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El populismo visionario y el "olvidado siglo XX"

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Parafraseando a Groucho -"perdonen que no me levante"-, me perdonarán que no me sume al coro atronador de elogios encomiásticos y seguidistas que se ha desatado a propósito del impactante resultado electoral (25% de los votos) cosechado por el Movimiento 5 Stelle liderado por Beppe Grillo en las elecciones italianas del pasado 24 y 25 de febrero. De hecho, me cuento entre los que asumen esos resultados con una preocupación que me reafirma en mi compromiso con una reforma profunda y seria de la democracia representativa y participativa. En España, como en otras latitudes, nuestra democracia herida se encuentra dolorosamente aquejada de una alarmante fatiga de materiales.

Tras ganar las elecciones, Pier Luigi Bersani, candidato de la izquierda a la presidencia del Consejo, calificaba la situación en Italia de "dramática". A pesar de haberse erigido -superando enormes dificultades económicas y mediáticas frente al Berlusconismo- como primera fuerza política del país (30% de los votos), el PD y sus aliados (domicilio aglutinante de los progresistas y heredero del legendario Partido Comunista Italiano) han sido testigos del inquietante resurgimiento del personaje Silvio Berlusconi, con más del 29% de los votos. Y han visto cómo la exasperada protesta populista que vocifera Beppe Grillo ha pasado a convertirse en receptáculo de más de ocho millones y medio de votantes, más del 25%.

En los últimos días, en toda la prensa europea hemos podido leer innumerables análisis en los que los más sesudos opinadores se esfuerzan en explicarnos cómo buena parte de los italianos ha otorgado su apoyo al hombre más rico de Italia, magnate mediático, multiprocesado por corrupción, con una acumulación de procesos penales por delitos no sólo económicos y fiscales, e investigado también por incitación a la prostitución con menores, y con un discurso repleto, por enésima vez, de promesas incumplidas, mentiras patológicas y engaños permanentes.

No menos arduo resulta analizar qué ha llevado a uno de cada cuatro votantes -en una sumatoria trufada de contradicciones internas, heterogeneidades y frustraciones obedientes a motivos muy distintos- a apoyar los aspavientos y gritos de una contestación exasperadamente populista frente a tantos malestares distintos. El receptáculo de esos votos se muestra, al día siguiente, vacío de proyectos, ayuno de propuestas, incapaz de aportar soluciones. Se consume en su cariz netamente antipolítico y, por lo que ahora se ve, rabiosamente antieuropeo, en el que no hay cabida para el razonamiento sino para el insulto y la estigmatización de la "casta" como chivo expiatorio de un cabreo general en el que, en realidad, anidan millones de cabreos distintos.

En la campaña electoral, la política italiana ha superado todos sus registros históricos de problematicidad. Pero algo llama la atención: Bersani, superviviente de un proceso de primarias abiertas en el que votaron tres millones y medio de italianos, se dispone al día siguiente del resultado de las urnas a conformar un Gobierno sin concesiones a la demagogia, desde una actitud personal humilde y nada propensa a la jactancia ni a la mediopatía, concitando una estrategia consensual y desde un programa serio, reformista y realista, con la prioridad absoluta de reorientar la UE hacia el crecimiento y la creación de empleo, especialmente el juvenil. Aspira así a romper la hoja de ruta suicida impuesta por Merkel y la derecha europea en su desastroso y abyecto manejo de la Gran Recesión. Lo cierto es que todo parece indicar que está solo en ese empeño, al albur del arbitraje del prestigioso, pero ya saliente, presidente de la República, Giorgio Napolitano. En esta secuencia italiana se afirma, con casi un total de 55% de electores, la bifurcación de la marea populista que viene sacudiendo Europa. Corrosiva, atiborrada de promesas imposibles de cumplir, sofocante en su presencia en parrillas televisivas y en el ardor que diariamente incendia las redes sociales, y practicada ahora en carriles asintóticos por Berlusconi y por Grillo, que son quienes, paradójicamente, tienen en sus manos la llave no ya de la "estabilidad" y "gobernabilidad" de Italia, sino de su entero futuro como país fundador y cuarta potencia común de la UE.

Por lo que le hemos oído, los grillini -un contingente heteróclito, carente de compromisos públicamente exigibles en una dación de cuentas ante la ciudadanía, la misma que les ha votado- han rechazado toda opción de sentarse siquiera en la mesa negociadora con Bersani, a quien el propio Grillo despacha despectivamente como un muerto que camina. A pesar de la mano tendida y de los razonamientos ofrecidos por Bersani, el iluminado líder del Movimiento 5 Stelle opta por no asumir ninguna responsabilidad.

A pesar de ser ahora la referencia visible de la tercera formación, actúa con la misma convicción de estar siendo el conductor de una fuerza desatada e irrefrenable en la historia con la que actuaron un día los delirantes visionarios que condujeron a Europa a su peor catástrofe en la primera mitad del siglo XX. Toda su estrategia consiste en culpar de todos los males a una clase política estigmatizada sin más, como chivo expiatorio de su demonización, coartada al parecer en sí misma suficiente para no participar en la formación de Gobierno ni proponer alternativas a las por él denominadas "políticas caducas".

Lamento tener que refrescarlo, pero son demasiadas las resonancias y los ecos de este tipo de discursos con lo que recordamos de aquellos grandes demagogos que, en el "olvidado siglo XX" (Tony Judt) condujeron a las "masas" desde el descontento y la náusea frente a la "decadencia" del parlamentarismo "rancio" y "periclitado" hacia la más opresiva negación de la libertad y la ciudadanía en toda la historia de Europa.

Me perdonarán que no me encuentre entre quienes celebran este cuadro de situación como si fuera la promesa de un amanecer dorado (marca de los nazis griegos). No espero nada de esa insultante demagogia vociferante y nihilista, que aspira a autoerigirse en el flagelo de Dios y cuyo éxito únicamente ha consistido en recoger el testigo del hastío y la impotencia de un país ahogado en la crisis y en los escándalos de corrupción financieros y políticos, pero verdaderos motores de la exitosa marcha de los grinilli sobre Roma.

Y todo con el ensoberbecimiento de quien se cree llamado a liberar a las masas haciendo subir al patíbulo, al cadalso o al linchamiento a quienes todavía pretendan la osadía de razonar y argumentar acerca de las injusticias, ciertamente insoportables, que se nos está haciendo sufrir, en lugar de abandonarse sin más a la demolición purificadora del fuego de la antipolítica y del resentimiento contra esos mismos desafueros que deben ser combatidos con algo más que con injurias, descalificaciones, "¡todos iguales!" o "¡y tú más!"