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Obama: mirada española

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En agosto de 2008 tuve la oportunidad -junto con mi compañero Juan Moscoso- de representar al PSOE en la Convención Demócrata en Denver (Colorado) que catapultó a Barack Obama a la Presidencia de EEUU en noviembre de aquel año. La impresionante sugestión entonces generada en torno a su innovador arquetipo de liderazgo carismático pervive todavía ahora, ocho años después, cuando está a punto de cerrarse su ciclo en la Casa Blanca: sabido es que la Enmienda XXII (1951) a la Constitución de EEUU de 1787 prohíbe a ningún presidente intentar más de una reelección, para evitar así que nada pueda volver a romper el precedente asentado por George Washington (primer presidente de EEUU) de autolimitarse a un máximo de ocho años, como lo había roto Franklin D. Roosevelt por vez primera en su historia, permaneciendo en el poder ¡durante 4 elecciones consecutivas! hasta fallecer en el cargo en abril de 1945.

Barack Obama suscitó en la opinión pública europea una ola de entusiasmo que desbordaba los moldes de expectación e interés con que habitualmente atendemos en esta orilla del Atlántico las presidenciales de EEUU.

No deja de ser paradójico que el mismo presidente de EEUU que ha servido a su país moviendo y girando el periscopio de intereses nacionales hacia Asia y el Pacífico con meridiana claridad, sea considerado el más europeo de todos. Como sucede con Woody Allen, la popularidad de Obama se ha mantenido en Europa muy por encima de la que se registra en el interior de EEUU. Así se manifiesta en España no solo con el aprecio a la obra del genial cineasta neoyorquino sino también con la figura y legado del primer presidente de origen afroamericano de la historia de EEUU.

Si se repasan con rigor las ensoñaciones y promesas que acompañaron su campaña hacia la Presidencia (superar la confrontación bipartidista entre Republicanos y Demócratas reuniendo a la ciudadanía estadounidense dentro de "una sola América", "cerrar Guantánamo", "restablecer" la imagen dialogante de EEUU en Oriente Medio tras la presidencia de G.W. Bush...), se concluirá fácilmente que nada ni nadie puede colmar las expectativas cuando se sitúan tan alto. Obama fue galardonado con el Nobel de la Paz de 2010 en un gesto preventivo y anticipatorio de estímulo a sus propósitos proclamados, pero notoriamente desvinculado de sus merecimientos entonces y, luego, del pragmatismo mostrado ante sus patatas calientes: su frío y calculador distanciamiento del Gobierno ultraconservador de Netanyahu en Israel, la indefinida postergación de su promesa en Guantánamo, su Acuerdo nuclear con Irán... (con gran enfado de Israel) y su desinhibido recurso a los drones y a "los ataques selectivos" (incluyendo la eliminación física de los líderes de Al Qaeda y de Yihad en la región) -pasando por la orden ejecutiva de liquidar a Bin Laden en Islamabad (Pakistán) y hacer desaparecer su cadáver sin informar siquiera al gobierno pakistaní, ponen de manifiesto los claroscuros en su caso de lo que desde Max Weber llamamos ética de las responsabilidades.

A sus propias hechuras más dadas a la sobriedad de lo que es habitual en la grandilocuencia de la política espectáculo que campea desde EEUU, Obama ha incursionado con inteligencia en todos los registros de una presidencia galáctica.

Con todo, su popularidad y sus índices de aprobación en Europa se mantienen por encima de los que concita en casa, tronchada como aparece la política de EEUU por un faccionalismo cainita que poco tiene que envidiar al de nuestras latitudes europeas, visto como está el patio de la confrontación interpartidaria en Reino Unido, Francia, Italia o España...

Pero en el mandato de Obama sobresale ahora con luz propia su reforma sanitaria (Obama Care), por más que disminuida en el trámite legislativo, y validada por la histórica sentencia del TS firmada nada menos que por el Chief Justice John Roberts (un conservador nominado por el Presidente Bush II); la apertura a ¡Irán y Cuba!; la apuesta decidida por el matrimonio igualitario (asimismo validada por sentencia del TS redactada por el juez Anthony Kennedy, ¡que fue nominado por Reagan!); la apertura a la protección judicial de los europeos en materia de protección de datos en reciprocidad respecto de la tutela que los ciudadanos de EEUU obtienen de los Tribunales de los EE.MM de la UE (el llamado Privacy Shield Agreement, firmado este 12 de julio). Y sobre todo un estilo (-un talante, sí, un talante-) de comunicación política, respetuoso y elegante, alejado de las confrontaciones y de la crispación con que se le ha hostigado por parte de tantos sectores cada vez más agresivamente reaccionarios de la polarizada sociedad de EEUU: Tea Party, los Birthers (esto es, los negadores de la legitimidad de Obama como presidente de EEUU bajo la alegación de que "no nació en Hawái" sino "fuera de EEUU" puesto que su padre fue un inmigrante keniano...), la Fox, y, a la postre, ese populismo que ha aupado al magnate Donald Trump en su carrera por la nominación del Grand Old Republican Party.

Pero a sus propias hechuras más dadas a la sobriedad de lo que es habitual en la grandilocuencia de la política espectáculo que campea desde EEUU, Obama ha incursionado con inteligencia en todos los registros de una presidencia galáctica: desde el discurso siempre esculpido por brillantes speechwriters y leído en teleprompter hasta la diplomacia de la primera dama ¡e incluso de sus hijas y su suegra!, pasando por el humor en la gala anual de los periodistas y por el baile en pareja en prime-time y Late Shows. Obama se ha revelado como un maestro en técnicas de comunicación sólo entendibles en el contexto intransportable de ese presidencialismo imperial que premian los americanos y que tanto suele repeler a buena parte del público que en Europa piensa todavía la política -y quizá ahora con más fuerza- en clave parlamentaria: cuentan los votos y escaños todavía más que el carácter, el empaque o el relato personal.

No solamente en España vamos a echar de menos la presidencia de Obama si, como amenazan los pronósticos que vienen de un tiempo a esta parte cumpliendo sin piedad la Ley de Murphy, votación tras votación (Brexit de R.U incluido), Donald Trump abre paso al energumenismo faltón, populista sin escrúpulos, groseramente divisorio, xenófobo y ofensivo, hasta situarlo en el mástil de la Presidencia de los EEUU.

Una cosa es segura en caso de que Trump consiga llegar a la Casa Blanca: veremos la diferencia con Obama. La vamos a notar. Incluso quien todavía persiste en el mantra fácil de que "ya no hay diferencias" entre opciones progresistas respecto a las conservadoras. ¡Vaya si lo notarán! ¡Vaya si lo notaremos todos!