BLOGS

Rescatar la democracia: política a contracorriente

03/10/2012 09:13 CEST | Actualizado 02/12/2012 11:12 CET

2012-10-02-20121002090656080LopezAguilar.jpg

Es cierto que las manifestaciones del 25 de septiembre han conseguido romper los telediarios de medio mundo, en una convocatoria orientada a "rodear el Congreso". Interpelado sobre ella en distintos foros exteriores, he asumido sin ambages la gravedad de la situación y la contundencia del mensaje. La estampa de España en la prensa extranjera es, sin ocultación posible, preinsurrecional. La magnitud de la protesta traduce la exasperación de millones de españoles ante la palmaria injusticia en el reparto de los costes y de los sacrificios impuestos por el abyecto manejo de la crisis que les han venido imponiendo sin miramientos Merkel y la hegemonía conservadora en el Consejo de la UE.

He escrito hasta la saciedad que esa desastrosa política, además de injusta, no está funcionando: la disparatada dieta de austeridad recesiva ni nos está sacando, como todavía pretenden, de la crisis, ni está tampoco mejorando las malheridas variables macroeconómicas que describen el mal estado del paciente. No es la estrategia ni es la receta que la economía europea necesita.

Pero aún más importante resulta que no sea tampoco la política que los europeos -y en primera línea de las movilizaciones, los ciudadanos españoles- están dispuestos a aceptar. Resulta simplemente intolerable que desde una concepción despótica y supuestamente tecnocrática se nos estén imponiendo empecinadamente recortes draconianos y "ajustes" crudamente darwinistas; sin pestañear siquiera ante el sufrimiento social que cada hachazo genera, sin contemplación alguna ante los cientos de miles de puestos de trabajo que cada vuelta de tuerca a los intereses de la deuda destruye sin remordimientos.

Es incontestable, pues, que la injusticia desatada por la enloquecida ceguera de los gobiernos europeos ante el dolor y la desesperanza que sus opciones ideológicas están desencadenando resulta no sólo insoportable sino que exige un giro radical, en toda regla, en la política y desde la política.

Dicho esto, no puedo sino condolerme, desde la tristeza interior, por la deriva antipolítica que quiere enfrentar la "ira de la multitud" en la calle con un Parlamento plural que ni representa ni encierra en su interior un todo homogéneo o indistinto, sino a una sociedad en que laten opciones y alternativas enfrentadas y en conflicto.

Me mueve sobremanera la misma indignación que a millones de españoles ante el balance imparable de desigualdades crecientes y ante la abrupta ruptura de las frágiles hebras de la solidaridad intergeneracional y del pacto de rentas que debería dar lugar a una redistribución equitativa de cargas que hoy brilla clamorosamente por su ausencia.

Me subleva la retórica reaccionaria de que hace gala Rajoy, con inaudito desparpajo, cuando les ajusta las cuentas a los "que se manifiestan" contraponiéndoles a quienes no lo hacen, como sí éstos, sin más, pudiesen caricaturizarse como una "mayoría silenciosa" acomodada en el silencio de los corderos o en la paz de los cementerios.

Me hierve en las venas el mismo hartazgo y hastío de tantos miles de españoles ante quienes se niegan a abordar un debate serio y profundo -desde la Constitución y para su revisión a fondo- que abra paso a la reforma impostergable del sistema electoral, parlamentario y autonómico, hacia el federalismo, con el argumento manido de que "no es el momento". Porque desde su visión ultraconservadora de una Constitución irreversiblemente envejecida "nunca es el momento",... aún a riesgo de que "llegue el momento" en que sea demasiado tarde para rescatar del naufragio ningún resto de la transición.

Pero con la misma pasión y perseverancia con que combato en el Parlamento Europeo desde hace más de 3 años una gestión catastrófica y perversa de la crisis que la ha hecho interminable, e inaceptablemente injusta, debo defender la vigencia moral de la democracia constitucional en España.

Ya sé que en este momento es nadar a contracorriente, con fuerte marejada en contra, sostener la necesidad de reformar a fondo una Constitución ya vieja desde el respeto a las reglas de la Constitución, ya vieja y hacerlo desde el respeto a las reglas de la Constitución, vista la preponderancia de la indignación en la calle y de una cacofonía de zafarranchos nacionalistas, y tensiones egoístas a gritos de "sálvese quien pueda" ante el naufragio del Titanic de la autoestima de España. Esta estampida arriesga confundir el aliento de una marea constituyente con el vendaval destructivo de la demagogia y de la antipolítica.

Vengo sosteniendo desde hace tiempo que es improrrogable abordar un debate corajudo para encarar, sin tabúes ni concesiones al pánico, una revisión constitucional marcada por la estatura de la gravedad del envite.

Pero ese objetivo histórico no es compatible, sin más, con "que se vayan todos". Como si esos "todos" fueran "iguales" o incluso "el problema". Como si los políticos fuéramos nuestro "único problema" y "acabar con la política" fuera una solución.

Otra política, otra forma de hacerla y desde luego otra Europa, son los términos de una ecuación que no podemos despejar ni a gritos, ni a base de cargas de policía contra quienes ejercen su derecho a estar furiosos, ni difamando en la red, ni insultándonos sin freno en el anonimato de Internet.

Retomar la Constitución, con una revisión a fondo que restituya dignidad a una democracia herida, y cambiar la orientación de la construcción europea. Y eso va a requerir política y mejores políticos.

ELECTRIFY THE WORLD