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Conversación sobre Europa: ni el nacionalismo ni el pesimismo nos sacarán de la crisis

21/02/2013 08:22 CET | Actualizado 22/04/2013 11:12 CEST

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El pasado sábado, 16 de febrero, los socialistas españoles sostuvimos en Madrid una prolongada e intensa conversación sobre esta Europa, estancada en su peor crisis. Atravesada por sus problemas, Europa -y el europeísmo- sigue siendo un componente irrenunciable de la identidad socialista. Nuestro viaje hacia la construcción supranacional europea no tiene billete de vuelta.

El formato del debate fue innovador, abierto y, en buena medida, un acicate para que cientos de activistas y simpatizantes tomasen la palabra y expusieran de viva voz no sólo sus preocupaciones, sino también su protesta ante este estado de cosas y su malestar con respecto a la fracasada política practicada desde las instituciones europeas a lo largo de toda la crisis. Este desastroso manejo ha desembocado en un empeoramiento sin precedentes no sólo de las magnitudes económicas y sociales que se pretendía acometer, sino también de los estados de ánimo de los españoles ante la UE y, muy particularmente, de su generación más joven.

En esta gran conversación que el PSOE ha decidido emprender para renovar su discurso y su acción política, toca dedicarse a Europa. En medio de tantas dificultades, debe empezar a dibujarse un tiempo nuevo. El camino será largo, minado de dificultades. La ola de desafección ciudadana es tremenda. Y, sin embargo, esa misma sed de justicia y de equidad que grita su indignación y su desesperación en las calles hace, irónicamente, que la UE sea hoy más necesaria que nunca.

Es cierto, evidentemente, que Europa está viviendo la peor crisis desde su fundación. Los intelectuales y analistas que repetidamente advierten acerca del declive de Europa no dramatizan cuando apuntan que podría estar incluso herida de muerte, no tanto en sus procedimientos o en sus instituciones -pecando tan repetidamente de hacer "demasiado poco, demasiado tarde", too little, too late-, cuanto en la conciencia y en la vocación europeísta de millones de sus ciudadanos, vulnerables ahora a la regresión nacionalista como nunca antes desde la II Guerra Mundial.

La que en su día fue esa implosión de la burbuja financiera que estalló en 2008 al otro lado del Atlántico, pronto cruzó ese charco para hacer estragos en las economías europeas. Se ha convertido hace ya tiempo en una crisis política, social e institucional con daños incalculables.

Nada de lo que nos ha pasado en estos últimos años puede ser entendido ni mucho menos resuelto sin constatar esa correlación objetiva de fuerzas conservadoras, escoradas como nunca a la derecha, que ha impuesto en toda la UE no sólo la política que hemos visto fracasar, sino su acompañamiento ideológico y su relato o story telling: la insufrible pretensión de que "no hay alternativa" a esta catástrofe social causada por los recortes, la trituración de los derechos y el continuado ascenso de las desigualdades.

Un diagnóstico falaz -no producto de un error, sino deliberado- y una estrategia disparatadamente contraproducente y procíclica ante la crisis han producido, en efecto, un estrago social, como si sus damnificados fueran "daños colaterales" con los que convalidar los sufrimientos causados a tantas y tantas personas. Todo ello ha servido a la derecha dominante en las instituciones europeas como excusa para embarcarse en una ofensiva "desacomplejada" contra el modelo social que, a la vista de todos, amenaza con demoler los logros de sesenta años de proceso europeo.

Hoy todos sabemos que esta crisis no fue la consecuencia del "derroche fiscal" de los Estados ahora asfixiados por las dificultades. No. Esta crisis es la consecuencia de la desregulación de la economía financiera y del correlativo endeudamiento privado. Es consecuencia inexorable de la apoteosis de las inversiones de riesgo en el ámbito financiero, de una Unión Monetaria lastrada por sus defectos congénitos (la ausencia de un Tesoro Común) y una política fiscal cada vez más regresiva e injusta, diseñada para impedir la aseguración de la sostenibilidad del modelo europeo en lo social, en lo económico y en lo medioambiental.

Millones de progresistas europeos hemos sido, somos, y vamos a seguir siendo, europeístas convencidos a pesar de este paisaje. Hemos apoyado Europa como comunidad de valores, ciudadanía y derechos. Motor de equilibrios y grandes pactos sociales. Proyecto con un horizonte de "unión cada vez más estrecha", dando respuesta a retos que trascienden las fronteras nacionales. Pero ello no implica aceptar una lógica, un lenguaje y un marco de discusión fabricado a la medida de los intereses más conservadores en la batalla que libramos. Bajo esa hegemonía la idea del modelo europeo como modelo social de transferencia solidaria de rentas y oportunidades entre los Estados miembro y las generaciones vivas ha acabado arrinconado.

Tenemos una responsabilidad histórica, como otras veces la hemos tenido en nuestra larga andadura, porque hay que enderezar el rumbo no sólo para luchar contra la crisis desde postulados distintos, sino para evitar el horizonte populista, nacionalista, eurofóbico, insolidario y antidemocrático al que se nos abisma. Un horizonte que entraña peligros que no están tan lejanos en la dolorida memoria de Europa. Para lograrlo es importante que se abra paso una nueva conciencia europea, un demos europeo despierto y dinámico, un espacio público europeo. Un esfuerzo de inteligencia creativa donde la intelectualidad, el pensamiento, el arte y la cultura desempeñen un lugar central.

Nada de lo que ha pasado modifica en absoluto nuestro compromiso con el proyecto europeísta, porque esta es nuestra identidad. Estamos aquí para decir que esto no ha sido casualidad, ni "culpa de Europa", tampoco.

En la campaña europea de 2009, nuestro relato no fue señalar a Europa como "cajero automático". Nuestro relato fue advertir que Europa ya estaba en 2009 en una encrucijada, y que corríamos el riesgo de bifurcar la salida de la crisis. Dijimos con claridad que Europa podía hundirse en una seria recesión y en una regresión profunda de los valores europeos, desatando egoísmos nacionales, autoprotección, populismos, etc... Y efectivamente eso hemos visto desatarse.

Muchos estamos aquí para decir que eso no ha sido culpa de Europa sino de la correlación de fuerzas conservadoras que impuso desde el minuto uno de la crisis un diagnóstico fallido y falso que nos dijo que el origen de la crisis era el déficit fiscal. Los españoles entramos en la crisis con superávit fiscal. Ahora sabemos que el origen de la crisis fue la desregulación financiera y la desvergüenza de los que se enriquecían con ella, el sobreendeudamiento de las instituciones financieras. Como consecuencia de ese diagnóstico mentiroso, se nos impuso una estrategia que se ha mostrado dramáticamente fracasada: es una realidad empírica: no hemos salido de la crisis y han aumentado las desigualdades.

Nos hace falta más gobierno económico, pero vinculado a una profunda reforma institucional democrática que sea capaz de movilizar a la ciudadanía en torno al proyecto europeo. Hay que acabar con ese plazo de imposible cumplimiento de reducción de déficit; cambiar el papel del BCE, y que el pacto fiscal no consista sólo en controlar y recortar presupuesto desde la Troika de Bruselas, con un nuevo pacto fiscal para mantener el modelo social europeo. Ese pacto fiscal requeriría también mutualizar razonablemente la deuda de los países con dificultades, exigiendo un sacrificio a aquellos países que han mejorado su posición relativa con la crisis.

Hemos hablado también de las necesarias reformas políticas e institucionales. Incorporar más democracia. Iniciativa ciudadana; asegurarle al Parlamento Europeo iniciativa legislativa; vincular el mandato del presidente de la Comisión y del Consejo a la investidura parlamentaria y vincular el marco financiero al ciclo del mandato parlamentario, para que los ciudadanos sepan que cuando votan están decidiendo la correlación de fuerzas que va a decidir la designación de los recursos y la equidad en la distribución de la carga tributaria.

Y hemos conversado asimismo sobre la Europa social, que es nuestro vector más distintivo. No podemos hacer una política de espaldas a la gente.

Por último, se ha hablado del Partido Socialista Europeo. Ese partido socialista federativo capaz de fijar posición en el escalón europeo. Ese partido es una necesidad imperiosa. Y la cita es 2014.

Tenemos que revelar y comunicar la alternativa, haciendo posible que exista una opinión pública europea. Tenemos que movilizarnos de cara a 2014.

La solución no se encuentra en el nacionalismo. Ser europeísta es una elección racional que nos dice con toda claridad que tenemos que combatir el instinto regresivo de los nacionalismos en Europa.

Pero el principal enemigo a batir no es otro que el pesimismo. Los jóvenes han sido instigados al pesimismo. La ocasión es nuestra y el tiempo no nos espera. Reeuropeizar Europa es una urgencia, y decir con claridad que Europa no es sólo Alemania. Tenemos tarea por hacer contra la lectura egoísta, cortoplacista y mezquina que del interés nacional alemán viene perpetrando Merkel.

Por eso tenemos que poner toda la carne en el asador, pensar, dialogar, innovar, osar. Como hemos intentado hacer este fin de semana en Madrid, y vamos a seguir haciendo.

A todo lo largo de este año 2013, haciendo frente al mismo tiempo a la regresión nacionalista y al pesimismo que pretende, todavía a estas alturas, de espaldas a toda esperanza, decirnos que "no hay alternativa" frente a los hombres de negro.

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