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Sí, Canadá es un modelo

01/03/2017 07:00 CET | Actualizado 02/03/2017 07:55 CET

JFLA

Durante el último Pleno en Estrasburgo del Parlamento Europeo (PE), tuvo lugar no sólo la aprobación del Acuerdo Económico y de Comercio entre la UE y Canadá (CETA, por sus siglas en inglés), sino también el importante Acuerdo de Asociación Estratégica entre la UE y Canadá (SPA, por sus siglas en inglés), cuyo Capítulo V se concentra íntegramente en reformar la cooperación policial y judicial y el intercambio de información en la lucha contra la criminalidad grave transnacional y el terrorismo, y la cooperación en materia de inmigración y protección de refugiados.

Muchos europeos admiramos en Canadá un modelo visionario. Sí, la federación canadiense es, en efecto, un modelo de integración de las diferencias y de la diversidad de gestión ordenada de flujos migratorios y de protección de refugiados y demandantes de asilo.

Canadá es, sin lugar a dudas, un referente mundial en su voluntad de erigirse y de construirse intergeneracionalmente como una sociedad abierta y multicultural, caracterizada por altísimos niveles de cohesión social y corrección de desigualdades, respeto a las diferencias consustanciales de su estructura social (un 30% de su población total de 35 millones nacieron fuera da Canadá, procediendo de alguna ola de inmigración y/o asilo), además de garantía de derechos y libertades, incluidos los derechos económicos y sociales que en la UE hemos estimado como los más distintivos de nuestro modelo social hasta la Gran Recesión que arrancó en 2008.

Así las cosas, es asimismo evidente que la llegada al Gobierno canadiense del primer ministro liberal (progresista) Justin Trudeau en 2016 -con un programa avanzado de bienvenida y recepción de refugiados sirios (incluido un numeroso contingente de yazidíes), además de incorporar sobresalientes compromisos de avance y profundización en materia de derechos (sociales, laborales, protección de minorías y lucha contra la discriminación)-, ha reforzado el contraste con su vecino del Sur (los EEUU de Donald Trump), cuya política cargada de odio al diferente implementada sin complejos en órdenes ejecutivas para la deportación de millares de personas que se encontraban residiendo en territorio estadounidense ha espoleado la presión migratoria procedente de EEUU sobre la extensa frontera longitudinal canadiense.

En un mundo atribulado por la amenaza reaccionaria y la tentación fascistizante, Canadá, multicultural y distinto, enseña con modestia su camino diferente a los europeos y a la UE.

Es cierto que Canadá disfruta de algunos rasgos únicos y por tanto intransferibles; para empezar, los derivados a su posición geopolítica: una enorme extensión de territorio (el segundo en el mundo), escasamente poblado (35 millones), impenetrable por su costa atlántica y pacífica (haciendo más improbable ningún flujo de "boat people"). Su única frontera terrestre es con los EEUU (más de 4.000 Km. de frontera), de modo que ha podido permitirse una política de integración, gestión bien ordenada y bien ejecutada de flujos migratorios y protección de refugiados que es un ejemplo para el mundo y un sobresaliente espejo de virtudes para los observadores progresistas de todo el orbe, y singularmente admirable para los europeos que combatimos contra las alarmas de involución en la UE. Esos valores resplandecen ahora, si cabe, con mayor potencia, cuando tanto en EEUU como en nuestra propia Europa soplan con fuerza los vientos del proteccionismo, del nacionalismo reaccionario y del populismo xenófobo que estigmatiza al diferente bajo la falsa e hipnótica criminalización de todo visitante extranjero como si fuera una amenaza contra nuestra seguridad.

Del 21 al 24 de febrero, tuvo lugar una delegación de la Comisión de Libertades, Justicia y Asuntos de Interior del PE, de la que he tenido el honor de formar parte junto, entre otros miembros, a los eurodiputados españoles encuadrados en las filas del PP (Agustín Díaz de Mera) y del Grupo liberal ALDE (Maite Pagazaurtundúa). Tuvimos ocasión de sostener interlocución, directa en Ottawa y en Ontario, con sus representantes de la sociedad civil, ONGs, instituciones federales (Gobierno Federal y Parlamento en Ottawa) y nacionales (Ontario), directamente implicados en la gestión y ejecución de una política basada en el reconocimiento del Derecho Internacional Humanitario (la protección de refugiados y demandantes de asilo) como un activo indispensable del Derecho Constitucional federal y provincial canadiense. Pero también, y sobre todo, de la contribución positiva que inmigrantes y refugiados puedan efectuar en una sociedad requerida de población (contra el envejecimiento y el déficit demográfico de los afluentes nativos-canadienses), trabajo (el empuje y dedicación de los allegados de fuera), de innovación (inventiva y creación de valor) y de sostenimiento (por la vía de sus impuestos y cotizaciones sociales, y de retorno de las ayudas y asistencias recibidas) de modelo canadiense de integración y bienestar.

Quienes participamos en esa Delegación de la Comisión LIBE dejamos constancia no sólo de nuestro interés activo por el modelo canadiense, sino de nuestra apreciación y admiración de sus bondades contrastadas, con partenariado y financiación público-privados (public-private sponsorship): combinando programas y consignaciones presupuestarias federales y provinciales, y enfatizando la formación (idioma inglés, capacitación, entrenamiento para el trabajo y formación para la integración), Canadá se erige globalmente como un modelo avanzado, inteligente y provechoso para todos sus actores. Su rasgo más distintivo reside, sencillamente, en una mirada positiva a la contribución de los recién llegados (new comers) al amejoramiento y fortalecimiento de Canadá en su conjunto, relanzando de continuo la promesa canadiense.

Canadá merece respeto. Y vale la pena observar que en un mundo atribulado por la amenaza reaccionaria y la tentación fascistizante, este país inmenso, multicultural y distinto, enseña con modestia su camino diferente a los europeos y a la UE, ante la que seguramente es en la actualidad su preocupación más determinante: una inmigración y una afluencia de demandantes de asilo y protección humanitaria requeridos como nunca de una mirada que no tema ni rechace la aportación del que llega creyendo todavía en Europa más que muchos europeos.