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'Ilusionarium': el mundo quiere ser engañado

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2016-10-05-1475665396-2740570-Capturadepantalla20161005alas13.02.40.jpgA veces, como cuando asistimos a un espectáculo de magia, resulta más gratificante entregarnos a la ilusión que asumir la realidad. No solo nuestros recuerdos aparecen teñidos de falsas conveniencias, sino que el presente es más agradable si no está pleno de racionalidad.

Nuestro cerebro es el primero que nos engaña: está más preparado para la emoción que para la razón. Dicen los neurocientíficos que los detalles de las imágenes que capta la retina son sensiblemente inferiores a los que nos ofrece la peor cámara fotográfica de un sencillo teléfono móvil.

Los magos intuyen el comportamiento y las limitaciones de las neuronas y suelen realizar sus trucos valiéndose de ese conocimiento.

Cuando empecé a escribir mi novela Ilusionarium, lo hice bajo la premisa de que el mundo quiere ser engañado. Subí al escenario de la trama a un neoyorquino, Christian Bennet, un veterano periodista que había ganado hacía quince años un Premio Pulitzer por unos reportajes sobre la mafia del juego y la connivencia entre políticos y empresarios de Las Vegas. Lo llamaron "el caso de los ilusionistas". Pero Bennet no lo contó todo; ocultó una información relevante por intereses del editor del Sentinel, el diario en el que trabajaba, y también por un tremendo hecho que le aconteció a su amante y que le hizo engañar a sus lectores, marcándole amargamente el resto de su vida.

Cuando Bennet recibe el extraño encargo de la viuda del editor del Sentinel de buscar a su hija, una maga que desapareció en la época en la que ganó el Premio Pulitzer, se removerá todo su pasado, pero también en el presente deberá sortear trucos y trampas con las que alguien pretende manejar su vida.

Viajará en la época actual desde Nueva York a París, de ahí a Barcelona y a Las Vegas, en un recorrido por los más importantes locales de magia, y verá las principales representaciones de los grandes magos, pero también lo hará a través del pasado para encontrarse con una dolorosa verdad.

Comprobará que la verdad se agota en un instante, el conocimiento estricto de la realidad es menos placentero que la mentira continuada. El engaño tiene más aristas y pervive mejor en nuestra realidad cotidiana. Parece como si el mundo quisiera ser engañado, como decía Petronio, y así aparecía en un letrero en el local mágico de Nueva York donde Houdini constituyó la sociedad americana de magos. Pues engañémosle.