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Solidaridad y compromiso

19/10/2012 12:10 CEST | Actualizado 19/12/2012 11:12 CET

Entre el buenismo ingenuo y peligrosamente simplificador y la justificación del nihilismo individualista hay un inmenso territorio de actitud personal y social en el que se mueve quien entiende el mundo como algo en cambio constante y vive las relaciones con los demás como un intercambio enriquecedor e igualitario. Es estúpido pensar que por nosotros mismos vamos a evitar el sufrimiento de los demás, sobre todo cuando casi nunca somos capaces de amortiguar el nuestro; pero no es más adelantado quien se atornilla en el escepticismo y se limita a asistir como espectador al drama cotidiano, se ponga a la distancia que se ponga.

La enfermedad de nuestro tiempo es el desamparo y el miedo el ánimo más extendido. Un miedo que paraliza y desanima, un miedo al presente y al futuro que invita más a encerrarse que a salir a pecho descubierto, un miedo alentado y aprovechado por esa dictadura de los mercados de la que habla Joaquín Estefanía que cita en La Economía del Miedo a Ivan Klima para recordar que "para quien tiene miedo, todo son ruidos". El horizonte se ha cubierto de nubes negras y oscuras, nos llegan cada vez más nítidos los truenos que adelantan la tormenta y sentimos la congoja de quien tiene la certeza de que lo que viene será peor.

En un paisaje anímico tan oscuro, quien rompe el desánimo y se enfrenta a la dictadura del miedo es a menudo etiquetado de irresponsable o insensato, quien anuncia que las cosas pueden cambiar y que podemos hacerlo, es un buenista ingenuo o un enloquecido antisistema, y quien levanta la bandera de la solidaridad y avanza en esa dirección, se arriesga a viajar solo y hasta a recibir lecciones de pragmatismo de ese sector B que prefiere esperar a que escampe mientras son otros los que conjuran la tormenta.

Hasta que te llega, claro. En ese momento ya no necesitas tomar conciencia y armarte de valor para actuar porque tu único remedio es hacerlo. Cuando la crisis te ha mordido en tu carne y la de los tuyos, tienes que actuar porque en ello va tu supervivencia. Pero sucede que en esos momentos lo que hagamos va a estar condicionado y probablemente debilitado por nuestra propia situación personal.

Lo importante, lo eficaz, es actuar tomando conciencia de que el problema individual de cientos de miles de personas es un problema propio en la medida en que lo es de nuestro colectivo, y hacerlo antes de que nos toque directamente a nosotros.

Y no sólo en torno a la crisis económica, que casi todos entendemos como un asunto de interés y proyección global. Hay un terreno de compromiso que exige renovación constante y creciente porque no está sometido a ciclos, y que navega en la paradoja de que nos afecta de una u otra forma a todos, pero pasamos lo más de puntillas que podemos. Quizá porque nos enfrenta a un miedo que el tiempo y la cultura han tatuado en nuestro ánimo desde siempre: la muerte. Todavía hoy el cáncer es, para muchos, la ventana que se abre a ese final. Y sin embargo muchos de los cánceres, más de 200, tienen protocolos de terapia que permiten ser optimista y pensar en la curación. La ciencia avanza, pero lo hace más al impulso de la vocación y el deseo de los investigadores o los intereses del sector farmacéutico, que por el compromiso de los estados o los organismos públicos. Aquí también somos nosotros, los ciudadanos, los que tenemos que actuar.

Pero cuidado con el buenismo y las simplificaciones: no hablo de poner una moneda en una hucha o llevar bombones a un paciente en proceso de quimioterapia; así no se actúa. Del mismo modo que no se toma conciencia sintiendo lástima o expresando la convicción de que hay que cambiar las cosas mientras uno se queda quieto.

Hoy es el Día Mundial del Cáncer de Mama. Dice Sandra Ibarra que para quienes están en este compromiso frente a la enfermedad, todos los días lo son del cáncer. Y así es. Pero aún considerando que eso de los "diasdé" no deja de ser una convención que con frecuencia no tiene otro sentido que limpiar nuestras conciencias enseñando las heridas que nos hacemos a nosotros mismos, bueno será que aprovechemos días como hoy no sólo para tomar conciencia de que la enfermedad es de todos, sino sobre todo de la necesidad absoluta de actuar cada vez con más criterio y eficacia individual y colectivamente. Más aún cuando la dictadura de los mercados y la inaceptable modificación de prioridades que se está haciendo desde el poder político y económico, arrastra a la baja la calidad de la sanidad pública.

¿Qué hacer? Sumar esfuerzos a las organizaciones que están ya en el terreno; dar apoyo anímico a quienes padecen la enfermedad, cuya actitud vital positiva se nutre de un entorno afectivo cálido y sincero; informarse y conocer, para evitar ingenuos esfuerzos inútiles o extender rumores o falsas esperanzas a las que son tan sensibles los pacientes; exigir de los poderes públicos compromisos eficaces ante la enfermedad, como un Plan Nacional de Cáncer o que la enfermedad se incluya en los objetivos del milenio, o a los médicos que avancen en la consideración de los cánceres como algo multidisciplinar y que consideren que ante el paciente no sólo sirven los protocolos de curación de la enfermedad, sino también, y mucho, alentar una actitud positiva y vital.

En la dictadura de los mercados, en los tiempos de desamparo y miedo, la solidaridad no es sólo una herramienta para la autosatisfacción o el lavado de conciencia, tampoco una expresión de infantiloide. La solidaridad es de los pocos escudos que nos protegen individual y colectivamente y se me antoja el único camino para hacerle frente a este tiempo oscuro y difícil con alguna posibilidad de éxito. Solidaridad, ojo, compromiso... no caridad, que eso es un paliativo que no arregla las cosas, solo amortigua sus consecuencias.

Hoy, invitados por la fecha, nos ponemos ante el cáncer como objetivo a batir. Mañana y siempre, mantengamos el músculo activo para que el tiempo de tormenta, dolor e incertidumbre no se convierta en tiempo de desesperanza. Y perdamos el miedo; que no suceda, como dice Luis García Montero, que a veces hasta la felicidad resulta una amenaza. Que no ganen ellos.

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