BLOGS

Krahe, los referendos y los poemas del fracaso

17/07/2015 07:18 CEST | Actualizado 17/07/2016 11:12 CEST

Cualquiera que haya disfrutado alguna vez de un concierto en vivo de Joan Manuel Serrat o de Joaquín Sabina -por poner sólo un ejemplo de mitos transtemporales-, o alguna de las veladas de su inolvidable gira juntos, conservará como yo en su retina la magia de asistir a un estadio repleto de miles de personas pertenecientes a generaciones distintas y hermanadas al unísono en la entonación de estrofas enteras de los poemas cantados que hicieron los mejores años de la transición en la, hace 30 años, amaneciente democracia. Apenas un compás de silencio de la orquesta nos permitía escuchar aquel coro atronador por el que miles de voces recitaban a capela los poemas musicales de los mejores años para millones de vidas.

Ese y no otro, es el espíritu, el ánimo colectivo, que llora hoy a Javier Krahe, bardo genial y genuino, poeta del verbo "fracasar". Una de esas contadas personalidades irrepetibles e irreductibles. No sobra que recordemos ahora que Krahe fue uno de los últimos españoles en enfrentarse a un proceso penal por una acusación basada en un tipo tan discutible como obsoleto: el de "blasfemia" u "ofensa a los sentimientos religiosos" (art. 525 del Código Penal)... por cocinar un Cristo en una aparición en TVE.

Aquel momento sardónico coloreaba el retrato con que hizo época en la legendaria Mandrágora, a finales de los años 70, junto a Joaquín Sabina y Alberto Pérez, y luego historió el referéndum sobre las condiciones de permanencia en la OTAN en 1986 (no de "ingreso": ya estábamos, desde 1982): "Hombre blanco hablar con lengua de serpiente"... en inequívoca estampa de su confrontación con el Gobierno socialista en la respuesta a la pregunta.

En infinitas ocasiones oímos decir a Felipe que convocar aquel referéndum había sido su "mayor error" en su larga etapa de gobierno (1982-1996). Nunca he estado de acuerdo. Independientemente de que lo hizo cumpliendo su propio programa electoral. Y lo ganó, no se olvide.

Un referéndum, es cierto, puede ser un error cuando el sabor de boca que deja es insatisfactorio desde la perspectiva de la clarificación de una cuestión polémica y divisoria, precisamente por no haber contribuido a apaciguarla sino a exacerbar las distancias entre los partidarios de un "sí" o un "no" tan binarios como simplificadores, para prolongar el conflicto en lugar de resolverlo.

Por análogas razones, no me sumo a las escuelas de pensamiento que denostan por principio la hipótesis de un referéndum. Pero me cuento entre quienes afirmamos con convicción que no es verdad que un referéndum sea de por sí un corolario máximo de "democracia real". Sobre todo si se le convoca y decide sin una auténtica campaña de formación de opinión, en uno y otro sentido, en el que todos los actores cívicos, sociales, políticos y culturales puedan participar en igualdad de armas y en expresión de pluralismo. De otro modo, lo probable es que la experiencia devenga en frustración diferida.

Vista la experiencia de culminación de nuestra propia experiencia de transición a la democracia con un referéndum de ratificación de la Constitución (6 de diciembre de 1978), en España ha fraguado ampliamente la percepción de que las grandes decisiones democráticas -en especial, las que revisten impactos constitucionales- deben ser coronadas con un veredicto popular de "sí" o "no" a vida o muerte.

Tendemos así a pasar por alto que la mayor parte de las democracias más prestigiosas de nuestro entorno nunca adoptaron por referéndum sus propias constituciones o leyes constitucionales, ni tampoco se votaron en consultas populares ninguna de sus reformas: EEUU, Alemania, Italia, Reino Unido... por resaltar algunos ejemplos de esta aproximación al poder deliberante de la representación.

Ejemplo de frustración, aún caliente en el tiempo, es el que nos brindan hoy las bases electorales del rotundo "oxi" griego del referéndum convocado y celebrado en 24 horas el pasado 4 de julio. El cabreo, la ira y las frustraciones cunden hoy aún más que ayer al conocer la prolongación de la respiración asistida con "estrictas condiciones" que achican de nuevo el espacio del debate democrático -que exige contraposición de opciones políticas plurales- en la UE y también, por consiguiente, el inquietante deterioro de la densidad democrática a escala nacional.

Por el momento, en la UE, y según el trilema de Rodrik, va perdiendo la democracia, si bajo ésta entendemos el debate sobre las opciones disponibles: una vez más, pasa aquí la imposición de una versión germanizada de la ideología TINA ("There is no alternative"), acendrada con los halcones de la financiarización: es gibt keine Alternative.

Apena recordar, ante este hecho, la insobornable puntería del humor ácido y resistencial de tipos como Javier Krahe, clavados en nuestra memoria por los años que nos quedan.

MÁS SERIES