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El poeta, el rey y el jornalero

27/01/2017 07:27 CET | Actualizado 27/01/2017 07:27 CET

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Ilustración: Alfonso Blanco

En 1979 recibí en Ginebra, donde trabajaba como traductor al español en la Oficina de la ONU, la llamada de un traductor y amigo, Fernando Santos Fontela. Me dice que, con motivo del discurso que va a pronunciar el rey Juan Carlos ante la Conferencia Internacional del Trabajo de la OIT, vendrán a Ginebra desde Andalucía jornaleros andaluces del Sindicato de Obreros del Campo (SOC), cuyo secretario es Francisco Casero, para reclamar trabajo aprovechando la visita del Rey a la OIT.

Me llama de parte de una dirigente del Partido del Trabajo en España, creo que era Ana María Tagle, para que les busque un alojamiento gratuito. Hablo con un amigo y exsacerdote, Bernardino Fernández, exminero asturiano y muy activo en los medios de la emigración española de entonces. Les conseguimos camas en un barracón de madera que se contruyó, como muchos más similares, para los emigrantes españoles temporeros que venían a trabajar en los 60 y 70 al cantón de Ginebra. Como no tenían un duro, les pagué yo el desayuno a los jornaleros andaluces (unos 60).

Paco Casero conversó conmigo esa noche y me habló de su plan de acudir a las 12:00 de la mañana siguiente a la Place des Nations, frente a la entrada del Palacio de las Naciones Unidas de la ONU, con sus pancartas, para esperar allí la llegada del rey. Le dije que no fueran a esa plaza, sino a la entrada posterior del recinto, que queda justo debajo de la sede del CICR, pues los jefes de Gobierno o Estado que acuden a hablar ante la Conferencia de la OIT entran por ese portal. Y así lo hicieron.

Paco Casero me dijo que habían ido esa tarde al lugar de la recepción para seguir reclamando allí, pero se encontraron con que la policía cantonal les bloqueó el paso atravesando furgonetas y llevando además perros adiestrados contra manifestaciones.

Esto ocurría el 19 o 20 de junio de 1979. La mañana del día de marras llamé a José Ángel Valente a su despacho de traductor en la Organización Mundial de la Salud y le dije lo que iban a hacer los jornaleros andaluces y el motivo de su presencia allí. Valente bajó desde la OMS hasta ese portal, en la Route de Chambesy, y habló con Paco Casero. Además, se enteró de que esa misma tarde había una recepción en la residencia del embajador de España ante la OIT -en el exclusivo municipio de Cologny que domina el lago Lemán-, que no era otro que Manuel Jiménez de Parga, quien había sido nombrado por el Gobierno de Suárez para ese puesto por su colaboración en Cataluña con el partido UCD. Jiménez de Parga estuvo en ese cargo de 1978 a 1981 (por cierto, yo le llamé para que diera una charla-coloquio en el Ateneo Obrero, una iniciativa del grupo de cristianos por la base que era quien conocía de mi paso por la Universidad de Madrid. Me dijo que sí, pero al día siguiente me llamó para decirme que no podía dar la charla al haberse enterado de que en el Ateneo colaboraban gente del PCE y anarquistas, además de los cristianos).

Tres o cuatro días después de la intervención del rey, Valente escribió un artículo para El País que me dio a leer. Valente se tomó el trabajo de averiguar cuántos países tenían más de una embajada ante las organizaciones internacionales de Ginebra. Sólo eran tres, y uno de ellos España. En su artículo, Valente hablaba de la impresión que le causó saber que aquellas decenas de jornaleros andaluces hicieran un viaje en autobús desde Andalucía y sin parar para reclamar ante su rey y ante la OIT trabajo en sus pueblos. Criticaba que hubiera dos embajadas españolas, una ante la ONU, la de siempre, y una segunda ante la OIT para agradecerle sus servicios prestados a Jiménez de Parga. Y lanzaba una andanada contra el gasto de la mencionada recepción en la residencia del embajador, deciendo también que el rey habría hecho mejor reuniéndose con sus súbditos andaluces para enterarse directamente de su propia boca de las penalidades para encontrar trabajo regular, y no sólo en la temporada de la siega o de la recogida de la aceituna. Aquí quiero añadir que Paco Casero me dijo que habían ido esa tarde al lugar de la recepción para seguir reclamando allí, pero se encontraron con que la policía cantonal les bloqueó el paso atravesando furgonetas y llevando además perros adiestrados contra manifestaciones.

Valente me comentó que envió su artículo a El País y, nada más recibirse en la redacción, le llamó Javier Pradera para decirle que no se lo podían publicar por la alusión directa a la figura del rey, ya que el periódico tenía por norma no aceptar alusiones críticas a Su Majestad. Sé que Valente se cabreó bastante con Pradera y así me lo dijo cuando hablé con él poco después. Me añadió que había sido la primera vez que le censuraban (fue el término que empleó) un artículo, y que algo así le habría podido ocurrir en la Cuba de Fidel (él también fue uno de los escritores que denunció la "autocrítica" de Heberto Padilla en la Habana ante la UNEAC), pero no pensó nunca que eso le pudiera ocurrir en un diario español.

En este asunto, creo que el poeta y el jornalero (y sus compañeros andaluces) merecen que se recuerde un "accidente de parcours" en la historia del periodismo español y de la Monarquía.