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¿Votamos con la cabeza, con las tripas o con el corazón?

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Foto: ISTOCK

Existen muchas formas de afrontar la decisión del voto en unas elecciones. Durante la campaña electoral, vemos y escuchamos muchas intervenciones de los candidatos de los partidos políticos, que nos intentan convencer para conseguir nuestro voto. La gran mayoría cree que vota con la cabeza, desde la parte más racional, sopesando las ideas proyectadas durante las diversas intervenciones de los candidatos en los diferentes formatos de comunicación. Sin embargo, yo cada vez estoy más convencido de que votamos más desde nuestras emociones que desde nuestro pensamiento.

Todas las personas tenemos una identidad. En realidad, son varios conceptos de identidad los que se agrupan internamente para sentirnos quienes somos. Cada cierto tiempo, necesitamos asegurar una serie de elementos de los que nos confieren nuestro concepto interno de identidad para sentirnos seguros de que somos quienes somos y de que todo está bien. Eso nos da paz interior y nos permite seguir adelante. Para esto realizamos muchas cosas, algunas de forma consciente y otras tantas sin darnos cuenta de la motivación oculta. Racionalizamos y nos lo vendemos, con una sucesión de razonamientos que, la mayoría de las veces, hasta nos creemos.

Alguien puede decir "soy de derechas y por eso voto al Partido Popular" (y si no le votase, una parte de esa identidad estaría en entredicho), o bien, "yo soy de izquierdas y voto a Unidos Podemos", para reasegurar mi autoconcepto. A veces, para seguir votando al que me confiere identidad, debo negar algunos temas que me harían replanteármelo.

La mayoría de las personas tenemos una posición ideológica definida apoyada en diferentes argumentos. En el mejor de los casos, estos serán concienzudamente sopesados y coherentes con un estilo de vida propio. Otras veces, la realidad no es tan auténtica o propia. Hay familias enteras que votan a un partido, de siempre. Sería una deslealtad al núcleo familiar que alguno de sus miembros cambiara el destino de su voto. A veces, una verdadera traición. Hay personas con muchos miedos que, asustados por fantasías futuras oscuras o mensajes amenazantes escuchados en los medios de comunicación o incluso en mítines, optan por votar a algún partido que se anuncie como solución a peligros futuros.

El odio se hereda, los bandos también. La afiliación o afinidad por un partido o por una tendencia en política se internaliza de los padres.

Es frecuente escuchar cómo algunos representantes de los partidos políticos apelan al miedo de los votantes. Ellos saben que nuestras emociones son un factor determinante ante el voto. De la misma manera, el resto de las emociones está íntimamente involucrado en el proceso de la decisión del voto.

Puede haber una elección de la papeleta basada en el despecho, en la indignación, en la revancha, el rencor, en la rabia, en la nostalgia, etc.

El odio se hereda, los bandos también. La afiliación o afinidad por un partido o por una tendencia en política se internaliza de los padres, de las posturas ante situaciones cotidianas, creando un reflejo ideológico. Después, los hijos se pueden someter o rebelar a esas ideas. El daño sufrido por una familia tiempo atrás por motivos políticos puede ser el origen de la definición política de un individuo. La rabia generada por aquella agresión, aunque fuera ochenta años atrás, puede ser la causa de votar a izquierdas o a derechas.

Según una persona evoluciona, resuelve sus conflictos emocionales arcaicos y realiza un buen crecimiento personal, se acercará cada vez más a la salud y a la autonomía personal. Se irán depurando todos esos procesos emocionales ocultos y la coherencia se instalará en cada uno. Esta evolución nos lleva a ser más autónomos con respecto a nuestras decisiones y a poder elegir más libremente a los candidatos elegidos, sin interferencias emocionales no deseadas.

Lo mejor sería poder votar desde el corazón. Votar por amor. Que un político nos enamore, que nos transmita su capacidad, valía y honestidad. Que nos encandile con un proyecto bueno para la mayoría, capaz de equiparar a los ciudadanos y reducir sus diferencias, generador de paz y abundancia. Votar desde el corazón equivaldría a votar con seguridad de que, lo que hará el gobernante elegido con nuestro voto, será coherente con lo que expresaba en su programa. Las decisiones políticas serían congruentes con el amor que le llevó al poder. Eso sí seria maravilloso. ¿Lo hacemos posible?