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La opinión desvertebrada

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Un elemento sustancial para la estabilidad democrática, allí donde la democracia existe, lo constituye la vertebración de las opiniones públicas. Sin que estas funcionen es imposible que el sufragio se ejerza en condiciones libres e igualitarias. Los medios de comunicación, la prensa libre e independiente, forman parte de la institucionalidad de las democracias representativas. Frente a la pretensión onírica de que los periodistas estamos fuera de palacio, la prensa moderna constituyó desde su nacimiento no tanto el cuarto poder como el cuarto estamento: se incluía y se incluye en el entramado y sostenimiento del régimen democrático, facilita el ejercicio del sufragio y en ocasiones actúa como un contrapoder necesario, pero siempre dentro del propio sistema, formando parte de él. No por casualidad las Cortes reunidas en Cádiz, casi dos años antes de proclamar la Constitución cuyo bicentenario celebramos ahora, se apresuraron, antes que nada, a emitir un decreto estableciendo la libertad de imprenta.

Durante la Transición española el papel de los periódicos y medios de comunicación fue esencial en la vertebración de esa opinión pública y en la elaboración del consenso ciudadano que facilitó el advenimiento y defensa de la democracia. Hoy el panorama de los medios en nuestro país es preocupante. A los efectos de la crisis económica hay que añadir los todavía no bien analizados de las nuevas tecnologías. En los últimos cinco años los diarios españoles han perdido más de un 12 % de su circulación y el mercado publicitario casi un 50 %. La mayoría de las empresas del sector, por no decir la totalidad, se han visto obligadas a abordar dolorosas restructuraciones que generan pérdidas de empleo muy considerables. Seis mil periodistas han perdido su trabajo en los últimos cuatro años. Al mismo tiempo que se hundían los precios de los activos, hemos asistido también a la desaparición de algunos medios que enriquecían el panorama de la opinión pública. No es esta una situación coyuntural. Nos encontramos ante un proceso de reconversión absolutamente necesario si queremos garantizar el futuro del sector. Ha sido tal el derrumbe de la actividad publicitaria que bien podemos sospechar que estamos tocando fondo, si no lo hemos hecho ya. Pero la mayoría de las empresas tradicionales de medios, y singularmente los diarios, mantienen estructuras de costes incompatibles con el nuevo entorno.

El reto más singular que enfrentamos proviene de la extensión de las nuevas tecnologías. ¿Cuál es el papel de eso que se llama precisamente medios en una sociedad progresivamente desintermediada? He escrito cientos de páginas sobre este tema y asistido a miles de horas de discusiones, conferencias, seminarios y congresos que abordan el asunto, por el que me preocupé en hora tan temprana como hace más de 15 años, cuando escribí el ensayo sobre La Red para el Club de Roma. Las tendencias allí apuntadas siguen siendo las mismas, pero aumentadas en la profundidad de sus efectos y en la rapidez de los mismos. Por referirme únicamente al sector mediático, podemos comprobar las dificultades que tienen las empresas tradicionales para atinar en su transformación digital. Las nuevas tecnologías constituyen una oportunidad para el desarrollo y enriquecimiento del conocimiento humano. El mundo de la información, la educación y el entretenimiento van a verse favorecidos por ellas y los usuarios perciben ya en gran medida la utilidad de las nuevas herramientas informáticas. Pero si no espabilan los principales protagonistas de esta liga no serán los de antes.

Cada vez cierran más publicaciones en los Estados Unidos, o eliminan sus ediciones en papel para concentrarse en la actividad en la red, mientras comienzan a escasear las librerías y desaparecen los quioscos. En España, más de siete mil han cerrado en los últimos años. La relación de los ciudadanos con la información que les interesa se ha modificado profundamente. En las sociedades avanzadas más de un 25 % de los lectores recibe las noticias a través de dispositivos móviles, teléfonos inteligentes o tabletas, y el proceso no ha hecho sino empezar. Estamos ante una transformación colosal, que entre otras cosas generará muchos empleos de perfiles distintos a los tradicionales, para los que en gran medida los profesionales no estamos adecuadamente preparados.

Como cualquier otra que triunfe, esta verdadera revolución, la única que mantiene el aprecio entre las nuevas generaciones, resulta además de prometedora, sangrienta. No causa solo víctimas en el personal y estupor en el entramado económico, sino que afecta directamente a los procesos de configuración de la opinión pública. La dificultad de discernir lo que es verdad y la mentira, la actividad de organizaciones clandestinas de todo género, desde servicios de inteligencia a grupos alternativos, dedicados a la desinformación en la red, propagar rumores infundados, destruir prestigios o difamar injustamente, la ingenuidad o futilidad de muchos usuarios individuales, lo vulnerable de los sistemas tecnológicos, la desprotección de la propiedad intelectual, la invasión del derecho a la intimidad, la globalización de los efectos de todo eso y la incapacidad de las leyes para regular y ordenar cuanto en la red sucede son ya hartos conocidas. Junto a las transformaciones que las empresas de medios estamos obligados a emprender, es precisa una reflexión sobre de qué forma se están configurando las opiniones públicas en un ambiente en el que el liderazgo de la sabiduría cede el paso demasiadas veces a la manipulación, el error o la vulgaridad.

Lo más curioso es que los medios tradicionales, tan dificultados para abordar el cambio digital, se han visto en cambio arrastrados por la banalidad que por la red circula. Entre las dificultades económicas y la rendición a las nuevas modas asistimos a un descenso en la calidad de los contenidos, muy visible en España con las honrosas excepciones de rigor. Los medios de comunicación deben, también ellos, recuperar su papel central y no ideológico en el debate político, contribuir al consenso y rehuir el populismo al que tantos parecen haberse entregado.

La sociedad digital supone un cambio copernicano en las estructuras emanadas de la industrialización, coetáneas de la fundación de las democracias liberales y de los medios de comunicación tal y como han llegado hasta nuestros días. Es imposible e inútil adoptar actitudes defensivas ante el cambio, por más que reconozcamos que nos obliga a una transición difícil y dolorosa. Nos encontramos ante una oportunidad formidable de construir una nueva sociedad, capaz de incorporar lo mejor de nuestra experiencia a las nuevas corrientes del comportamiento humano. Por otra parte es imposible predecir hasta cuándo y de qué forma van a perdurar los periódicos en soporte papel tal y como los conocemos. Yo espero que tengan larga vida, cualquiera que sea la evolución a la que estén obligados. Pero en cualquier caso los ciudadanos siempre necesitarán ese tipo de "gente que explica a la gente lo que le pasa a la gente". En palabras de Eugenio Scalfari, fundador y primer director del diario italiano La Repubblica esos son precisamente los periodistas.

En el actual marasmo político, el sectarismo creciente de muchos medios, impelido por su clientelismo ideológico, sus servidumbres financieras o las manías de sus responsables, desdice demasiadas veces de la obligación fundamental que la prensa tiene en cualquier país libre: una mirada independiente y plural sobre los acontecimientos, un riguroso respeto a los hechos, una comprobación adecuada de las fuentes y una comprensión del nuevo entorno en el que nos desenvolvemos. Las redes sociales, las manifestaciones callejeras, la millonaria acumulación de expresiones individuales y colectivas, constituyen un aporte formidablemente valioso para el funcionamiento de la democracia representativa. Pero cuanto más crecen más se echa a faltar el liderazgo indispensable en toda sociedad civilizada. A saber: aquella que lejos de resistirse al cambio es capaz de orientarlo y dirigirlo hacia los objetivos comunes de cuantos la componen. No estoy seguro de que la lectura de nuestros diarios, los escasos debates públicos que se organizan y el conjunto del ecosistema informativo en el que nos movemos satisfaga por el momento esas aspiraciones.

Tercera y última parte de la ponencia de Juan Luis Cebrián '¿Crisis? ¿Qué crisis?', en el Foro de la Nueva Comunicación. Puedes consultar aquí el primer y el segundo artículo.