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¿Afectan las vacaciones a nuestra relación de pareja?

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Nos vamos de vacaciones y las rutinas de todo el año se pierden para dar paso al periodo de descanso. No tenemos que trabajar y todo cambia. Hay que hacer planes, divertirse, cambiar de alojamiento, viajar... Demasiados cambios para algunos. Las relaciones deben ser muy sólidas y seguras para poder soportar ese periodo, o aparecerán problemas. A no ser que entren otros elementos en la ecuación.

Una pareja con poco recorrido está en periodo de adaptación constante. Todavía no se conocen y van descubriéndose uno al otro poco a poco. También van encontrándose con aspectos nuevos de cada uno al adentrarse en una nueva relación. El deseo sexual, la pasión, los miedos a que todo se vaya al traste por desconocimiento, la ilusión de lo que empieza...

Hay muchas razones por las que estamos dispuestos a poner mucha energía en la relación, a perdonar muchos errores del otro, a negar evidencias negativas de nuestra pareja para que la relación siga y que no se ponga en peligro. En ese periodo inicial, hacemos muchas concesiones que probablemente no estaremos dispuestos a volver a hacer una vez que la relación ya se ha estabilizado.

Todos los seres vivos tendemos a la estabilidad. La vida es una búsqueda de la estabilidad. Lo que es estable nos da seguridad. Y no cabe duda de que todas las personas buscamos esa seguridad en cada acción que emprendemos. Naturalmente, hay excepciones, pero lo dejaremos ahí, en excepciones. Las relaciones, por supuesto, también buscan la estabilidad. Muchos de los procesos que ocurren dentro de las relaciones tienen como función buscar la ansiada estabilidad. Pero, ¿qué pasa cuando se pierde? Entonces se ponen en marcha, inconscientemente, los mecanismos defensivos que nos permiten sentirnos más seguros dentro de la relación. Y eso no es necesariamente bueno para la pareja.

Las rutinas, aunque tengan mala fama, proporcionan seguridad, y por esta razón vamos incorporándolas a nuestra vida, que así se hace más estable y segura. Poco a poco, van instalándose, y aprendemos a movernos día a día con su compañía y protección. No somos conscientes de ello en muchos casos, pero ahí están, ayudándonos a vivir.

Los tiempos que la pareja comparte durante la mayor parte del año son los que son, y a eso nos acostumbramos. He escuchado a varias amigas comentar que no podrían soportar a su marido si no viajase tanto por trabajo. Claro, que esto solo lo dicen las que tienen una pareja que viaja con frecuencia por trabajo. A eso se acostumbran y ese plan les da estabilidad. Parejas que trabajan juntos y, por lo tanto, pasan mucho tiempo compartido, acusarán menos ese problema, pero podrán aparecer otros.

El espacio que la pareja que convive en la misma casa comparte diariamente durante el año se reparte de forma natural y en función de horarios y rutinas. Esto ayuda a asentar la relación y esas costumbres aportan seguridad para ambos. Hay parejas que comparten cama y dormitorio, y otras no. Las hay que desayunan juntas y otras que lo hacen por separado. Las hay que comparten cuarto de baño y se reparten los horarios y otras en las que cada uno tiene su cuarto de baño.

En vacaciones, se alteran las rutinas que la pareja tiene establecidas durante el resto del tiempo. Se pierde el reparto de tiempos de encuentro en la relación. Habitualmente, el territorio cambia, y esto siempre afecta a nuestra seguridad animal. Además, las circunstancias en muchos casos obligan a compartir demasiado espacio con nuestra pareja, a diferencia del que se comparte durante el resto del año.

A veces los problemas no se producen desde dentro de la pareja sino por elementos externos a ella, como pueden ser los retrasos y problemas imprevistos propios de los viajes, compañeros elegidos o forzosos de vacaciones, accidentes o diversos acontecimientos que, en condiciones normales, estaríamos bien dispuestos a afrontar pero que, en un país extraño, con otro idioma, ante ciertas personas con las cuales no se tiene la confianza necesaria, y ponen a prueba nuestra relación. No podemos olvidar que tendemos a enfadarnos con quien tenemos cerca y no con alguien a quien apenas conocemos.

Naturalmente, todas estas circunstancias se complican cuando una de las dos personas de la pareja tiene heridas del pasado no resueltas. Pongamos un ejemplo claro. Alguien que pueda tener una herida de invasión, es decir, alguien que en el pasado fue violado, traicionado, abusado o manipulado y no lo resolvió a nivel emocional, será más susceptible de sentir invadido su espacio durante las vacaciones, por ejemplo, al compartir habitación, cama, cuarto de baño o, simplemente, las 24 horas del día con su pareja. Esto es tan solo un ejemplo, pero los conflictos no resueltos que las personas pueden tener son muy variados.

Las vacaciones están plagadas de situaciones estresantes que ponen en peligro la estabilidad de la pareja. Podemos tomar algunas medidas que suavicen o eviten los riesgos. Para pasar unas vacaciones placenteras y seguras, sería recomendable que se tomen algunas medidas de protección, tanto hacia el otro como hacia la propia relación.

Elección conjunta. Lo primero es estar seguros de que estas vacaciones son elegidas por los dos. No vale eso de "a mí no me apetece pero voy porque a mi pareja le hace tanta ilusión...". Al menor contratiempo, saldrá la rabia de la frustración tapada por esa justificación.

Negociar los espacios, actividades y tiempos. Negociar es negociar, no imponer. "Yo me voy a jugar al golf mientras tu te ocupas de mi madre" no sería un buen ejemplo de negociación. Negociar implica ceder, y eso se consigue hablando claramente sobre las necesidades, deseos y caprichos de cada uno en el tiempo de vacaciones para que, en conjunto, haya un equilibrio. Que los dos se queden satisfechos de lo planeado y de lo actuado.

Protección. Debemos tener en cuenta que, en ese tiempo que estamos fuera de nuestra casa y de nuestras rutinas, somos más vulnerables. Cada uno de los miembros de la pareja pero también la relación. Hay que tener presente la necesidad de protección de los tres, será fundamental para que las vacaciones se disfruten más y se vivan con mayor seguridad.

Cumplir lo pactado. Esto es esencial. Antes del viaje, todo pueden ser facilidades para el otro y, cuando llega el momento, incrementado por las circunstancias estresantes que hemos comentado al principio, pueden aparecer los problemas. Si uno de los dos no cumple lo acordado previamente, pondrá en peligro la confianza y la estabilidad de la pareja.

Darse un respiro. Ya sé que, sobre esto, muchos lectores no estarán de acuerdo en principio pero, por favor, reflexionadlo. No es bueno para la pareja pasar las 24 horas juntos, compartiéndolo todo durante todo el tiempo. Es difícil de soportar para la relación. No debemos confundir la protección del otro con la invasión. Una vez más, habrá que negociar y crear actividades por separado para luego poder hablar de ellas, compartirlas e intercambiarlas entre los dos. Es bueno aportar algo novedoso al otro.

Y por último, y lo más importante: quererse. Hacer lo posible, con y por amor hacia el otro y hacia uno mismo. Que el amor y el respeto sean el vehículo en el que se viaje durante las vacaciones. Este periodo no debe tomarse tan solo como un descanso del trabajo, debe ser mucho más que eso. Un tiempo para que la relación se fortifique ante situaciones nuevas, que se enriquezca aunque sea ante adversidades y situaciones estresantes que, invariablemente, se dan cuando salimos de nuestras rutinas y nuestra zona de confort.

Este artículo se publicó originalmente en 'El factor emocional', el blog del autor.