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El conservadurismo de Podemos y PSOE

20/06/2017 07:28 CEST | Actualizado 20/06/2017 07:28 CEST

EFE/ Emilio Naranjo.

Este fin de semana hemos contemplado el despliegue del llamado "Nuevo PSOE" de Pedro Sánchez, un nuevo advenimiento de ese partido que, después de unos años de deriva, se presenta ante España como el defensor de los valores históricos de la socialdemocracia (igualdad salarial y defensa de los derechos sociales) tamizados y complementado con los nuevos retos globales del siglo XXI (renta básica y transición energética, por ejemplo).

El PSOE se presenta (e insisto, por ahora solo se presenta) como la formación clave para liderar el cambio político, un papel simbólico que ha sido representado durante los últimos años por Podemos. Que sea Podemos o PSOE el partido que se erija como la canalización institucional mayoritaria de ese bloque político-social que ya existe en España depende principalmente de una cuestión: la gestión de su conservadurismo.

Sí, PSOE y Podemos son conservadores, por lo menos en parte. Claro está que no hablamos de ese conservadurismo con olor a naftalina de otros partidos como el PP, ese afán por dictar a los demás cómo debemos querernos o a las mujeres cómo deben comportarse y vestirse. Pero PSOE y Podemos, como cualquier organización viva, tienen una dimensión conservadora que de forma más o menos racional los anima y conduce a tomar unas decisiones u otras con la motivación de sobrevivir como organización o como grupo que lidera la misma. Parecido a lo que Freud teorizó con lo que pasa en cada una de nuestras cabezas, pero con el futuro de millones de personas en el tablero de juego.

Pedro Sánchez ha conseguido torcer el brazo a los barones y a la nomenklatura que en su día lo aupó a la secretaría general del PSOE y, no solo volver a ser el máximo dirigente del PSOE, sino ser percibido como una gran esperanza de cambio político en España. Su particular remontada en la interna no se ha sustentado en su compromiso histórico con la izquierda (sus declaraciones de por qué no levantaba el puño, sus postulados económicos o su pacto con Ciudadanos están ahí) sino a que, como bien explican Jorge Moruno y Rodrigo Amírola, ha sabido surfear la ola de demandas sociales de su militancia, que son, a la vez, la de gran parte de los españoles: un deseo de regeneración política, de mayor transparencia y control ciudadano, de políticas que apuesten por la igualdad y el crecimiento, etc.).

El antiguo establishment del PSOE fue tan torpe y confiaba tanto en Susana Díaz que le sirvió en bandeja de plata a Pedro Sánchez lo más preciado que hay en política: un relato. Con las maniobras de los barones que acabaron con la dimensión de Sánchez, éste encontró la oportunidad de ser el candidato que escucha y canaliza los deseos de las bases, que puede convertir al PSOE en un partido contra los recortes e incluso que se atreve a desvelar las presiones de los poderes fácticos y empresariales, unas cuestiones que han sido las principales banderas de Podemos hasta la fecha. Sánchez fue valiente y se subió a esta ola esgrimiendo unos postulados y declaraciones a veces frontalmente opuestos a los que defendió durante el último año.

Pero aceptar este campo de juego, querer ser la canalización institucional de las demandas de la mayoría social (aunque los motivos sean ganar el poder interno) supone también anunciar que el PSOE está dispuesto a sacar los codos y disputar a Podemos el terreno político que el partido morado ha estado abonando desde 2014. Construir sobre este campo común supone arriesgarse a que un partido sea fagocitado por el otro debido a que compartirían una gran masa de electores y sus discursos serían semejantes. Este peligro de desaparición o de caída en la irrelevancia acentúa el instinto conservador de sobrevivir y aumenta el riesgo de que la mera subsistencia se convierta en la principal guía de actuación de las direcciones.

Por la esperanzadora posibilidad abierta y los riesgos de involución y nuevo retroceso socialista, Podemos debería afrontar esta situación con la responsabilidad de ser la fuerza que asegure que el PSOE elija el camino de progreso.

En estos primeros días de Pedro Sánchez en su vuelta a la secretaría general hay contradicciones que deberían animar a la dirección de Podemos a ser inteligente para influir de manera sana en el PSOE y no poner fácil una marcha atrás en su proceso de vuelta al progresismo. La apuesta de Pedro Sánchez por un equipo de economistas, liderado por Manuel Escudero, con visiones innovadoras (renta básica, reducción de jornada laboral, crítica al neoliberalismo, etc.); la apuesta por Cristina Narbona y por una transición energética que prime las energías renovables o el nombramiento de Toni Ferrer, sindicalista de UGT como responsable de Empleo, apuntan a que hay una posibilidad real de entendimiento entre las formaciones.

Pero también hay un riesgo en esta situación que no es para nada descartable y que depende en gran medida del trato que Podemos ofrezca al PSOE: que Sánchez, una vez afianzado en el poder interno, se enroque y reniegue de negociar y aventurarse en el espacio común del cambio político para evitar mimetizarse y asegurar, de nuevo por conservadurismo, su dirección. El haber planteado de nuevo una reedición de los frustrados acuerdos entre PSOE, Ciudadanos y Podemos es un mal augurio en este sentido.

Por todo ello, por la esperanzadora posibilidad abierta y los riesgos de involución y nuevo retroceso socialista, Podemos debería afrontar esta situación con la responsabilidad de ser la fuerza que asegure que el PSOE elija el camino de progreso y que permita mejorar la vida de los y las españolas y revertir las políticas del PP. Para conseguir este objetivo es necesario que Podemos abandone los complejos que han guiado su relación con el PSOE desde su entrada al Congreso, cuando comenzó a relegar su capacidad de ser el centro político para marcar los debates y afloraron tics y fobias en la relación con el PSOE que parecían tener como objetivo saldar cuentas políticas de la década de los 90, unas cuentas que no son de Podemos.

El cambio de táctica llegó a su cénit en la asamblea de Vistalegre II, cuando aparecieron dos listas principales que tenían dos formas diferentes de afrontar la situación: el arrinconamiento del PSOE en el margen derecho del tablero subrayando sus coincidencias con PP y Ciudadanos (la Triple Alianza) por un lado, y, por otro, los que proponían tender la mano al PSOE para, en lugar de acusarlos, obligarlos a retratarse teniendo que posicionarse en disyuntivas que fueran favorables para Podemos. Ganó el primero de los enfoques, el que ya venía primando desde inicios de 2016, y que, según mi punto de vista, considero conservador por conformarse con reforzar la identidad interna y el cierre de filas frente al PSOE en lugar de arriesgarse a jugar en el campo compartido descrito anteriormente.

Es por ello por lo que Podemos tiene ahora la necesidad de ser hábil y volver a reconfigurar su táctica y estrategia, cambios que se han intuido durante el debate de la moción de censura la semana pasada, para impedir la nueva involución del PSOE. Podemos tiene que fijar al PSOE en el campo del cambio político sin recurrir a atarlo con cuerdas o amenazarlo si se mueve, sino convenciéndolo de que no tiene otra salida si quiere vivir. Para la dirección y, sobre todo, para los votantes socialistas es más seductor un abrazo, aunque sea del oso, a la regañina y enseñar los dientes. Para Podemos es más útil un abrazo, sobre todo si eres capaz de apretar fuerte sin causar dolor, porque al fin y al cabo el otro tampoco se mueve de donde tú quieres que esté.

Subrayando esta importancia del aspecto conservador de las direcciones de los partidos no pretendo hacer una crítica pueril del tipo "los políticos son malos y solo piensan en sus propios intereses", por el contrario, creo que conociendo y aceptando que estas lógicas de comportamiento actúan en el campo político, es necesario poner el foco en ellas para facilitar el camino que conduzca a vencer social y electoralmente a un PP que cada día está más ahogado en casos de corrupción y que ha recortado servicios sociales mientras ha regalado 60.000 millones de euros a la banca sin pedir nada a cambio.

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