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Cuando se invierte el sentido

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Foto: ISTOCK

Vivimos tiempos difíciles con respeto a la ética. No dejamos de leer y escuchar casos de corrupción política y económica. Esta mañana, en la radio alguien decía: "O la democracia acaba con la corrupción, o la corrupción se adueña de todos nosotros".

Quiero hacer una reflexión sobre lo que nos está pasando como sociedad en el último siglo, y sobre la responsabilidad que tiene el sistema que nos dirige.

Cuando enseño Psicoterapia Humanista Integrativa, explico las relaciones verticales (padre-hijo, profesional-aprendiz, jefe-empleado, médico-paciente, maestro-discípulo, psicoterapeuta-paciente, profesor-alumno, etc.) frente a las relaciones horizontales (amigos, compañeros, etc.), y las dos reglas que ayudan a regular las relaciones verticales desde tiempos ancestrales. La primera regla es que las relaciones verticales están sometidas al tabú del incesto. Es decir, la prohibición de mantener relaciones sexuales o de sexualizar el contacto entre padres e hijos y demás miembros de relaciones verticales. La segunda regla es que la intencionalidad en la relación vertical debe ser siempre hacia abajo. Es decir, que el objetivo de la relación construida es ofrecer al miembro que se sitúa en posición inferior una aportación o ayuda necesaria para él; el beneficio debe ser siempre hacia abajo.

Es de esta segunda regla de la que quiero hablar en este momento, ya que apoyándose en ciertas reglas ancestrales es como se ha construido nuestra sociedad y ésta es una de ellas. Damos por hecho que un padre quiere lo mejor para sus hijos, y por extensión, que el que está arriba en una relación vertical actúa con honestidad y quiere el bien para el de abajo. Así debería ser, pero, ¿es así?

Como dice el filósofo José Antonio Marina, la riqueza de una nación se mide por el Producto Interior Bruto, pero también por por el Capital Social, que estará compuesto de Confianza, Valores, cómo se resuelven los problemas, el nivel de Participación social, etc.

Necesitamos confianza para crecer sanos y libres. La confianza se aprende e incorpora desde los primeros momentos de vida en la relación con la madre y, más adelante, con el padre y otras figuras parentales. Necesitamos confiar en nuestras figuras parentales. Si no, viviríamos en permanentemente en alerta. Eso no sería vivir, sino sobrevivir. También necesitamos confiar en los que están por encima en nuestras relaciones verticales. Políticos, banqueros, jueces, militares, policías, profesionales, empresarios, periodistas... y un largo etcétera.

Se duda públicamente de casi todo. Esto es muy grave. No podemos seguir así. Necesitamos un cambio global.

Siempre podemos encontrar algunas personas que se salen de la línea de la honestidad, pero el sistema nos debe proteger de esas excepciones a través de mecanismos en los que podamos confiar. ¿Qué pasa cuando no podemos confiar en esos mecanismos de control y protección?
Necesitamos confiar en el sistema que nos gobierna, pero... ¿el sistema es digno de confianza? Como sociedad, ¿podemos esperar algo bueno si no podemos confiar en nuestras relaciones verticales?

Yo creo que, desde tiempos remotos, hemos ido creciendo y construyendo nuestra sociedad sobre esas reglas ancestrales y colocando pilares como la confianza, la fidelidad, la credibilidad, etcétera. Dar la palabra de honor, hacer un pacto, llegar a un acuerdo, era algo que se hacía ley y había que cumplir. Aún hoy está reflejado en nuestras leyes y hay jurisprudencia. Ha sido en los últimos cien años en los que el sistema se ha ido transformando y pervirtiendo con la consecuente alteración de nuestra forma de vida y de nuestro Capital Social.

Ya se habla públicamente de que los ciudadanos no confiamos en nuestros políticos, ni en nuestros banqueros. Que los responsables de las grandes empresas sólo buscan su beneficio. Aceptamos que los productos que compramos tienen la obsolescencia programada, que los que están arriba van a lucrarse porque pueden, que las farmacéuticas no buscan vender fármacos a las personas enfermas, sino que buscan vendérselos a cuantas más personas mejor, estén o no enfermas. Se duda públicamente de si se puede confiar en la justicia. Esto es muy grave. No podemos seguir así. Necesitamos un cambio global.

En el Instituto Galene, donde enseño a futuros psicoterapeutas, buscamos inculcarles que la confianza es una clave fundamental para que la psicoterapia funcione. El paciente necesita confiar en el terapeuta, en la terapia y en sí mismo. Es fundamental en nuestra profesión que generemos confianza y ser dignos de confianza. Es decir, necesitamos ser fiables. No mentir, no traicionar, no hacer daño, intentar no cometer errores. Y, si nos equivocamos, actuar éticamente con el paciente asumiendo el error, pidiéndole perdón y reparando el daño, asegurándole además que no volverá a pasar. Es la única forma de que la confianza no se rompa y que el proceso pueda continuar.

Enseñamos que no podemos cambiar al otro. Nosotros como profesionales tan solo podemos acompañar y ayudar a nuestro paciente a que cambie, pero no cambiarlo nosotros. No podemos. No tenemos poderes mágicos. Lo que sí que podemos es cambiar nosotros, y eso sí que está en nuestra mano. Ser mejores. Ser honestos, fiables, sinceros, buenos profesionales. Prepararnos mejor para ayudar mejor y para ser mejores personas.

Si el mundo necesita cambiar, cambiemos nosotros. Seamos honestos y buenos profesionales. El ciudadano, es decir, todos, podemos simplemente hacer las cosas bien. Podemos ocuparnos de que lo que hacemos esté bien hecho. Si estamos en el lugar de arriba en una relación vertical, podemos ocuparnos de que la intencionalidad vaya siempre hacia abajo. Que el beneficio sea para el de abajo. Nosotros, como terapeutas, nos ocuparemos de que nuestras intervenciones profesionales vayan encaminadas a que nuestro paciente se cure. ¿Por qué no iba a ser lo mismo para un político, un banquero, juez, militar, policía, comerciante, empresario o periodista?