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Archivo de Indianos y Museo de la Emigración: paisaje de la memoria

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El paisaje es panorama pero también rincones. Hay naturalezas vivas y muertas, paisajes naturales y humanos, paisajes para imaginar y para evocar, paisajes que descubren perspectivas y paisajes que nos devuelven la memoria.

En el pueblo asturiano de Colombres, hay un rincón que contiene un panorama de paisajes, una naturaleza quieta que encierra mucha vida, un lugar que es paisaje de la memoria de una historia de antes que es una historia de siempre: la de la emigración.

Como antesala, un cuidado jardín rebosante de magnolios que conviven con palmeras y otras especies ultramarinas. No es "el jardín de las delicias", pero ya anuncia que los avatares de la vida terrenal del emigrante se debaten en la tensión entre el paraíso prometido y un infierno lleno de desgarros.

Entre el verde intenso, como si de una aparición casi mágica se tratase, emerge con un azul que rara vez luce en el cielo asturiano el palacete colonial del indiano Iñigo Noriega, el emigrante de leyenda que en México trepó por la escala de cantinero, comerciante y vendedor de tabaco, que proyectó desecar el lago de Chalco, que dispuso de concesiones de vías ferroviarias y despachaba con el presidente en clave secreta para hacer fortuna durante el Porfiriato. Es la Quinta Guadalupe, el refugio imaginado para la vuelta a casa bautizado con nombre de mujer, donde ahora se alberga el Museo de la Emigración y Archivo de Indianos.

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Antes de entrar, espera una primera prueba. Apenas en el umbral, reparen en una imagen congelada en el tiempo, a pie de muelle de embarque, que ya lo expresa todo, que es la muestra gráfica, visible en los rostros, palpable en el abrazo, del desgarro que hay en toda despedida, en cada partida de un emigrante.

Si se ha conmovido alguna fibra de sus emociones, ya dispone del ticket de entrada para iniciar una aventura hacia el pasado, para adentrarse en un recorrido por la añoranza y por el testimonio de la historia tejida por generaciones de emigrantes.

En contraste con la naturaleza explosiva y el verdor intenso del jardín de las afueras, por dentro lo que domina es un paisaje de quietud como detenido en el tiempo, un tono de colores ocres que te sumerge en el ambiente de documentos gastados, de fotos y cartas amarillas (¿alguien recuerda todavía la canción de Nino Bravo?), sacadas del cajón de los recuerdos.

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Sala tras sala, una colección de muebles, imágenes, adornos, utensilios, objetos, que componen un verdadero paisaje de la memoria. Maletas de cartón, de cuando nuestro país era como de cartón piedra. Carteles de viajes en barcos de vapor (en primera, segunda y tercera clase con derecho a pan y agua) de cuando el low cost no existía. Misterios de naufragios (¿qué fue del Vallbanera?) de cuando ni se había oído hablar de las pateras. Ofertas de viajes rápidos para cruzar el Atlántico, en 18 días, de cuando los días se medían de otra manera y el tiempo no se había contagiado de las prisas y mantenía alguna proporción con el espacio.

Paisaje de la memoria en cada visado de entrada y salida, en cada ida y venida, en cada certificado de vida o muerte, en cada rostro para reconocer o descubrir ancestros. En cada retrato de juventud marchitada con el paso de los años, en cada retablo fotográfico de vestidos, galas y peinados que de puro pasados están a punto de volver a ponerse de moda. En cada testimonio de celebraciones festivas de la añoranza allende los mares que, ya antes de los audiovisuales, tienen un inconfundible sonido de gaita.

De piso en piso, por elegantes escalinatas de las de cuando no había ascensores, un transito de Cuba a México, de Chile a Argentina, poblado de pendones y estandartes bordados por manos que modelaron recuerdos y tejieron ilusiones. Manos que temblaron o se mantuvieron firmes ante los giros de la rueda de la fortuna, que conocieron el éxito y el fracaso, la fama y el anonimato; que se desgastaron de sudor y se endurecieron en mostradores de abarrotes y ultramarinos para que fuese posible El Corte Inglés algún día, para forjar una cultura de trabajo y una cultura de empresa, para soñar proyectos de emprendimiento a pie de obra. Manos tendidas en una ejemplar historia de vida asociativa y de mutualismo protector, mucho antes de que el estado de bienestar se asomase a la escena.

Museo de la Emigración y Archivo de Indianos: lugar de acogida y de reencuentro, casa común del emigrante, santuario para celebrar una gesta que tejió nuestra historia y nuestro ser. Paisaje de memoria, porque la historia es un paisaje, porque es un paisaje la vida, porque los paisajes se graban en la memoria para devolvernos un día memoria de los paisajes y historias de una historia, la de la emigración, que nunca ha dejado de repetirse.

¡¡Ay, si don Iñigo lo viera!!

Las imágenes ha sido cedidas por la Fundación Archivo de Indianos-Museo de la Emigración

 

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