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Andalucía, cambiando, sí

27/03/2015 07:14 CET | Actualizado 27/05/2015 11:12 CEST

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Cumpliendo un viejo adagio chino -"ojalá vivas tiempos interesantes"-, este que nos toca vivir lo es superlativamente.

Vivimos un año apasionante. En 2015, el mapa político español quedará redibujado. 22-M: elecciones andaluzas. 24-M: elecciones locales, municipales y autonómicas en trece CC.AA, Ceuta y Melilla. Septiembre: elecciones catalanas. Noviembre: elecciones generales, en las que nos jugamos el próximo Gobierno en España. En los siguientes cuatro años, solamente quedarían los comicios autonómicos del País Vasco y de Galicia.

Durante largos años ya, una novedosa suerte de sociología anticipatoria ha venido anunciando un corrimiento de placas tectónicas bajo el subsuelo del paisaje político español, con una intensidad sísmica carente de precedentes. "El fin del bipartidismo" y la demolición del llamado "régimen del 78" se han perfilado como locuciones habituales en la olla efervescente del nacional-tertulianismo.

A ver, un poco de calma. Para empezar, es cierto que las elecciones andaluzas han confirmado, sí, esa anticipación de cambio. Pero ni han finiquitado a los principales partidos -los mal llamados "tradicionales"- ni han convalidado tampoco la jactanciosa arrogancia de quienes pretendían dar por muertos al PSOE y PP juntos en la primera vuelta de la primera esquina.

El PSOE de Andalucía y el conjunto del PSOE -Susana Díaz y su equipo, y el liderazgo federal de Pedro Sanchez- no solo han resistido, sino que han regalado a los electores socialistas, a la historia del PSOE y al conjunto de España, una victoria bonita en tiempos de gran dificultad.

En apariencia, el PSOE revalida una hegemonía histórica que prolonga 4 años más un ciclo de gobierno que dura ya más de 30 años.

Pero lo cierto y real es que Andalucía anticipa, efectivamente, el cambio.

Lo anticipa porque el apoyo electoral socialista resiste, y su resilencia equivale, simbólica y políticamente, a un triunfo sobresaliente, visto el enrarecimiento del clima en que, en general, han respirado las ofertas, discursos y candidaturas socialistas -no solamente en España sino en el conjunto de la UE- a lo largo de los últimos años.

Pero lo anticipa también que el porcentaje de apoyo acusa el golpe del desgaste y de la desafección y fragmentación de una parte significativa del electorado tradicional del PSOE en Andalucía. De sus registros históricos -de más del 50% de apoyo, en algún caso próximo al 56% de los votos- se desciende ahora a un 35,4%, cuyo impacto no puede ser ignorado si lo comparamos con cualquier otro anterior, incluso con el de 2012 (39%), en que por primera vez fue el PP primera fuerza.

Pero no solo se conserva una vez más el Gobierno y su autonomía política con un proyecto distintivo -con cargo a las propias fuerzas y siglas-, sino que se recupera con nitidez meridiana la primera posición en un entorno descompuesto (a diferencia de lo que sucedió en 2012, en que el PP fue primera fuerza por vez primera en 30 años). Y se inflige una derrota descomunal al PP, que muerde el polvo en fondo y forma, en su historial reciente, en su pseudoliderazgo fallido, y en su pretensión de anular a una sociedad cabreada con su arrogancia y corrupción mediante la trompetería de una recuperación que no llega a las familias ni a la dignidad del trabajo.

Del resto, la nueva política mediática ha sido aquí puesta a prueba: UPyD creció en su momento de la mano de una incondicional adulación de la prensa conservadora. Luego disfrutó el turno Podemos, y recientemente ha sido la marca de Ciudadanos (C's) la que se ha visto favorecida por la rendida obsecuencia de los medios de referencia. Fenómenos de mediopatía y adulación innegables subyacen a la curva ascendente de estas formaciones emergentes que redelinean el pluralismo. Pero el resultado es real. Y debe ser tenido en cuenta.

Cabe discutir el alcance de la victoria del PSOE; pero no el de la derrota del PP. El castañazo del PP es fruto de la avaricia con que el PP se ha empeñado en ensañarse con la sociedad española. Desengañando cruelmente a quienes se creyeron que iba a obrar el milagro cumpliendo su palabrería de "no tocar los pilares" de nuestro Estado social.

No deja de un ser sarcasmo que Rajoy haya tenido la monumental cara dura de haberle afeado a Tsipras haber "prometido cosas que no podría cumplir". Rajoy las ha incumplido todas. Todo lo que prometió que nunca haría, lo ha hecho. Y no ha cumplido nada de lo que prometió en 2011.