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Contra la apología de la 'revolución liberal'

27/04/2017 11:36 CEST | Actualizado 28/04/2017 07:21 CEST

JFLA
Merece obligado comentario la profusión editorial de panegíricos y ditirambos con que viene celebrándose una (supuesta y así denominada) "revolución liberal" que estaría redefiniendo el paisaje político europeo. Se alude bajo esta acuñación inconfesadamente encomiástica a una rendición del hace ya tiempo dominante marchamo liberal-conservador que, por contemporizar con aquellos aspectos más asumidos, más consolidados e irrenunciables del modelo social establecido en Europa en las tres décadas gloriosas de la construcción europea (desde finales de los 50 a finales de los 80 del pasado siglo XX), pasa ahora a ser reetiquetado como "socioliberal". Pongamos que hablo de Emmanuel Macron, saludado como "novedoso" por el olfato oportunista con el que se ha puesto al frente de En Marche! como "movimiento cívico" y está ya a un paso de alcanzar la Presidencia y el Elíseo.

Así la lectura prevalente en buena parte de la prensa y medios convencionales de las elecciones holandesas del pasado mes de marzo (en las que el liberal Mark Rutte consiguió frenar, por poco, al pujante populismo ultraderechista y xenófobo de la formación de Geert Wilders), se concatena ahora la estampa cristalizada e impresa tras la primera vuelta a las presidenciales francesas: el liberal Macron frena a los que hasta hace poco figuraban como primera opción en casi todas las encuestas: la ultraderechista Le Pen.

Nótese que la mayor parte de tribunas publicadas nos están invitando abiertamente al conjunto de los europeístas a celebrar como propio el triunfo (siquiera sea por los pelos, ¡apenas 2 o 3 puntos de ventaja porcentual!) de la aproximación liberal al rescate de la UE frente a la derrota (con porcentajes, sin embargo, pavorosos en sí mismos, ¡próximo al 21% de los votos en países fundadores de la construcción europea!) de la eurofobia nacionalista y ultraderechista que aspira a "liberar" a "los pueblos" de los EEMM de la "esclavitud" del euro y de una "UE qui va mourir" (sic, Marine Le Pen dixit).

Me niego a sumarme al corifeo de hagiógrafos de esa así dominada revolución liberal sin sombra alguna de duelo (al contrario: regocijo) ante la continuada debacle electoral de la socialdemocracia y los partidos socialistas que hasta antes de la crisis que se desató en 2008 concitaba apoyos y escaños que multiplicaban por 3 o por 4 sus actuales cotas, perforando mínimos históricos sin que parezca tocar fondo. Me duele ver a la socialdemocracia europea desangrando en distintas latitudes sus votantes de antaño en direcciones hasta hace poco imprevisibles, atravesada por conflictivos cainismos faccionales en casi todas partes, cuyo declive delinea un horizonte de pesadilla para quienes abrazamos con convicción sus valores, habiendo explicado sus logros, y pugnamos ahora por fijar propuestas para su futuro.

Lo miremos por donde lo miremos, a lo largo y ancho de la UE, millones de antiguos votantes de izquierda cambian de domicilio electoral y fijan sus expectativas en otras siglas y formaciones distintas a las socialistas.

Lo miremos por donde lo miremos, a lo largo y ancho de la UE, millones de antiguos votantes de izquierda cambian de domicilio electoral y fijan sus expectativas en otras siglas y formaciones distintas a las socialistas. Y los partidos socialistas europeos que un día nacieron contra las injusticias y las desigualdades de la revolución industrial encuentran dificultades para reenganchar con narrativas persuasivas y respuestas adecuadas a las generaciones más jóvenes, los millenials, que han nacido de la alfabetización digital, y a las que la globalización les produce fascinación o rechazo, toda vez que es el contexto en el que se han hecho a la idea de que nunca alcanzarán el nivel de bienestar, igualdad y dignidad que disfrutaron sus padres.

Los partidos socialistas europeos -también el PSOE, por descontado- encarnan, por lo tanto, la imperiosa obligación de reformular la política, la participación, la integración de la diversidad constitutiva de sus sociedades abiertas, conflictivas y plurales, y la articulación de identidades compatibles (no excluyentes) y ciudadanías superpuestas de un horizonte federal: de escala supranacional. Es la única vía para hacer valer globalmente nuestro modelo social, nuestro soft power y nuestro Rule of law basado en un constitucionalismo multinivel en Europa.

De acuerdo. Pero asimismo, es urgente construir de una vez una alternativa económica al paradigma dominante, de cuño ordoliberal, tan a menudo caricaturizado como "neoliberal", y cuya indistinción en la definición y ejecución de la política económica ha demostrado tener un inmenso e inasumible coste moral (desmovilización, desafección o rechazo a la construcción europea), político (pérdida de credibilidad y confianza) así como coste electoral para los partidos socialistas.

Los socialistas debemos asumir el ineludible deber de confrontar el creciente miedo del electorado a perder lo que les queda. Debemos perder cualquier miedo a formular y defender propuestas alternativas al paradigma dominante con convicción y coraje.

Nuestras propuestas económicas no deben inspirar miedo ni a nuestros votantes potenciales (incluidos millones que se auto-consideran interclasistas, transversales o swing voters), ni a los empresarios y emprendedores tampoco. Pero debemos también confrontarnos en primera línea con la explotación del miedo a la globalización. Hace tan solo 10 años hubiera resultado impensable que el rechazo al comercio mundial deviniera el asunto crucialmente divisorio y movilizador del voto que ha resultado ser en estos últimos tiempos (hoy están las legiones de trolls activadas en las redes a propósito del CETA o del difunto TTIP...). Pero su rechazo prueba el miedo que la globalización desata entre los más vulnerables, aquello que más fácilmente se perciben como potenciales perdedores de la globalización.

La tarea socialista no es explotar el miedo, ni repicarlo acríticamente, ni competir en la franja del populismo reaccionario o de la regresión nacionalista, sino formular sus alternativas progresistas y realistas para la regulación y la sujeción a Derecho del comercio desregulado en la globalización, y trabajar sin descanso para la democratización de los poderes públicos, frente a los nuevos leviatanes no estatales.

No. No me sumo a las albricias, ni a las campanas al vuelo ante un supuesto nuevo orden europeo en que la competición se ventila entre liberales y los ultraderechistas. Aspiro a que la izquierda cuente. ¡Atención, partidos socialistas, elección tras elección, resuenan todas las alarmas!

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