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El antídoto contra el pesimismo

10/04/2013 08:17 CEST | Actualizado 09/06/2013 11:12 CEST

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Cuanto peor se ponen las cosas, más arrecia la campaña de sustitución de la realidad por una hojarasca de propaganda y falseamiento selectivo. Un cóctel de ocultación, silencios, incomparecencias, mentiras retrospectivas y de todas las demás clases caracteriza el estilo de comunicación del Gobierno del PP. Y ello se acentúa a medida que la legislatura avanza sin indicios del milagro. Porque es así, como un milagro, como se reverberaría el menor repunte de crecimiento, por raquítico que sea, después de tanta recesión, empobrecimiento masivo, despidos baratos y aumento de la desigualdad y la exclusión social.

La alegación de perjuicios contra la marca España se agita como cortina de humo para contraatacar a cualquiera que ose posar la vista sobre las malas noticias: trátese del rebrote de la tensión territorial, trátese de la secuencia de autos de imputación y recursos del fiscal (¡¡!!) en el caso Urdangarín. Un uso que, no se olvide, investiga una trama de corrupción contra el dinero público perpetrada por y desde instituciones saqueadas por el PP. Pretende el Gobierno que "no es bueno para la marca" que, en un antes y un después, "un miembro de la familia real sea llamado a declarar" asistido de abogado y con todas las garantías -léase, como imputado-, tal como sucede a diario en los juzgados de España. Lo que desde luego no es bueno para España es el aroma que despide un paisaje político en el que administraciones gobernadas por personas del PP y sus mayorías absolutas -Madrid, Palma, Baleares, Valencia y Comunidad Valenciana- se hayan deshecho de millones y millones de euros sin ningún control y sin otra contrapartida que una foto figurona con alguien que no exhibía más mérito que el de ser yerno del Rey.

"España no es Portugal". Esta es la última consigna del equipo médico habitual de propagandistas del PP. La situación del país vecino es ciertamente dramática, aún cuando quepa apreciarse la pujanza de una oposición cívica, parlamentaria e institucional (el Tribunal Constitucional portugués) cada vez más exigente en su valerosa defensa del modelo social. Resulta ofensivo escuchar a los portavoces del PP despachar hipócritamente esa "diferencia" aduciendo que los recortes de Rajoy nos han "salvado" de ese abismo. No es verdad: de hecho, han mimetizado y exponenciado ese mismo siniestro recetario de la Troika -en Portugal, en España, en Chipre o en toda la UE- que ha hecho que la imagen de Europa se hunda y se identifique como nunca con la de los hombres de negro.

La contrarreforma laboral del PP ha triturado ya 700.000 empleos: no ha frenado la destrucción de empleo: la ha espoleado con la multiplicación de los despidos baratos; y abona un terreno, todavía infértil, para una venidera cosecha de empleos precarios, infrarretribuidos y carentes de derechos sociales. Las magnitudes bajo lupa -el déficit (7%, 10% si contamos con las ayudas a la Banca), la deuda (87%), la prima de riesgo (360 puntos) y la cuantía exacta del crecimiento negativo, el 1,5% PIB (es decir, la recesión)- empeoran invariablemente no sólo las previsiones oficiales del Gobierno sino el de su corifeo de altavoces propagandísticos. La Comisión Europea desmiente una y otra vez a Montoro, desnuda sus tretas y vuelve a alertarnos con palmaditas en la espalda para que perseveremos en esta ruta al desastre.

Mientras estamos en lo que estamos, el país se refocila en esta agotadora espiral de noventayochismo: prestamos más atención a Urdangarín o a Bárcenas que a la sangrienta e interminable guerra civil en Siria o a la amenaza cierta de una guerra nuclear entre las dos Coreas (¡¡!!), en medio de un clima asfixiante y de pesimismo a raudales, singularmente exasperante entre las generaciones jóvenes.

Debatí hace pocos días con estudiantes universitarios en el Aula Magna de la Universidad Carlos III de Madrid. El acto resultó estimulante, pero fue impactante el europesimismo instalado entre los jóvenes universitarios respecto al futuro de España dentro de la Unión Europea. Algunas intervenciones cuestionaban abiertamente nuestra continuidad en el euro, e incluso en el propio proyecto europeo cada vez menos identificado con sus valores fundantes.

La respuesta ante tanto malestar no puede ser, sin más, ni la exasperación, ni el acoso, ni el escrache, afecte a quien afecte, porque acabaremos todos pagando el derrumbamiento de nuestra convivencia, faltándonos al respeto no ya al que piensa distinto, sino a nuestro vecino, y de ahí a nosotros mismos, como vengo sosteniendo.

La respuesta no puede ser tampoco una salmodia acrítica de europeísmo inercial. No. Debe ser una protesta altereuropeista y reeuropeizadora. Ni una "Europa alemana" (Ulrich Beck) ni una "Europa, a la carta", ni una Europa decidida en círculos intergubernamentales, divorciada de su modelo social y de espaldas a toda legitimación basada en lo que los ciudadanos quieran o estén dispuestos a soportar.

La respuesta no puede ser tampoco el abatimiento, la deserción o el pesimismo. Pero el antídoto contra el pesimismo no es la propaganda, ni la ocultación, sino la movilización, racional y democrática, de un cambio de voluntad. Pasa por el debate, pero exige voluntad para salir de este agujero juntos y en otra dirección.