta la desafección de Cataluña hacia España y esa desafección, en la que vuelven a aparecer oportunistas, toma posiciones independentistas, en muchos casos con razón, en otras sin argumentos sólidos.

La ciudadanía necesita política. Y la política no se ha visto a lo largo de estos meses. Se ha visto demagogia por ambas partes. Unos enarbolando la bandera de los sentimientos, otros empleando la represión.

Para los equidistantes como yo, raza abyecta para unos y otros, son días tristes.