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Pongamos que hablamos del Partido Socialista Francés

18/05/2017 07:28 CEST | Actualizado 18/05/2017 11:09 CEST

JFLA

Vaya por delante que, como socialista, extiendo mi solidaridad a los socialistas franceses que lo están pasando mal. La segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas completa la secuencia del ballotage (sistema de doble votación, en un lapso de 15 días) que distingue el sistema electoral que decide la Presidencia de la República en Francia.

No me sumo al corifeo de comentarios encomiásticos que celebran que "ha ganado Europa" ("L'Europe a gagné!") frente a la rabiosa eurofobia de Marine Le Pen, el Front National y la ultraderecha francesa. No celebro que, de un tiempo a esta parte, la competición electoral achique espacio, una y otra vez más, para arrinconar y excluir a la izquierda progresista con la que me he identificado toda mi vida adulta.

Hace ya unos cuantos años que suenan todas las alarmas de una redefinición de los paisajes políticos que -a rebufo de la crisis que se desató en 2008 y de su pésima gestión- nos conmina a decidir entre una derecha liberal (pudorosamente revestida de "centro liberal" o incluso "socioliberal"...) y la extrema derecha.

Una viñeta de El Roto en El País lo describía magistralmente: "si no votáis a la derecha... ¡vendrá la extrema derecha!". Ni me sumo al regocijo ante este ajuste de cuentas contra la socialdemocracia y su contribución a la construcción europea que, elección tras elección, la arroja del cuadrilátero después de "besar la lona"... ni puedo hacerme a la idea de que la resignación la incite a arrojar la toalla: "Ce Parti Socialiste est mort!", ha certificado, lacónico, Manuel Valls, quien nada menos ha sido hasta antes de ayer ¡Primer Ministro de Francia con el Partido Socialista!

Ciertamente hay desafíos que acucian a la socialdemocracia cuya respuesta bascula de un giro al timón político de alcance paneuropeo: la respuesta progresista a la globalización (plantar cara al "¡sálvese quien pueda!", y a la incitación del miedo y a la retórica del odio y de su explotación política por los populismos de un signo u otro); y regular -con reglas, y con valores- los mercados financieros y el comercio global. Y hacer frente a la revolución digital y a la robotización... Son estos retos que requieren de una actitud renovadamente progresista que no tenga miedo al cambio, sino que lo lidere. Capaz de relanzar la promesa de una sociedad más justa que lucha contra la fuente primera de la injusticia, que sigue siendo, como siempre, la de la desigualdad.

La lección francesa es meridiana: si no aprendemos a vivir y gestionar las primarias no volveremos a merecer la confianza mayoritaria que nos devuelva el Gobierno, ni volveremos a ser creíbles, ni admirables, ni queribles, ni por tanto votables.

Pero hay otros desafíos endógenos, más locales, que requieren respuestas circunscritas a los debates internos de los atribulados Partidos Socialistas de los Estados miembros (EEMM) de la UE.

Uno de ellos -prioritario, urgentísimo-: superar la actual y destructiva división que conduce al faccionalismo cainita y a la acumulación fratricida de ajustes de cuentas intestinas, que mutilan y empobrecen a las formaciones socialistas y amenazan con reducirlas a cotas nunca conocidas de irrelevancia e inanidad, rayana en la imperdonable autolisis, tendencialmente suicida.

Y un segundo desafío: debemos aprender a gestionar las primarias, que están ahí para quedarse. No cuestiono la decisión directamente electiva por todos los militantes. Pero no debemos consentir que una herramienta diseñada para generar y multiplicar la movilización de atención, simpatía e interés por el debate socialista, y para la sumatoria de apoyos electorales futuros, derive en una espiral de destrucciones mutuas, en la que los perdedores no conceden la victoria de quien quiera que la gane, y que es abandonada a su suerte al eventual ganador/a para apostarse a "esperarle" a la vuelta de la siguiente esquina.

La lección francesa es meridiana: si no aprendemos a vivir y gestionar las primarias como una conversación regida por el reconocimiento mutuo y por el fortalecimiento de la integración resultante de una competición legítima por el liderazgo, no volveremos a merecer la confianza mayoritaria que nos devuelva el Gobierno antes de que sea ya tarde, ni volveremos a ser creíbles, ni admirables, ni queribles... ni, por lo tanto, votables.

Pongamos que hablo del Partido Socialista Francés.

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